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“Adriana Lecouvreur” en el Teatro Colón : Mujeres asesinas
En un accidentado y desprolijo comienzo de temporada, con renuncia de la soprano protagonista y el director musical a días del estreno, el Teatro Colón brindó una clásica versión del melodrama de Cilea. Por Ernesto Castagnino
 

Sabrina Cirera (Adriana) en el centro de una escena del primer acto de Adriana Lecouvreur, Teatro Colón, 2017

ADRIANA LECOUVREUR, ópera de Francesco Cilea. Nueva producción escénica. Funciones del sábado 18 y domingo 19* de marzo de 2017 en el Teatro Colón. Dirección musical: Mario Perusso. Dirección escénica y vestuario: Aníbal Lápiz. Escenografía: Christian Prego. Iluminación: Rubén Conde. Coreografía: Lidia Segni. Elenco: Virginia Tola / Sabrina Cirera* (Adriana), Leonardo Caimi / Gustavo López Manzitti* (Maurizio), Nadia Krasteva / Guadalupe Barrientos* (Princesa de Bouillon), Alessandro Corbelli / Omar Carrión* (Michonnet), Fernando Radó / Lucas Debevec Mayer* (Príncipe de Bouillon), Sergio Spina / Iván Maier* (Abate de Chazeuil), Oriana Favaro (Jouvenot), Florencia Machado (Dangeville), Patricio Oliveira (Poisson), Fernando Grassi (Quinault), Sebastián Russo (Mayordomo). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director del Coro Estable: Miguel Martínez.

Que los cantantes líricos cancelan funciones no es una novedad y que en las últimas gestiones del Teatro Colón se fueron acrecentado los fallidos anuncios de grandes figuras, las cancelaciones y los cambios de elenco de último momento, tampoco es un secreto. Baste recordar el bochornoso bluff del ColonRing, capricho del entonces director Pedro Pablo García Caffi, que pagó formidables honorarios a Katharina Wagner sólo para bajar de un avión y subirse en el siguiente con excusas inaceptables, cuantiosos dineros públicos destinados a una producción que, según palabras del ex funcionario, iba a recorrer el mundo recuperando lo invertido, pero que ningún teatro en su sano juicio compró ni comprará jamás.

En esta oportunidad, el Teatro Colón —es decir, los contribuyentes porteños— le ha pagado una semana de vacaciones en Buenos Aires en un lujoso hotel a la soprano rumana Angela Gheorghiu y su séquito, para dejar que renunciara sin haber pisado una sala de ensayo, mientras el director musical anunciado —Francesco Ivan Ciampa— tenía fechas programadas en teatros italianos en los mismos días en que hubiera debido estar ensayando aquí. Un saldo positivo de tanto desatino es que, tanto esta temporada como en la anterior —por la renuncia de Nadja Michael en Fidelio—, la ascendente soprano argentina Sabrina Cirera ha tenido la oportunidad y el privilegio de debutar dos roles protagónicos de gran envergadura en el principal teatro lírico argentino.

Adriana Lecouvreur es una gran historia de traición. A mediados del siglo XVIII en París, un triángulo amoroso enfrenta a dos mujeres al punto de una asesinar a la otra. En el medio de ambas está Mauricio, personaje que no despierta ninguna simpatía porque siempre parece moverse según sus propios y egoístas intereses: mantiene viva la relación con la Princesa de Bouillon porque le conviene políticamente para ascender al poder, mientras que Adriana —exitosa y celebrada actriz— parece ser ese objeto de atracción que el poder político ha encontrado tantas veces en la farándula vernácula. Como sea, Mauricio no se la juega por ninguna, y ni siquiera sobre el final, en su regreso —a instancias de una carta que le escribe Michonnet, figura paterna de la actriz— se redimirá ante los ojos del espectador: el conde Mauricio asiste impotente a la horrible muerte de la actriz, envenenada por la celosa princesa.

Virginia Tola (Adriana) y Alessandro Corbelli (Michonet) en el primer acto de Adriana Lecouvreur, Teatro Colón, 2017

Aníbal Lápiz, habitual vestuarista del fallecido Roberto Oswald, hizo su debut como director de escena, además de ocuparse del diseño del vestuario. La exposición del drama por parte de Lápiz es lineal y no depara sorpresas, algo bastante apreciado por esa porción del público aferrada a lo tradicional y que no quiere sobresaltos. Las marcaciones fueron sencillas y la intensidad dramática delegada a la música. El momento más “arriesgado” de la puesta fue dar luz de sala en la escena final mientras Adriana en su delirio cree estar actuando y dice “ésta es la luz que me seduce...” proyectándose sobre el fondo “en espejo” la platea y palcos de un teatro. Además de la literalidad, el efecto dramático es discutible considerando que, en el momento culminante de la obra el espectador distrae su atención unos cuantos y vitales segundos, para intentar decodificar la razón por la que se enciende la luz de la sala, mientras la heroína está muriendo ante sus ojos.

