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“El cuervo” en el CETC : Alucinación musical fantástica
La obra del compositor japonés Toshio Hosokawa basada en el poema de Edgar Allan Poe se estrenó en nuestro país con la sobresaliente actuación de Adriana Mastrángelo, una puesta en escena atractiva y una destacada dirección musical. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Adriana Mastrángelo en una escena de El cuervo, CETC, 2017

EL CUERVO, monodrama de Toshio Hosokawa sobre el poema de Edgar Allan Poe. Estreno argentino. Función del viernes 19 de mayo en la sala del Centro de Experimentación del Teatro Colón. Dirección musical: Natalia Salinas. Dirección escénica: Federico Lamas. Escenografía: Isabel Gual. Vestuario: Mariana Seropián. Proyecciones y ejecución en vivo: Lucas DM. Iluminación: Julián Gómez Christiean. Intérpretes: Adriana Mastrángelo, mezzosoprano; Damián Apicella, piano y preparación musical; Patricia Da Dalt, flauta; Federico Landaburu, clarinete; Mariano Migliora, saxo; Martín Mengel, trompeta; Heini Schneebeli, trombón; Bruno Lo Bianco, percusión; Laura Hackstein, violín; Katharina Deissler, segundo violín; Marcela Magin, viola; Jorge Bergero, violoncello; Carlos Vega, contrabajo.

El Centro de Experimentación del Teatro Colón presentó a mitad de mayo pasado el estreno local de El cuervo (The Raven, 2004), monodrama de Toshio Hosokawa basado en el célebre poema de Edgar Allan Poe (1845). Fue una excelente oportunidad para tomar contacto con la producción dramática de este compositor japonés, nacido en 1955 y formado en Alemania, no tan frecuentado en nuestro país: se tocaron algunas obras de cámara por grupos extranjeros en ediciones pasadas del Ciclo de Música Contemporánea del Teatro San Martín, pero nunca los intérpretes locales lo habían abordado. Su producción tiene un anclaje en el lenguaje europeo de la segunda mitad del siglo XX, con cierto parecido a la estética del italiano Giacinto Scelsi, aunque incorpora elementos estéticos y musicales de su cultura de origen, las tradiciones orientales, en especial la de Japón.

Para El cuervo —la cuarta de sus cinco aproximaciones al género operístico—, Hosokawa utiliza el poema completo de Poe y lo interpreta “como una historia del teatro Noh” donde “los principales personajes son animales y plantas, y algunos espíritus no terrenales”. La figura de ese cuervo que solo dice “Nevermore” [Nunca más] frente a un protagonista abatido por la muerte de su amada, sin dudas, se conecta con ese mundo fantástico. Y la presencia acosadora de ese pájaro desencadena, tanto en el poema como en su partitura, los diferentes estados mentales del narrador, un verdadero crescendo dramático textual y musical de fuerte impacto.

Una mezzosoprano es la particular elección del compositor, en lugar de una voz masculina, para que personifique al narrador. “En muchas de mis obras con protagonistas femeninas”, escribe Hosokawa, “las mujeres actúan como chamanes conectando este mundo con el mundo espiritual. En El cuervo, la cantante es tanto un chamán como una mujer moderna cuyo mundo racional colapsa. En este sentido es cómo interpreté el poema de Poe”. Para lograr esa combinación mística y racional, apela a diferentes registros vocales que van desde susurros hablados al canto pleno, pasando por gritos o recitados entonados. La narración es bien puntuada por un ensamble de doce instrumentistas que genera con sus texturas una atmósfera de misterio y perpetua tensión.

