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“Francesca da Rimini” en La Plata : Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate…
El Teatro Argentino presentó una esmerada coproducción con la Ópera de Montecarlo que permitió hacer frente a una obra difícil del repertorio con resultados sobresalientes. Por Ernesto Castagnino
 

Nicola Beller Carbone (Francesca), Enrique Ferrer (Paolo) y, de espaldas, Florencia Fabris (Samaritana) en la escena final del primer acto de Francesca da Rimini, Teatro Argentino, La Plata, 2010

FRANCESCA DA RIMINI, drama musical en cuatro actos de Riccardo Zandonai. Función del domingo 24 de octubre de 2010 en el Teatro Argentino de La Plata. Nueva presentación escénica, en coproducción con la Ópera de Montecarlo. Dirección musical: Carlos Vieu. Puesta en escena, vestuario y escenografía: Louis Désiré. Iluminación: Rubén Conde. Elenco: Nicola Beller Carbone (Francesca), Enrique Ferrer (Paolo), Luis Gaeta (Giovanni), Sergio Spina (Malatestino), Florencia Fabris (Samaritana), María Bugallo (Biancofiore), Gabriela Bulich (Garsenda), Vanina Guilledo (Adonella), Roxana Deviggiano (Altichiara), Guadalupe Barrientos (Smaragdi), Luciano Garay (Ostasio), Patricio Oliveira (Ser Toldo), Fabián Veloz (El juglar), Emanuel Esteban (El ballestero), Ricardo Crampton (El guardián de la torre) y Daniel Zuppa (Voz del prisionero). Orquesta y Coro Estables del Teatro Argentino. Director de coro: Miguel Martínez.

Francesca da Rimini es una ópera de la que se habla más de lo que se la escucha o interpreta. Es de esas “figuritas difíciles” que concitan el interés por los desafíos que plantea. Un nuevo acierto del Teatro Argentino fue programar esta obra, en coproducción con la Ópera de Montecarlo, convocando a un equipo de indiscutida idoneidad.

El panorama de la música italiana a comienzos del siglo XX nos presenta un movimiento bastante homogéneo llamado generazione dell’80Ildebrando Pizzetti, Ottorino Respighi, Gian Francesco Malipiero— que muestra cierto desprecio por la composición operística, reivindicando la vuelta a la música instrumental y el redescubrimiento de los compositores del barroco. En la periferia de este grupo quedaron Riccardo Zandonai, Ermanno Wolf-Ferrari y Franco Alfano, compositores post-veristas que intentaron continuar la tradición lírica italiana dejada por Puccini. En este contexto se estrenó Francesca da Rimini en 1914, basada en la obra de teatro de Gabriele D’Annunzio, quien a su vez se inspira en el Canto V de la Divina Comedia de Dante Alighieri.

La historia del amor entre Francesca y su cuñado Paolo le sirve a Dante para ilustrar su paso junto a Virgilio por el segundo círculo del Infierno, donde están los que cometieron pecado de lujuria (1). La historia —aparentemente real— cuenta cómo la joven Francesca contrae matrimonio con Giovanni Malatesta, pero se enamora perdidamente de su cuñado Paolo, llamado “il bello”. Al descubrir la traición, Giovanni los mata atravesándolos con la misma espada. D’Annunzio entreteje de modo ejemplar la intertextualidad entre la historia relatada por Dante y las narraciones épicas de Tristán e Isolda o Lancelot y Ginebra. Francesca, como Isolda y Ginebra, sucumbe al amor carnal uniéndose a ellas en el Hall of Fame de las lujuriosas que no han podido refrenar sus impulsos.

Nicola Beller Carbone (Francesca) y Enrique Ferrer (Paolo) en una escena del segundo acto de Francesca da Rimini, Teatro Argentino, La Plata, 2010

Musicalmente, la obra se mantiene en el sinuoso terreno del tardo-romanticismo enfrentado a la crisis de la tonalidad pero anclado aún en un melodismo elegante y melancólicamente decadentista. La obra no posee arias sino que se trata de un discurso continuo con varios episodios instrumentales, cuasi sinfónicos y una orquestación poderosa. Esa densidad sonora, por momentos aplastante, requiere voces heroicas, dramáticas, capaces de proyectarse por encima de la orquesta.

Louis Désiré, director escénico, escenógrafo y vestuarista de esta producción, crea un espacio conceptual con simbolismos de diferente eficacia pero de gran impacto visual. Dos gigantescas manos dominan un espacio onírico enmarcado por una caja negra a la que sólo fractura una abertura rectangular que por momentos deja entrever un espacio interior-exterior. Esta interioridad-exterioridad no se referiría sólo al espacio físico sino también a representaciones mentales vinculadas a los opuestos bien/mal, cielo/infierno, conciencia/inconciente. “Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo” (Si no puedo persuadir a los dioses del cielo, moveré a los de los infiernos) es justamente la frase de Virgilio que Sigmund Freud eligió como epígrafe a su obra La interpretación de los sueños, y Désiré exploró con lucidez los alcances de esta metáfora freudiana que compara el inconciente con el infierno.

