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“Un ballo in maschera” en el Teatro Colón : Distopías verdianas
En la conclusión de un año pleno de propuestas verdianas, el Teatro Colón ofreció una visión interesante, y a la vez fría, de este drama lírico. Por Ernesto Castagnino
 

Primer acto de Un ballo in maschera, Teatro Colón, 2013

UN BALLO IN MASCHERA, ópera en tres actos de Giuseppe Verdi. Función del viernes 6 de diciembre de 2013 en el Teatro Colón. Coproducción de la Sydney Opera House, Teatro Real de la Monnaie de Bruselas, Ópera de Oslo y Teatro Colón. Dirección musical: Ira Levin. Dirección escénica: Alex Ollé (La Fura dels Baus). Escenografía: Alfons Flores. Vestuario: Lluc Castells. Iluminación: Urs Schönebaum. Video: Emmanuel Carlier. Reparto: Giuseppe Gipali (Gustavo III), Fabián Veloz (Conde Anckarström), Virginia Tola (Amelia), Elisabetta Fiorillo (Ulrica), Sussana Andersson (Oscar), Lucas Debevec Mayer (Conde Horn), Fernando Radó (Conde Ribbing), Leonardo Estevez (Cristiano), Marcelo Monzani (Juez), Pablo Sánchez (Sirviente). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director de coro: Miguel Martínez.

Cuando Giuseppe Verdi y Antonio Somma echaron mano del libreto Gustave III, ou Le Bal masqué —que Eugène Scribe había escrito en 1833 para ser puesto en música por Daniel Auber— no era la primera, ni sería la última vez, que Verdi elegía un personaje histórico como protagonista de una ópera suya: lo había hecho con Atila y Juana de Arco, y lo haría más tarde con Carlos de Austria. Pero en el caso de Gustavo III de Suecia ¿es posible hablar de un hecho o personaje histórico? El asesinato del monarca sueco había ocurrido apenas sesenta y siete años del comienzo del trabajo verdiano. En una época en que las noticias no se conocían al instante sino generalmente con retraso de meses y hasta años, un hecho ocurrido en 1792 no podía considerarse en 1833 (Auber) o en 1859 (Verdi) “de actualidad” pero ciertamente tampoco “histórico”.

La propuesta de Alex Ollé se centró en la trama política de la obra, es decir la conspiración de Horn y Ribbing contra el rey, otorgándole a las intervenciones del pueblo un valor esencial, incluso protagónico, para construir una metáfora acerca del poder, el control social y la resistencia. Inspirado tanto en el film Metropolis de Fritz Lang y en la novela 1984 de George Orwell como en “Posdata sobre las sociedades de control” del filósofo Gilles Deleuze, Ollé crea una distopía en la cual la máscara es una medida de uniformidad y disciplinamiento social. Despojado de referencias temporales o espaciales, Gustavo es un líder al que la masa alaba y vitorea —como a Hitler o Mussolini— en tanto un grupo de resistencia denuncia y finalmente aniquila a la clase dominante dando lugar a un nuevo (?) orden. La lectura, si bien genera cierto interés y produce momentos teatralmente relevantes, barre casi completamente con la trama amorosa haciendo que el resultado final se perciba frío y distante. Transformar un melodrama decimonónico en teatro político tiene su precio y un impávido intelectualismo es seguramente uno de ellos.

Alfons Flores consiguió plasmar en una compleja y eficaz escenografía la idea de Ollé, haciendo que ese mundo opresivo y masificado produjera un efecto contundente en el espectador. El vestuario de Lluc Castells, que transformó la ropa en uniformes para expresar la idea de masificación, no tuvo tanta eficacia como la escenografía. Tampoco las máscaras lograron siempre el efecto buscado, seguramente por su diseño, ya que por momentos más que inquietantes eran… graciosas.

Virginia Tola (Amelia), Fernando Radó (Conde Ribbing), Fabián Veloz (Conde Anckarström) y Lucas Debevec Mayer (Conde Horn), junto al Coro Estable del Teatro Colón, en la escena final del segundo acto de Un ballo in maschera, Teatro Colón, 2013

El elenco no fue todo lo homogéneo que se hubiera deseado, comenzando por una pareja protagonista que no logró en ningún momento elevar la temperatura del escenario. Giuseppe Gipali como Gustavo no despertó demasiado interés y su voz de timbre lírico no posee la proyección y densidad que el rol requiere. Virginia Tola abordó el rol de Amelia con lo justo y, si bien quedó algo sobrepasada por un rol para soprano spinto que la llevó a emitir sonidos tirantes y abiertos, alcanzó su mejor momento en el aria “Morrò, ma prima in grazia” del tercer acto, con la que logró involucrarse en las emociones del personaje.

El barítono Fabián Veloz fue de menor a mayor en un rol al que aportó una voz de gran caudal, de timbre y fraseo verdianos, junto a una indiscutible entrega escénica. Si su “Alla vita che t’arride” estuvo correcto, al llegar a “Eri tu” en el tercer acto logró el momento más destacado de la velada desplegando una línea amplia y brillante.

Fue muy poco lo que dejó la decepcionante Ulrica de Elisabetta Fiorillo, quien llevó adelante el rol recurriendo a sonoridades de pecho, haciendo que agradezcamos por esta vez que Verdi haya incluido el personaje en un solo acto. Sussana Andersson posee los medios necesarios para abordar la ligereza y coloratura de Oscar aunque su actuación no escapó a cierta tradición que asimiló la función de un paje con la de un bufón. Lucas Debevec Mayer y Fernando Radó, que cumplieron como los conspiradores, comenzaron con algunos contratiempos para ir a tempo.

El abordaje de Ira Levin sobre esta partitura caracterizada por súbitos y constantes cambios de atmósfera para los que Verdi recurre a una paleta de colores inagotable, se inclinó hacia la sonoridad abrumadora y los acentos trágicos. No fue la mejor decisión contando con voces de limitado calibre —excepto la de Fabián Veloz— que quedaban sepultadas bajo la orquesta. Pero el mayor problema de Levin fue la coordinación del foso y el escenario: la frecuente desarticulación de ambos planos y algunas pifias —como la flauta y oboe en los cinco primeros compases del Preludio— parecían indicar, en primer lugar, un insuficiente trabajo de ensayos.

Escena final de Un ballo in maschera, Teatro Colón, 2013

El estreno del último título de la temporada del Teatro Colón, que debía coronar un año de festejos verdianos, se vio envuelto en el escándalo y la indignación por la muerte de un técnico, hecho que puso nuevamente en primer plano la cuestión de las condiciones edilicias y de seguridad del edificio, de las obras aún sin terminar y del reflejo automático de las autoridades a desligarse de responsabilidades. La metáfora de Ollé sobre la máscara y la simulación resultó, en ese contexto, una cruel ironía.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Diciembre 2013


Fotografías gentileza Teatro Colón
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Publicado el 23/12/2013
     
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