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“Otello” en el Teatro Colón : Los riesgos de la ópera de intérprete
Con mucha expectativa del público, tuvo lugar el primero de los dos homenajes de nuestro principal teatro lírico al bicentenario verdiano. Por Ernesto Castagnino
 

Escena del primer acto de Otello, Teatro Colón, 2013

OTELLO, ópera de Giuseppe Verdi. Función del miércoles 24 de julio de 2013 en el Teatro Colón. Nueva producción escénica. Dirección musical: Massimo Zanetti. Dirección escénica y escenografía: José Cura. Vestuario: Fabio Fernando Ruiz. Iluminación: José Cura y Roberto Traferri. Elenco: José Cura (Otello), Carmen Giannattasio (Desdémona), Carlos Álvarez (Iago), Enrique Folger (Cassio), Carlos Esquivel (Ludovico), Guadalupe Barrientos (Emilia), Fernando Chalabe (Roderigo), Mario De Salvo (Montano), Fernando Grassi (Heraldo). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Coro de Niños del Teatro Colón. Director del Coro Estable: Miguel Martínez. Director del Coro de Niños: César Bustamante.

Hay un atractivo especial, una suerte de fascinación dentro del mundo de la lírica, por la dificultad que entrañan ciertos roles, ya sea por su extensión, su tesitura o su potencia. Ocurre indudablemente con los roles wagnerianos, con aquellos de sumo virtuosismo vocal y, como el caso de Otello, con aquellos para los que ha quedado establecido que sólo unos pocos cantantes (si no es directamente uno) en cada generación son capaces de hacerlo. Esta última idea —en parte verdadera y en parte mito urbano— genera en el público el regocijo de sentirse entre aquellos pocos que tendrán el privilegio de aplaudir al Otello, Elektra o Boris Godunov de su generación. No es difícil imaginar las sensaciones que a su vez todo ello provoca en el afortunado poseedor de los medios vocales para cumplir con las exigencias de tan difícil rol. Esta combinación de factores produce el conocido fenómeno de la “ópera de intérprete”, es decir, producciones donde la obra pasa a un plano secundario y se convierte en vehículo para el lucimiento de grandes voces.

El tenor argentino José Cura, que ha interpretado al Otello verdiano durante años, habiendo dejado un gratísimo recuerdo de su última interpretación de este rol en la temporada 1999 del Teatro Colón, regresó luego de seis años de ausencia de los escenarios argentinos para ponerse al frente de esta nueva producción de una de las óperas más importantes y fascinantes de la producción de Giuseppe Verdi.

José Cura en el segundo acto de Otello, Teatro Colón, 2013

Desde la portada del programa de mano una gran foto de Cura encarnando Otello invita a pensar que se tratará de una “ópera de intérprete”: ningún título en las últimas temporadas mereció una foto de su protagonista en la portada del programa de mano. Al abrirlo encontramos el nombre del tenor en cuatro funciones: director de escena, diseño de escenografía, diseño de iluminación y protagonista. Continuamos leyendo y aparecen cuatro páginas bajo el título de Notas del director de escena donde José Cura nos explica sus intenciones y visiones de la obra y el personaje. Cerramos el programa y al apagarse la luz de sala escuchamos por altoparlante: “Buenas noches, soy José Cura…”. Confirmado, estamos en presencia de una “ópera de intérprete”.

La propuesta escénica tuvo sus aciertos y desaciertos. El uso del escenario giratorio dividido en tres secciones interconectadas entre sí, permitía, al girar, que los cantantes pudieran desplazarse de un espacio a otro creando un continuo entre muchas escenas que ganaban en fluidez dramática. También es cierto que, en cierto punto, el recurso produjo agotamiento visual y perdió eficacia. La pretensión de buscar realismo histórico enmarcando la ficción creada por William Shakespeare y recreada por Verdi y Arrigo Boito, en el contexto de la Batalla de Lepanto, aportó poco y nada a la intensidad del drama humano que allí se desarrolla. Las notas del programa de mano, el texto de Miguel de Cervantes leído en off por el barítono español Carlos Álvarez, parecían formar parte de esas emisiones de History Channel que tratan de probar la existencia real de personajes bíblicos, míticos o de ficción.

