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"La traviata" en el Teatro Colón : Extraviada en la oscuridad
La inmortal obra de Verdi volvió al escenario del Colón después de diez años, en la poco inspirada producción de Franco Zeffirelli importada de la Ópera de Roma. La función, suspendida por un corte eléctrico, fue reprogramada pero sin el elenco original. Por Ernesto Castagnino
 

Escena del brindis del primer acto de La traviata, Teatro Colón, 2017

LA TRAVIATA, ópera en tres actos de Giuseppe Verdi. Producción del Teatro de la Ópera de Roma. Funciones del viernes 15* (sólo el Acto I) y viernes 22 de septiembre de 2017 en el Teatro Colón. Dirección musical: Evelino Pidò. Dirección de escena y escenografía: Franco Zeffirelli. Director repositor de escena: Stefano Trespidi. Escenógrafo repositor: Andrea Miglio. Vestuario: Raimonda Gaetani. Reposición de vestuario: Anna Biagiotti. Coreógrafo repositor: Martín Miranda. Intérpretes: Ermonela Jaho* / Jaquelina Livieri (Violetta Valéry), Saimir Pirgu* / Darío Schmunck (Alfredo Germont), Fabián Veloz (Giorgio Germont), María Victoria Gaeta (Flora), Gustavo Gibert (Barón Douphol), Mario De Salvo (Doctor Grenvil), Daniela Ratti (Annina), Alejandro Meerapfel* / Sebastián Sorarrain (Marqués de Obigny), Santiago Burgi* / Patricio Oliveira (Gastón), Ariel Casalis (Giuseppe), Cristian De Marco (Criado de Flora / Comisionario), Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director del Coro Estable: Miguel Martínez.

Tras la salida del polifuncionario Darío Lopérfido —llegó a ejercer tres cargos simultáneamente: Director Artístico del Teatro Colón, Ministro de Cultura y Director del Festival Internacional de Buenos Aires, de los que fue apartado debido a sus declaraciones negacionistas del terrorismo de estado—, la dirección artística del Teatro Colón, en manos de Enrique Arturo Diemecke, realizó algunos ajustes en la programación ideada por el ex funcionario. Algunos de esos ajustes fueron la reprogramación de la ópera Tres hermanas de Peter Eötvös para la temporada 2018 y la revisión de algunos contratos, lo que desembocó en el cambio de la producción de La traviata firmada por Sofia Coppola, por otra producción de la Ópera de Roma de menor costo, como esta de Franco Zeffirelli. Otras consecuencias de los ajustes implementados por la actual gestión fueron las intempestivas renuncias de la soprano Angela Gheorghiu en Adriana Lecouvreur y del tenor Marcelo Álvarez en Andrea Chénier, molestos por los cambios en las condiciones contractuales que, aparentemente, habían pautado con el anterior director artístico.

La producción de Franco Zeffirelli tiene todos los ingredientes que hicieron popular al cineasta y régisseur italiano entre los sesentas y los ochentas: acatamiento literal de la época y lugar establecidos en el libreto, reconstrucción casi museológica del vestuario y otros detalles de época, marcaciones escénicas usuales y gran despliegue escénico. Para muchos es seguramente el ideal de la puesta de ópera, para otros, en cambio, resulta un estilo afectado y anticuado.

La visión de Zeffirelli, que cumplió diez años de vida en abril de este año, transitó por los carriles previsibles para beneplácito de esa porción del público aferrada a los modos de un pasado que se evoca siempre más glorioso que el presente, y para desilusión de esa otra porción ávida de emociones y, por qué no, de provocaciones. Difícilmente encontrarlas en esta puesta escénica, cuyo mayor mérito es la falta de pretensiones. Un vestuario muy detallista y vistoso en el primer acto se transforma en el acto segundo en un compendio de lugares comunes con disfraces “a la española” de efecto ramplón, empeorado por las insustanciales coreografías de “gitanas y toreros”. Zeffirelli, a través del repositor Stefano Trespidi, hace a los cantantes, coro y bailarines moverse siempre de frente al público, creando un efecto plástico bidimensional de soporífero estatismo.

Ermonela Jaho (Violetta) en la escena final del primer acto de La traviata, Teatro Colón, 2017

Evelino Pidò, bien conocido por sus estupendas grabaciones de óperas belcantistas, llevó adelante una dirección musical atenta a las necesidades de los cantantes, sensible y, por momentos conmovedora. Si en las escenas concertantes faltó algo de claridad y equilibrio, en aquellas más intimistas su batuta se detuvo en detalles, ampliando la infinita paleta de colores escondida en la genial partitura verdiana. Una versión no particularmente dramática en lo musical, pero con algunos pasajes apreciables. Los cuerpos estables, Orquesta y Coro, se movieron como pez en el agua en una obra de repertorio que conocen a la perfección.