A la escenografía de Christian Prego le faltó el refinamiento que se espera de una puesta de este estilo, revistiendo los ambientes con telas que colgaban, buscando algún “movimiento” en un marco escenográfico único y monótono. Los objetos y muebles agregados para diferenciar cada escena parecían puestos sin más criterio que el de llenar espacios vacíos. El vestuario logró dar cuenta de la opulencia de los ambientes cortesanos y el pintoresquismo del ambiente teatral, con la única observación de unos miriñaques poco favorecedores para las figuras de las cantantes.

Organizada a partir de cuatro grandes duetos (acto primero Adriana-Mauricio, acto segundo Princesa-Mauricio y Adriana-Princesa, acto cuarto Adriana-Mauricio), tres grandes momentos solistas (acto primero Adriana, acto segundo Princesa y acto cuarto Adriana) y algunos momentos de lucimiento para el tenor, la ópera está centrada en la protagonista, rol para soprano spinto de gran exigencia y extensión. La actriz de la Comédie Française pasa por varios estados (enamorada en el acto primero, despechada en el segundo, vengativa y orgullosa en el tercero y vencida en el último), lo que además requiere de una cantante con buenas dotes actorales.

La santafesina Virgina Tola, que iba a cantar en el elenco alternativo, se hizo cargo de las funciones de la fugitiva Gheorghiu y, como se dijo más arriba, Sabrina Cirera cantó las funciones extraordinarias. Ambas salieron airosas del desafío si bien las aproximaciones al rol fueron diferentes. La interpretación de Tola tuvo matices interesantes y los momentos declamados fueron lucidos. La soprano santafesina tiene una voz de extensión considerable, un volumen capaz de sortear la despiadada orquestación de Cilea y un control sobre su instrumento que le permitió cantar unos soberbios pianissimi en la escena final. Su timbre, redondeado y cálido en el centro, adopta sin embargo cierta filosidad en el extremo agudo. La aproximación de Sabrina Cirera al rol fue honesta y entregada, permitiéndole lucir su importante caudal y un timbre homogéneo en todos los registros.

Gustavo López Manzitti (Maurizio) y Guadalupe Barrientos (Princesa de Bouillon)
en el segundo acto de Adriana Lecouvreur, Teatro Colón, 2017

El rol de Mauricio, para tenor spinto, tuvo en el italiano Leonardo Caimi un intérprete joven y apasionado de robusto registro agudo, en tanto en el otro elenco la seguridad y el matizado fraseo de Gustavo López Manzitti garantizaron su buen desempeño.

El tercer vértice del triángulo, la Princesa de Bouillon, es la antítesis de Adriana: su sensualidad, arrebato e irracionalidad contrastan con la etérea espiritualidad de la artista, y para expresar todo ello el compositor le asignó la voz de una mezzosoprano. La búlgara Nadia Krasteva, con una voz de contundente proyección, le imprimió a su Princesa más soberbia que sensualidad, brindando un retrato vocalmente irreprochable de la villana. Guadalupe Barrientos en el elenco argentino se llevó una merecida y gran ovación por su interpretación de la Princesa, a la que no le faltó ni lo sobró nada: celos, pasión, seducción, altivez, todos los aspectos fueron apareciendo como sutiles pinceladas, sin llegar nunca a la caricatura ni la exageración. La voz de Barrientos es potente y precisa en la emisión, con un agudo squillante y un grave con cuerpo, a lo que se suma una magnética presencia escénica.

Como el fiel y paternal Michonnet encontramos a un Alessandro Corbelli que suplió con oficio un evidente ocaso vocal, mientras que Omar Carrión en el mismo cometido pudo lucirse con un excelente fraseo en su momento solista “Ecco il monologo” en el que declara su admiración por la actriz. Los personajes episódicos como el Príncipe de Bouillon y el Abate, tuvieron con Fernando Radó y Sergio Spina suficiente elegancia y lascivia, en tanto Lucas Debevec Maier e Iván Maier en el otro elenco hicieron otro tanto. Completaba el elenco la simpática y ruidosa compañía de actores interpretados en todas las funciones por Oriana Favaro, Florencia Machado, Patricio Oliveira y Fernando Grassi.

Virginia Tola (Adriana) en la escena final de Adriana Lecouvreur, Teatro Colón, 2017

Las numerosas escenas de conjunto y el delicado sinfonismo del compositor calabrés requieren una particular capacidad para la concertación y Mario Perusso es un director con la suficiente experiencia y aplomo para extraer la variedad de climas y emociones que la partitura contiene. Sin piedad en las dinámicas que frecuentemente ahogaban las voces, Perusso avanzó a paso firme hasta los sutiles acentos finales que lamentablemente el público tapó con su ansioso aplauso. Buena prestación del Coro Estable que tuvo un momento de lucimiento durante el insípido ballet del acto tercero, con coreografía firmada por Lidia Segni.

Este comienzo de temporada con algunos tropiezos, logró conformar al público que aplaudió con ganas a dos elencos consistentes y a una producción sin sorpresas.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Marzo 2017

Para agendar
Las últimas funciones de Adriana Lecouvreur en el Teatro Colón se realizarán hoy sábado 25 y el domingo 26 de marzo con los dos elencos reseñados en este artículo.
Más info: www.teatrocolon.org.ar

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli y Máximo Parpagnoli
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Publicado el 25/03/2017
     
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