Con todo, el diseño escenográfico conformaba un conjunto convincente, posibilitando, como se dijo, transiciones ágiles y bien logradas. Aportó dramáticamente la decisión de ubicar a Iago fuera de escena, subrayando su función de manipular los hilos de la historia a su favor. Su presencia física en los márgenes era sutil y suficiente para ese fin, pero hacerlo aplaudir deteniendo el movimiento de los personajes, ejecutar pases mágicos para “ver” a través de las paredes o apagar el fuego con movimientos de manos, resultó algo exagerado y superfluo.

La batuta de Massimo Zanetti fue el pilar más débil de esta producción ya que no consiguió interpretar el sentido profundamente teatral, los contrastes y cambios de clima emocional, el vértigo de una mente que se hunde en la locura, todo lo que hace de Otello una de las partituras más fascinantes, completas y refinadas de la ópera italiana. Se trató de una versión correcta pero con escasa emoción y, si de algo se trata esta obra, es de una de las mayores expresiones de la emoción traducida en música.

José Cura (Otello) y Carlos Álvarez (Iago) en
el segundo acto de Otello, Teatro Colón, 2013

El rol protagónico encontró en José Cura un intérprete experimentado que ha buceado en las distintas facetas del personaje. Esa misma experiencia le permitió también sortear las dificultades de la partitura que se le presentan lógicamente en este momento de su carrera y de su madurez vocal frente a un rol de una exigencia enorme por extensión y potencia. Si bien algunos hubo, no dominaron afortunadamente los gruñidos ni alaridos a los que recurren otros intérpretes que pretenden dar de ese modo mayor realismo al personaje.

Carmen Giannattasio es una soprano con el timbre lírico y la figura ideales para la femenina Desdémona. Si en el dúo de amor no lograron sacarse chispas con su compañero, Giannattasio tuvo su gran momento en la escena final con la “Canción del sauce” y el “Ave María”: aquí pudo desplegar su capacidad expresiva al máximo, con sutiles medias voces, sonidos etéreos que se perdían melancólicamente en el aire y un trasfondo de dolor y angustia que al menos por un rato hicieron vibrar un escenario que hasta allí no había levantado demasiada temperatura.

El Iago de Carlos Álvarez fue un villano sin mucha sutileza: diabólico, maligno y sin remordimientos desde el comienzo, se mantiene igual hasta el final. En el “Credo” —que se transformó en una suerte de invocación demoníaca frente al fuego— Álvarez brindó una notable interpretación vocal y dramática. Un verdadero lujo constituyó escuchar a Enrique Folger y a Guadalupe Barrientos en los breves roles de Cassio y Emilia respectivamente, acompañados por Carlos Esquivel como Lodovico, Fernando Chalabe como Roderigo, Mario De Salvo como Montano y Fernando Grassi como un Heraldo. El Coro Estable del Teatro Colón, luego de un comienzo impreciso brindó un bellísimo momento musical en  “Pietà! Mistero!” y el Coro de Niños cumplió en el concertante del segundo acto.

Escena del tercer acto de Otello, Teatro Colón, 2013

Cuando se genera mucha expectativa en el público, el riesgo es que, en el resultado final, su frustración sea directamente proporcional a aquella expectativa, lo que genera reproches injustos y desmedidos. Esta producción, en la que el tenor argentino asumió tantas funciones, tuvo algunos aciertos pero careció de lo esencial: de esa explosividad, esa incandescencia que se alcanza tal vez escuchándose menos a sí mismo y más a la música de Verdi y a la palabra de Shakespeare y Boito. Allí están las claves que hacen de esta obra uno de los más increíbles esfuerzos por poner al desnudo la pasión humana. Si todo fluye, la fuerza de esa música y de esas palabras golpea como un cachetazo al espectador que difícilmente olvide la experiencia. El Otello de Cura estuvo bien, pero a pesar de los pases mágicos de Iago, el hechizo no se produjo.

Ernesto Castagnino
ecastagnio@tiempodemusica.com.ar
Agosto 2013

Fotografías gentileza Teatro Colón
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Publicado el 07/08/2013
     
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