Al elenco principal pudimos apreciarlo únicamente en el acto primero ya que el viernes 15 de septiembre, tras concluir dicho acto, un apagón en el teatro —y la ausencia de un generador—, obligó a suspender la función, y reprogramarla para el viernes 22 de septiembre, aunque en esa oportunidad, del elenco original se presentó únicamente el barítono Fabián Veloz y los roles de Violetta y Alfredo fueron interpretados por Jaquelina Livieri y Darío Schmunck, del elenco alternativo.

Ese primer acto de la función del 15 de septiembre mostró a una Ermonela Jaho en posesión de un instrumento poderoso en volumen y con un importante vibrato, no siempre utilizado con fines expresivos. En la gran escena con la que el acto concluye, la naturalidad del fraseo y la flexibilidad de la voz de la soprano albanesa se pusieron al servicio de una interpretación que se adivinaba profunda y sentida. Del tenor Saimir Pirgu pudo adivinarse una voz de volumen considerable y afinación un tanto errática. Luego de un tiempo de espera, el teatro anunció la suspensión de la función y el barítono Fabián Veloz cantó, casi a capella, su aria del segundo acto (un registro de ese momento fue publicado en nuestra plataforma de Facebook).

Jaquelina Livieri (Violetta) y Darío Schmunck (Alfredo) en la escena final de La traviata, Teatro Colón, 2017

Jaquelina Livieri, cuya voz de timbre claro y ligero tenemos más asociada con roles como Zerlina, Pamina y Marzelline, comienza a aventurarse a un repertorio algo más exigido, como el verdiano. Luego de debutar con el rol de Violetta en La traviata en 2015 en Rosario, vuelve a cantarlo en esta ocasión en la sala del Teatro Colón, además de haber cantado en julio pasado el rol de Gilda en Rigoletto en Chile. En su Violetta, Livieri consigue tonalidades y colores vocales más dramáticos, encarnando una mujer frágil y vulnerable, herida por su enfermedad y por el prejuicio social, intentando atrapar algo que se le escapa siempre de las manos.

En el primer acto el aria “Ah fors’è lui” estuvo plagada de sutilezas y la vorágine de agilidades que se desata en “Sempre libera” encontró a la soprano rosarina segura, si bien al temible re bemol agudo en la palabra “gioir” le faltó algo de squillo. Como era de esperarse, en los siguientes actos Livieri solo creció en una interpretación conmovedora que tuvo su punto más alto en el dueto con el barítono en el acto segundo. Unas marcaciones escénicas algo estereotipadas para subrayar su agonía —excesivos e innecesarios arrastramientos y tropiezos— empañaron un poco un final que vocalmente resultó arrollador.

Alfredo Germont es un personaje que se mueve exclusivamente por emociones, un poco a los tumbos: mientras Violetta y Giorgio Germont son conscientes de la realidad y actúan reflexivamente, Alfredo parece ignorar lo que sucede a su alrededor. Torpe incluso para seducir a Violetta que se burla de él en un comienzo, pasa del ímpetu del enamoramiento juvenil a la furia de los celos, al rencor a su padre y a la desesperación al final frente a la muerte inminente de la amada. El tenor Darío Schmunck ya había demostrado en 2014 en La Plata lo que puede transmitir con este personaje, mostrando la brutal transformación que sufre en el segundo acto cuando el mundo ilusorio en el que vivía se derrumba y la furia lo domina. El timbre lírico de Schmunck resulta ideal para el rol del que brindó otra interpretación vigorosa.

Fabián Veloz en la escena final del segundo acto de La traviata, Teatro Colón, 2017

El barítono Fabián Veloz sumó otra gran interpretación verdiana a la extensa lista que ya incluye —al menos en escenarios argentinos— a Rigoletto, Macbeth, Iago, Renato y Marqués de Posa. Su voz posee un timbre ideal para este repertorio y en cada interpretación demuestra una inagotable fuente de recursos expresivos que dan a sus actuaciones un sello personal. Su Giorgio Germont acentuó, más que la típica rigidez y severidad, la desesperación de un padre frente a lo que, para él, amenaza destruir su mundo. Con dicción clara que permite comprender cada palabra, pero fundamentalmente con ese instinto dramático que le es propio y no se aprende en ningún lado, Veloz introdujo acentos y énfasis que permitían vislumbrar detrás de ese aparente rigor, un hombre desesperado.

Una verdadera ovación fue la respuesta del público a esta nueva versión de una obra eterna, que tuvo, en esta ocasión, una dirección musical sensible y cuidadosa, un planteo escénico sin demasiado vuelo dramático y un elenco de voces estupendas que aportó grandes interpretaciones —algunas memorables— del gran melodrama verdiano.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Septiembre 2017

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli y Máximo Parpagnoli
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Publicado el 29/09/2017
     
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