La apelación al gigantismo visual —duplicación también del gigantismo musical de la partitura— y la desproporción de esas manos, apuntaba quizás a una representación plástica del inconciente —el descenso al Infierno como inmersión en el mundo inconciente de Dante— con lo cual los personajes se convierten en marionetas en las manos del escritor y la trama refleja sus deseos reprimidos. En esta línea freudiana, Désiré acentuó también la fuerza que tiene en el texto la metamorfosis de niña a mujer, a través de un magnífico y sutil trabajo actoral en los personajes femeninos. El vestuario —unas túnicas y armaduras de estilizado carácter medieval— tuvo un muy acertado uso de las texturas, en una paleta que se integraba a la concepción plástica general. Lo que no convenció tanto fue el uso de luces de neón en los sillones, y la espada gigantesca que desciende sobre los amantes como un castigo divino, quitándole al final la contundencia del destino trágico. El diseño de iluminación a cargo de Rubén Conde, con planos de luz y sombra, tuvo un rol muy importante en la creación de este mundo onírico y conceptual.

Luis Gaeta (Giovanni), Nicola Beller Carbone (Francesca) y Enrique Ferrer (Paolo) en el segundo acto de Francesca da Rimini, Teatro Argentino, La Plata, 2010

El rol de Francesca es para una soprano dramática o lirico-spinto como es el caso de Nicola Beller Carbone, una intérprete de enorme potencia y gran presencia escénica. Fue notable el trabajo que realizó sobre el personaje, tanto en el aspecto vocal como en lo actoral, dando cuenta de la evolución del personaje, la adolescente que se despide del nido paterno para ir al encuentro del hombre y la ambivalencia entre el temor y la curiosidad sobre el encuentro sexual. Beller Carbone no tuvo dificultades con la tesitura y el peso vocal del personaje, emitiendo unos agudos suficientemente filosos para abrirse paso en la densa orquestación. El rol de Paolo estuvo a cargo del tenor Enrique Ferrer, con buen resultado general a pesar de algunas opacidades y asperezas en la emisión. Ferrer tuvo un buen desempeño en la escena heroica de la batalla, pero en la escena de amor sus colores vocales llegaron a transmitir escasamente la sensualidad y calidez del hombre enamorado.

El barítono Luis Gaeta aportó toda su experiencia y versatilidad para componer un convincente Giovanni Malatesta, un rol de gran dificultad debido a las notas agudas expuestas que debe cantar. Arrastrando la cojera a la que debe su apodo —Giovanni lo Sciancato (Juan el cojo)—, Gaeta transmitió la brutalidad del personaje en contraste con la elegancia y belleza de su hermano Paolo. Malatestino, el menor de los Malatesta que por despecho delata a los amantes, tuvo en Sergio Spina un intérprete vocalmente solvente y actoralmente impecable. La soprano Florencia Fabris como Samaritana —hermana menor de Francesca— tuvo una presencia vocal notable en el duetto con su hermana y un protagonismo inesperado en el final ya que el régisseur la hizo aparecer en el momento culminante y unirse en un beso a Giovanni con los acordes finales.

Como las doncellas que acompañan a Francesca, María Bugallo, Gabriela Bullich, Vanina Guilledo y Roxana Deviggiano realizaron buenos aportes en los conjuntos, especialmente la escena de la primavera del acto tercero. Buen desempeño de la mezzosoprano Guadalupe Barrientos como la esclava Smaragdi y del barítono Fabián Veloz como el juglar. En roles breves aparecieron Luciano Garay como Ostasio, Patricio Oliveira como Ser Toldo, Emanuel Esteban como el arquero, Ricardo Crampton como guardián de la torre y Daniel Zuppa como la voz del prisionero.

Escena final de Francesca da Rimini, Teatro Argentino, La Plata, 2010

Un altísimo nivel alcanzó la dirección orquestal de Carlos Vieu, convirtiéndose en verdadera protagonista del drama. Vehemente, capaz de llevar adelante una narración musical de gran complejidad de matices, con un rango dinámico extraordinario, Vieu transmite el entusiasmo y compromiso con aquello que emprende como pocos directores logran hacerlo. Vieu tuvo bien en claro que no estaba frente a una partitura de Wagner sino de un compositor decadentista italiano por lo que, aunque la masa sonora avanzaba implacable, la claridad en la lectura se detuvo en las delicadas texturas orquestales y las melancólicas reminiscencias medievales, redondeando una excelente versión musical. La Orquesta Estable se está afianzando cada vez más con un sonido bello y poderoso que le permite afrontar desafíos como este y obtener resultados de notable solidez. De buen efecto, las intervenciones del Coro Estable, dirigido por Miguel Martínez, especialmente en el coro femenino que enmarca el primer encuentro entre Francesca y Paolo.

A las desventuras de las adúlteras o lujuriosas que nos visitaron este año —Katerina Ismailova de Lady Macbeth de Mtsensk, Manon, Bianca de Una tragedia florentina, Violanta o Katia Kabanova—, el Teatro Argentino sumó las de Francesca, en una producción de gran nivel escénico y sobresaliente nivel musical. La enorme entrega de todo el equipo vocal y la titánica labor de la protagonista recibieron un entusiasta y prolongado aplauso del público.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Noviembre 2010


Nota

(1) La historia de los amantes medievales inspiró composiciones musicales muy importantes además de la de Zandonai. Basten como ejemplos la ópera de Sergei Rachmaninov estrenada en 1906 y el poema sinfónico de Piotr Ilitch Tchaikovsky de 1876.


Imágenes gentileza Teatro Argentino de La Plata / Fotografías de Guillermo Genitti y Paula Pérez de Eulate
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Publicado el 02/11/2010
     
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