Adriana Mastrángelo en una escena de El cuervo, CETC, 2017

La lectura escénica de la versión estrenada en el CETC estuvo a cargo del joven artista audiovisual argentino Federico Lamas, con un equipo integrado por la escenógrafa Isabel Gual, la vestuarista Mariana Seropián, el iluminador Julián Gómez Christean y proyecciones de Lucas DM. Un enorme semicírculo vertical, que funcionaba como pantalla, dominaba la escena, con algunos detalles de utilería más cercanos al proscenio. Si bien al principio de la obra pareció que el tono tendería a lo grotesco —mientras sonaba el preludio, por ejemplo, en la pantalla se ve la cocción de un huevo frito y el “curioso y extraño libro de sabiduría antigua” que lee el narrador mientras dormitaba fue visualizado como una revista erótica—, en el transcurrir de la narración encontró el dramatismo justo, logrando un virtuoso contrapunto audiovisual entre la figura física real de la narradora y la de los espacios recreados virtualmente en la pantalla.

Los movimientos mínimos y casi coreográficos de la narradora remarcaron aún más el clima alucinógeno del texto y la música. Quizá en algún momento hubo una correspondencia un poco lineal entre lo que se cantaba y lo que se veía —“romper el silencio” se representa rompiendo en el piso una serie de escombros y el busto de Palas donde se posa el cuervo—, sin embargo, mayormente, las imágenes generadas fueron de una inquietante belleza. La multiplicación de figuras, el resaltado de pequeños detalles, los contrastes lumínicos y de color, y un sugerente tratamiento en tiempo real de la imagen fueron algunas de las características de las excelentes proyecciones, con una calidad pocas veces vistas en nuestro medio.

Adriana Mastrángelo se prestó a esta fantasía visual con una enorme capacidad interpretativa, no sólo desde lo corporal sino sobre todo desde lo vocal. Su voz fue el vehículo sobresaliente del drama, encontrando los matices justos para vivenciar todos los estados internos por los que pasa el narrador, desde la depresión a la locura, pasando por la contemplación y tranquilidad. El buen decir del texto, la crispación de los gritos y la belleza de su canto —un rasgo al que nos tiene acostumbrado en todos los repertorios que aborda— hicieron que su actuación fuera tan fascinante como impactante, tal vez una de las mejores de las que le haya visto.

El excelente grupo instrumental integrado por músicos locales, dirigido por la joven y talentosa Natalia Salinas, pudo generar el sostén dramático de esa actuación descollante de Mastrángelo. El arco dramático de la obra se logró en esa comunión de la voz con las sutilezas en las armonías y texturas del ensamble, los diferentes efectos sonoros y los perfectos solos instrumentales con pequeños motivos melódicos.

Adriana Mastrángelo en una escena de El cuervo, CETC, 2017

El último “Nevermore” susurrado mientras sonaban suavemente campanas, soplidos de instrumentos de viento, piano y tam-tam, sumado a la sutil imagen de un fuego crepitando hacia los bordes del semicírculo fueron un final subyugante de esta interpretación de El cuervo, genial obra de Toshio Hosokawa. Ojalá que este estreno en la Argentina, gracias a la iniciativa del Centro de Experimentación del Teatro Colón, sea el inicio de un camino para seguir indagando tanto en las obras dramáticas como instrumentales de este atrayente compositor.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Junio 2017

Para agendar
La próxima propuesta del CETC será Foco Boulez, un ciclo en homenaje al compositor francés fallecido el año pasado. Desde el jueves 8 y hasta el sábado 24 de junio, se podrán ver instalaciones, charlas, una conferencia y tres conciertos, donde se interpretarán no sólo obras de Boulez (Derives I, Le marteau sans maître y Messagesquisse, entre otras) sino de compositores influyentes de alguna manera  en su estética —Schoenberg, Debussy— como sus contemporáneos —Olivier Messiaen y Henri Dutilleux. El compositor Sebastián Rivas presentará, desde el viernes 16 de junio, la instalación Hotel Claridge 1954, fruto de un encargo del CETC, en tanto que el musicólogo Raffaele Pozzi dictará el sábado 10 de junio una conferencia sobre “Los escritos de Pierre Boulez”. Para ver el cronograma del ciclo, ingresá a www.teatrocolon.org.ar/es/2017/cetc/foco-boulez

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Máximo Parpagnoli
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Publicado el 08/06/2017
     
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