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"Rusalka" en el Teatro Colón : A la espera de mejores oportunidades
Dos años después de su brillante estreno argentino por Buenos Aires Lírica, la genial ópera del compositor checo Antonín Dvořák subió por primera vez al escenario del Teatro Colón, con un resultado decepcionante. Por Ernesto Castagnino
 

Daniela Tabernig (Rusalka) en el primer acto de Rusalka, Teatro Colón, 2017

RUSALKA, leyenda lírica en tres actos de Antonín Dvořák. Funciones del viernes 10 y sábado 11* de noviembre de 2017 en el Teatro Colón. Primera representación en el Teatro Colón. Adaptación de la producción del Teatro de Bellas Artes, México. Dirección musical: Julian Kuerti. Dirección escénica: Enrique Singer. Escenografía: Jorge Ballina. Vestuario: Eloise Kazan. Iluminación: Víctor Zapatero. Coreografía: Franco Cadelago. Elenco: Ana María Martínez / Daniela Tabernig* (Rusalka), Dmitry Golovnin / Fernando Chalabe* (Príncipe), Ante Jerkunica / Mariano Gladic* (Vodník, Duende del Agua), Elisabeth Canis / María Luján Mirabelli* (Ježibaba), Marina Silva / Sabrina Cirera* (Princesa Extranjera), Sebastián Sorarrain / Norberto Marcos* (Guardabosques), Cecilia Pastawski / Rocío Arbizu* (Mozo de cocina), Oriana Favaro / Laura Pisani* (Primera Ninfa del Bosque), Rocío Giordano / María Belén Rivarola* (Segunda Ninfa del Bosque), Rocío Arbizu / María Luisa Merino Ronda* (Tercera Ninfa del Bosque), Fermín Prieto (Cazador). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director de coro: Miguel Martínez.

Una de las propiedades intrínsecas a los mitos y leyendas es su plasticidad y su capacidad de reinterpretarse de infinitas maneras. Allí reside, precisamente, su potencia simbólica y eso, para el teatro, es oro en polvo. La leyenda eslava acerca del trágico destino de una ninfa acuática que, al ser traicionada en el amor, es condenada a deambular por los pantanos, arrojando a los hombres a la muerte, ha sido narrada de cientos de maneras. Desde la transmisión oral hasta los cuentos de Las mil y una noches o de Hans Christian Andersen, el drama de Alexander Pushkin, la película animada de los Estudios Walt Disney o la sorprendente visión de la cineasta polaca Agnieszka Smoczynska (Córki dancingu, 2015), la historia de la sirena ha intentado dar sentido, de distintas maneras, a ese punto indecible donde confluyen amor, sexualidad y muerte.

El director escénico mexicano Enrique Singer, en el que fue su debut en el ámbito de la ópera, decidió presentar la historia apegándose a la literalidad del cuento de hadas. Su propuesta —estrenada en 2011 en el Palacio de las Bellas Artes de México— quedó varada, lamentablemente, a medio camino entre la pretensión de realismo y un conceptualismo visualmente ramplón. Efectos acuáticos de dudosa eficacia, una luna a la que sólo le faltaba la cápsula espacial incrustada de Méliès, demasiados cables visibles sosteniendo las estructuras, redundaron en un planteo visual de tono escolar. Caminando con dificultad sobre la estructura de madera que simulaba las olas del lago, los intérpretes se vieron obligados a cantar demasiado lejos de la boca del escenario, lo cual, con la poderosa orquestación dvorakiana, produjo un imperdonable desbalance entre el escenario y el foso de la orquesta. Desbalance acentuado, desafortunadamente, por la poco matizada dirección de Julian Kuerti, evidentemente superado por la tarea, y muy lejos de la sensibilidad musical y teatral que Carlos Vieu había puesto al servicio de esta partitura al estrenarla para el público argentino en 2015.

Daniela Tabernig (Rusalka), Fernando Chalabe (Príncipe) y Mariano Gladic (Vodník) 
en el segundo acto de Rusalka, Teatro Colón, 2017

En el caso de las voces, el Teatro Colón convocó, afortunadamente, a casi todos los cantantes involucrados en aquellas funciones de 2015, distribuidos en los dos elencos. El rol protagónico, de una exigencia considerable, requiere de una soprano lírica con un importante volumen y empuje para abrirse paso en los momentos más “wagnerianos”. La puertorriqueña Ana María Martínez posee un instrumento de timbre agradable y su interpretación fue esmerada, exceptuando los convulsivos espasmos con los que, a lo largo de todo el segundo acto, quiso convencernos de su imposibilidad de hablar.

En el otro elenco volvimos a reencontrarnos con el timbre esmaltado de Daniela Tabernig, cuya vibrante actuación ofreció, en su segunda aproximación al rol, otro inolvidable retrato de la ninfa acuática y su trágico destino. A partir de una bella interpretación de la “Canción a la luna”, la pieza más conocida de la ópera, con sus contrastes entre el delicado lirismo y el arrebato romántico, la interpretación de Tabernig no dejó de ganar intensidad. En su transformación de ninfa a humana —simbolismo del pasaje de niña a mujer—, la voz adoptó los colores justos, apoyada en un centro ancho y generoso, creciendo hasta alcanzar los acentos heroicos del dueto final.

En el rol del Príncipe, el tenor ruso Dmitry Golovnin se expuso a un esfuerzo vocal que deslució su interpretación, mientras que Fernando Chalabe, en el otro elenco, enfrentó la difícil tesitura con buenos medios y mayor entrega escénica. El duende del agua, personaje al que Antonín Dvořák había dedicado en 1896 un poema sinfónico, tuvo en el croata Ante Jerkunica un intérprete cercano al ideal. Una voz de bajo bien proyectada y una magnética presencia escénica le valieron la única ovación del público al concluir la velada. Mariano Gladic cumplió en el otro elenco. Por su parte Elisabeth Canis y María Luján Mirabelli se alternaron en el rol de la bruja, del que ofrecieron dos retratos vocalmente irreprochables y dramáticamente relevantes. A pesar de la bizarra aparición que la puesta les exigía, sobre una plataforma que, simulando una cueva, se desplazaba con la cantante sostenida de dos barras metálicas, las dos mezzosopranos extrajeron todo el potencial del rol, con oscuros graves y acentos sobrenaturales.

Elisabeth Canis (Ježibaba) y Ana María Martínez (Rusalka) en el primer acto de Rusalka, Teatro Colón, 2017

Dvořák compuso la música más sensual de la ópera para el misterioso personaje de la seductora Princesa Extranjera que arrebata a la ninfa el Príncipe, para luego abandonarlo, aburrida de su conquista. Marina Silva repitió su triunfal interpretación, dominando el rol de principio a fin y abriéndose paso en la espesa orquestación con agudos filosos y colores voluptuosos. Por su parte, Sabrina Cirera, lejos de su elemento natural —el repertorio romántico y post-romántico italiano— cumplió con corrección. Oriana Favaro y Rocío Giordano volvieron a encarnar a las ninfas del bosque junto a Rocío Arbizu, que se alternó, a su vez, con Cecilia Pastawski en el rol del temeroso Mozo de cocina.

A ciento dieciséis años de su estreno en Praga, la primera presentación de esta obra maestra de Dvořák en el Teatro Colón no dejará —lamentablemente— un recuerdo imborrable. Un planteo escénico poco inspirado y una dirección musical algo plana dejaron —con excepción de algunas interpretaciones como las de Tabernig, Chalabe, Jerkunica y Silva—, un saldo decepcionante.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Noviembre 2017

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli y Máximo Parpagnoli
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Publicado el 27/11/2017
     
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