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“El holandés errante” en La Plata : Dolor de existir, deseo de morir
La temporada lírica en el Teatro Argentino, reducida a dos títulos, solamente pudo concretar uno de ellos: el homenaje wagneriano en el bicentenario del nacimiento del compositor. Por Ernesto Castagnino
 

Mónica Ferracani (Senta) y Licio Bruno (El holandés) en el segundo
cuadro de El holandés errante, Teatro Argentino, La Plata, 2013

EL HOLANDÉS ERRANTE, ópera romántica de Richard Wagner. Función del sábado 26 de octubre de 2013 en el Teatro Argentino de La Plata. Dirección musical: Silvio Viegas. Dirección escénica: Louis Désiré. Director de coro: Esteban Rajmilchuk. Escenografía: Diego Méndez Casariego. Vestuario: Mónica Toschi. Iluminación: Marcelo Cuervo. Elenco: Licio Bruno (El holandés), Mónica Ferracani (Senta), Víctor Castells (Daland), Francesco Petrozzi (Erik), Roxana Deviggiano (Mary), Sergio Spina (El timonel). Orquesta y Coro Estables del Teatro Argentino.

La cuarta ópera de Richard Wagner da inicio a lo que algunos estudiosos denominaron el período de las “óperas románticas”, intermedio entre las “óperas de juventud” y los “dramas musicales”. Es tan injusto como inevitable analizar la obra de un compositor desde sus últimas producciones y lo que logró con ellas en términos tanto de rupturas y  emancipaciones de lo establecido como de identidad estilística. Inevitable porque cualquier análisis en perspectiva implica una mirada sobre la obra como totalidad e injusto porque las obras iniciales e intermedias pierden algo de su propia capacidad provocadora en desmedro de las “últimas” obras, el “verdadero” legado estético del creador.

Las denominadas “óperas románticas” de WagnerEl holandés errante, Tannhäuser y Lohengrin— son muchas veces analizadas en tanto contienen el germen de todo lo revolucionario que se plasmará más tarde en los “dramas musicales”, lo cual además de ser indudablemente cierto, condena inmerecidamente a dichas obras a un rol de mera transición a lo realmente interesante.

El holandés errante muestra todavía a un Wagner tironeado por el deseo de triunfar en un gran teatro —para lo cual suponía era imprescindible ajustarse a los cánones del gusto imperante—, la desesperación por generar un ingreso de dinero —lo cual lo había llevado a probar suerte en París, cuna de la grand-opéra— y el impulso por romper con la estructura de la ópera de números para dar paso a una obra concebida como un continuo y una totalidad que no sea la mera suma de sus partes. La prueba de ello es haberla concebido para ser ejecutada sin intervalos, idea que rápidamente debió resignar para el estreno de 1843 en Dresde, entre otras concesiones. Afortunadamente el Teatro Argentino eligió en esta oportunidad la versión original sin interrupciones, con la cual la obra gana considerablemente.

Mónica Ferracani (Senta), junto al Coro Estable del Teatro Argentino, en el
segundo cuadro de El holandés errante, Teatro Argentino, La Plata, 2013

Un eje interesante para el abordaje de esta obra es la tensión entre pares de opuestos, tensión que se da tanto en el plano dramático —femenino vs. masculino, espiritual vs. material, libertad vs. destino, mar vs. tierra, sufrimiento vs. redención— como en el plano musical. La intensa agitación de los tutti orquestales que representan al mar convulsionado y tormentoso —metáfora del mundo interno del Holandés— contrastan con las alegres y melancólicas melodías que acompañan las intervenciones del pueblo —Timonel, Daland, las muchachas del pueblo y los marineros noruegos— en tanto inocente espectador de un drama que se desarrolla fuera del alcance de su compresión.

