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“Ernani” en el Teatro Avenida : Verdi juvenil en jóvenes voces
Con una obra de Giuseppe Verdi poco frecuentada, pero de interesantes cualidades musicales, Buenos Aires Lírica ofreció el tercer título de su actual temporada. Por Ernesto Castagnino
 

Nazareth Aufe (Ernani), junto al Coro de Buenos Aires Lírica, en el primer acto de Ernani, Teatro Avenida, 2016

ERNANI, ópera en cuatro actos de Giuseppe Verdi. Función del jueves 11 de agosto de 2016 en el Teatro Avenida, organizada por Buenos Aires Lírica. Dirección musical: Juan Casasbellas. Dirección escénica: Crystal Manich. Escenografía: Noelia González Svoboda. Vestuario: María Emilia Tambutti. Iluminación: Rubén Conde. Elenco: Nazareth Aufe (Ernani), Monserrat Maldonado (Elvira), Lisandro Guinis (Don Carlo), Sávio Sperandio (Silva), Laura Sangiorgio (Giovanna), Sergio Vittadini (Don Riccardo), Román Modzelewski (Iago). Coro de Buenos Aires Lírica, dirección: Juan Casasbellas. Orquesta.

Las obras llamadas “de juventud” de cualquier compositor siempre generan la inevitable tentación de identificar lo que “en germen” aparece de aquello que en su obra de madurez constituirá su estilo propio. La tradición en la que se formó Giuseppe Verdi como compositor de óperas fue la del bel canto italiano, estilo que dominó musicalmente la escena lírica en la primera mitad del siglo XIX a partir de las figuras de Gioacchino Rossini, Vincenzo Bellini y Gaetano Donizetti. Fue precisamente este último quien, dos meses después del estreno veneciano de Ernani, decidió llevar esta ópera de un joven prometedor, pero aún desconocido, al Kärntnertortheater de Viena que estaba bajo su dirección. Nos encontramos en 1844.

Ernani tiene cuatro roles de bastante parejo protagonismo: soprano, tenor, barítono y bajo. Al comenzar la obra el conflicto está ya planteado: la joven Elvira (soprano) está a punto de casarse con su tío Ruy Gómez de Silva (bajo) mientras ella ama en secreto al bandolero Ernani (tenor) —que en realidad es Don Juan de Aragón ocultando su identidad— y, a su vez, es acosada nada menos que por el rey Carlos V (barítono). Los tres pretendientes se encuentran en la misma habitación y a partir de ese momento la rivalidad política se unirá a la amorosa. Silva y Ernani hacen una alianza en contra del rey, pero también entre ellos hay un juramento. Ernani le jura que al momento de escuchar el sonido del cuerno de caza sabrá que debe cumplir su promesa y morir. La conspiración fracasa, Carlos es coronado emperador y concede el perdón a los conjurados, lo que permite que los enamorados puedan finalmente estar juntos. Pero durante la boda se oye el cuerno de caza de Silva que le recuerda que debe cumplir su juramento: Ernani se clava un puñal frente a su amada que, sin poder soportarlo, también se quita la vida.

Lisandro Guinis (Don Carlo), Nazareth Aufe (Ernani) y Monserrat Maldonado (Elvira)
en el primer acto de Ernani, Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 2016

Lo intrincado de la trama pone un poco de distancia emocional con los personajes, ya que obliga al espectador a concentrarse en la complejidad de complots, alianzas y traiciones de las que tampoco se conocen demasiado los motivos porque obedecen a odios anteriores al comienzo del drama. Desde el punto de vista musical hallamos todavía un respeto por las estructuras dramáticas belcantistas: los números solistas (aria-cabaletta), duetos y concertantes separados nítidamente, e incluso cierta tendencia al virtuosismo vocal. Pero todo está cargado de una atmósfera dramática, porque la orquestación presenta una paleta y una densidad de colores incompatibles con las etéreas coloraturas de las heroínas donizettianas. Las dificultades que presenta el joven Verdi para las voces —y que encontramos hasta Macbeth (1847) y quizás un poco más— tiene que ver con la amplitud de la tessitura de los roles a los que a veces exige —en una misma frase— ir del extremo más agudo al más grave del registro.

La directora escénica Crystal Manich no logró en esta oportunidad atrapar al espectador e invitarlo a pasar por alto tanta complejidad argumentativa, para sumergirse en la identificación emocional con los personajes. Todo transcurrió de modo austero, lo que en sí no es bueno ni malo, pero al final del camino tanta austeridad no enamora. Manich parece haberse tomado demasiado en serio el drama romántico decimonónico y no parece haber tenido más intención que la de presentarlo asépticamente, en lugar de recrearlo, de hacerle decir algo que haga alguna cosquilla a la sensibilidad del espectador del siglo veintiuno. De otro modo, ¿qué sentido tendría hacer óperas hoy? Para algunos directores de escena la respuesta a esa pregunta pareciera ser una máquina del tiempo que traslade al espectador al momento del estreno de la obra para que la aprecie tal cual —se supone— fue escenificada en ese contexto. Con su abordaje, Manich parece habernos querido meter en la máquina del tiempo. Es una opción, y posiblemente una opción que tiene buena acogida en un sector del público, aunque habría que preguntarse si es una opción capaz de atraer nuevos públicos o enamorar a aquellos que recién se animan a dar sus primeros pasos en el género.

El punto más alto del equipo vocal fue Sávio Sperandio como Silva, un bajo de voz homogénea y suntuosa, fraseo y musicalidad sorprendentes. Cada una de sus intervenciones generaron interés e impacto, desde su aria inicial “Infelice! E tuo credevi” vertida con nobleza y patetismo hasta su último clamor de venganza. La pareja de enamorados tuvo en Monserrat Maldonado una Elvira de intensidad dramática, con un timbre que se avizora verdiano, de centro rotundo y apreciable caudal, aunque con algunos contratiempos al afrontar las agilidades y cierta aspereza en el extremo agudo. A su lado el tenor Nazareth Aufe brindó un esforzado retrato del héroe romántico, impetuoso y juvenil. En el terceto final, los tres intérpretes consiguieron el momento vocal más destacado y el único verdaderamente emocionante de la velada: la muerte de los jóvenes enamorados mientras el anciano clama venganza fue dramática y conmovedora. A Lisandro Guinis no se lo vio demasiado cómodo en el rol de Don Carlos y llegó con lo justo, faltando algo de la autoridad y presencia del barítono verdiano.

Escena final del tercer acto de Ernani, Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 2016

Juan Casasbellas dirigió con eficacia y logró un buen equilibrio entre el foso y el escenario, redondeando una versión musicalmente agradable de la partitura verdiana y, en algunos concertantes, incluso consiguió elevar la temperatura de la sala. Buenas prestaciones del Coro de Buenos Aires Lírica y la orquesta.

Una versión, en síntesis, de cierto estatismo escénico que contó con una pareja protagónica de jóvenes y prometedoras voces, y que tuvo su momento de mayor envergadura musical en un final de notable emoción e ímpetu dramático.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Agosto 2016


Imágenes gentileza Buenos Aires Lírica / Fotografías de Liliana Morsia
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Publicado el 22/08/2016
     
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