El Holandés está condenado a vagar por la eternidad hasta que encuentre una mujer que le sea fiel hasta la muerte y Senta será la heroína que se ofrecerá como víctima sacrificial para salvarlo. Ella también cumple un destino, su vida no le pertenece por completo y un impulso la lleva hacia ese hombre atormentado aún antes de que aparezca ante sus ojos. Ambos desean morir: él para librarse y ella para librarlo de ese destino errante, y ese impulso tanático los arroja al encuentro extático en el que la muerte libera del dolor.

La dirección escénica de Louis Désiré —conocido en nuestro medio por sus puestas de Werther en 2007, Francesca da Rimini en 2010 y Norma en 2012— se internó en esos pares de opuestos y llevó adelante el desarrollo de la tensión dramática alcanzando la apoteosis final con eficaz intensidad. Con la versión sin intervalos el devenir de la acción es incesante, y Désiré supo resolver con destreza las transiciones haciendo que el interés no decayera en ningún momento. Pero el aspecto más elogiable de la propuesta fue el lugar y sentido que le otorgó al coro que, como en la tragedia griega, se transformó en un único cuerpo y una única voz que comenta y observa como testigo, sin intervenir sobre la acción. El efecto de los movimientos y disposición del coro —coordinados con la excelente iluminación de Marcelo Cuervo— permitió nuevas lecturas y perspectivas sobre la obra.

El diseño escenográfico de Diego Méndez Casariego tendió a la síntesis y con pocos elementos acentuó la dimensión simbólica del drama, dominando el espacio unos paneles móviles traslúcidos que creaban y delimitaban espacios diferentes, abiertos o cerrados, si bien no siempre resultaba del todo claro el nexo de esos desplazamientos con lo que ocurría en la acción dramática.

Mónica Ferracani (Senta) y Licio Bruno (El holandés) en el segundo
cuadro de El holandés errante, Teatro Argentino, La Plata, 2013

Silvio Veigas en la dirección musical fue un hábil concertador, dejando fluir el relato musical con gran sentido teatral. Su batuta se inclinó hacia el aspecto romántico de la partitura —que es innegable— con esos inquietantes trémolos de las cuerdas bajas que crean esa atmósfera opresiva y atormentada tan cara al romanticismo alemán. La Orquesta y el Coro Estables del Teatro Argentino mantuvieron el excelente nivel adquirido gracias al intenso trabajo realizado durante las últimas tres temporadas en las que abordó un complejo y variado repertorio, impensable en otras épocas. Esperamos que la intermitente actividad de los cuerpos estables en esta última temporada no atente contra el alto nivel alcanzado.

El reparto estuvo dominado por el torturado y profundamente humano Holandés de Licio Bruno, una voz de bajo-barítono con cuerpo y proyección que fue encontrando los colores adecuados para delinear un rol complejo y exigente. Bruno fue un Holandés abatido e introvertido, pero con el vigor suficiente para arrastrar consigo a Senta. Su interpretación resultó sencillamente emocionante. Como protagonista femenina, la soprano Mónica Ferracani superó su abordaje del rol en 2007 y brindó una versión intensa de la Balada. Todo marcha bien hasta que la voz, de centro generoso, se acerca a los extremos de la tesitura y va perdiendo homogeneidad y ganando tirantez. Ferracani es una intérprete experimentada por lo que supo sacar adelante al rol y darle carnadura.

El bajo Víctor Castells cumplió con un Daland algo falto de relieve y brillo en el timbre y el tenor Francesco Petrozzi como Erik pareció un poco alejado del temperamento wagneriano, con finales de frase sollozantes y quejumbrosos ajenos al estilo. Sergio Spina le imprimió interés a su Timonel, que cantó estupendamente, y Roxana Deviggiano acompañó como la nodriza Mary.

La breve temporada lírica en el Teatro Argentino ofreció este brillante homenaje al bicentenario de Richard Wagner, en una versión digna de elogio tanto en el aspecto musical como escénico.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Noviembre 2013


Imágenes gentileza Teatro Argentino de La Plata / Fotografías de Guillermo Genitti y Paula Pérez de Eulate
Para ver más fotos ingresá a
www.facebook.com/tiempodemusica.argentina
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Publicado el 06/11/2013
     
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