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La Orquesta del Royal Concertgebouw en el Teatro Colón : Matices sinfónicos
Bajo la dirección de Mariss Jansons, la orquesta holandesa se presentó en el ciclo del Mozarteum, con excelentes versiones de obras de Mahler y Rachmaninov. También fue la oportunidad del debut porteño del extraordinario pianista Denis Matsuev. Por Luciano Marra de la Fuente
 

La Orquesta del Royal Concertgebouw y Mariss Jansons,
Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 2013

ORQUESTA DEL ROYAL CONCERTGEBOUW. Dirección: Mariss Jansons. Solista: Denis Matsuev, piano. Concierto del sábado 29 de junio de 2013 en el Teatro Colón, organizado por el Mozarteum Argentino. Rachmaninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini, para piano y orquesta, Op. 43. Mahler: Sinfonía N° 1 en Re mayor, “Titán”.

El sexto concierto del ciclo de Mozarteum Argentino en el Teatro Colón fue la estupenda oportunidad de reencontrarse con la Orquesta del Royal Concertgebouw de Amsterdam, una excelente agrupación sinfónica que ya había visitado Buenos Aires en tres oportunidades, con sus directores titulares anteriores. El holandés Bernard Haitink dirigió tres conciertos en 1971 y otros tres más en 1985 —las dos veces para Mozarteum—, en tanto que en 1998 el italiano Riccardo Chailly actuó dos veces al frente de la orquesta en 1998, visita organizada por Nuova Harmonia. Esta vez, en el marco de la gira mundial por el 125° aniversario de la Orquesta, estuvo Mariss Jansons, quien fue nombrado titular desde 2004.

La Rapsodia sobre un tema de Paganini (1934) de Sergei Rachmaninov fue la obra común a los dos programas presentados este año, que permitió por un lado conocer al brillante pianista ruso Denis Matsuev, pero también volver a percibir que la concentración de cada atril, la perfecta afinación y el justo equilibrio sonoro siguen siendo una marca distintiva de la orquesta holandesa. Matsuev posee una técnica extraordinaria que le permitió afrontar sin dificultad la escritura virtuosística de Rachmaninov, pero también es un sensible músico para enfrentar los momentos líricos de la partitura sin caer en exageraciones. Esto se dio particularmente en el clímax de la obra, la célebre Variación 18, generando uno de momentos sobresalientes de su versión, que fue conducida por Jansons con precisión y haciendo aún más evidente los diferentes matices dinámicos y de carácter que posee cada variación. La velocidad fenomenal que el pianista y la orquesta impusieron a las variaciones finales mostró el preciso ensamble que lograron en esta exigente obra concertante.

Como bises, Matsuev ofreció dos piezas contrastantes para exhibir esa doble personalidad musical: “Octubre: Canción de otoño” de la Suite Las estaciones de Tchaikovsky permitió escuchar su musicalidad y sentido lírico, en una dinámica delicada y que fue coronada con un pianissimo casi imperceptible, en tanto que una improvisación propia de Matsuev de carácter jazzístico que combinó diferentes fragmentos de temas —desde Rapsodia en blue de Gershwin, Caravan de Duke Ellington hasta el de Paganini ya escuchado en la Rapsodia de Rachmaninov— y que fue coronada con la cabeza del tema de Libertango de Piazzolla, volvió a mostrar la furia interpretativa y la prodigiosa digitación del pianista.

Denis Matsuev, Mariss Jansons y la Orquesta del Royal
Concertgebouw, Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 2013

Holanda fue uno de los pocos lugares donde Gustav Mahler, en vida, fue reconocido como compositor. Desde entonces, su obra ha forjado una estrecha tradición con la Orquesta del Royal Concertgebouw de Amsterdam gracias a la labor de sus célebres directores como Williem Mengelberg, Haitink o Chailly (este último un tanto resistido por los tradicionalistas). En todas sus visitas a nuestro país, la Orquesta trajo las interpretaciones de alguna de las sinfonías mahlerianas —la N° 9 en 1971 y la N° 5 en 1985 y 1998—, y este año no fue la excepción con la Sinfonía N° 1 “Titán” (1889, revisada en 1896) que sirvió para vislumbrar la visión musical de Mariss Jansons sobre esa tan transitada tradición, y la perfección técnico-expresiva del organismo sinfónico holandés.

Una de las características que se imponen en su lectura es la realización perfecta de los rangos dinámicos marcados en la partitura, ya desde el ppp de las cuerdas en la introducción hasta llegar al clímax en fortissimo al final del desarrollo del primer movimiento. Esa sensación de ruptura con el contraste violento de dinámicas, armonía y velocidad, es acompañada por un gesto tal vez un poco ampuloso de Jansons, quien hasta ese entonces fue sobre todo medido, casi tímido. También es sorprendente —quizá uno no está acostumbrado a escucharlo en vivo de esta manera por estos lados— cómo toda la fila de violoncellos pudo exponer el tema de este movimiento en pianissimo, “siempre muy sosegado” —tal la indicación de Mahler—, sin desbordes y un ensamble ideal.

En el segundo movimiento, ese scherzo que combina un ländler y un vals, se percibió una concentración justa para poder lograr contrastes de velocidad entre el bastante pausado Trío central frente a unos brillantes accelerandi que caracterizan las secciones externas, y con una destacada afinación —una característica que se repitió durante toda la obra— por parte de la sección de los metales, en especial los cornos.

Mariss Jansons y la Orquesta del Royal Concertgebouw,
Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 2013

En el tercer movimiento, Jansons remarcó la construcción fragmentaria implícita en la partitura (en este sentido sigue la línea explorada por Chailly), contrastando perfectamente las características intrínsecas de cada elemento —la sombría marcha fúnebre sobre la canción “Frère Jacques”, la melancólica melodía de raíces judías y la paródica música de una banda klezmer—, incluso pareció que hiciera respirar a toda la orquesta entre secciones. Algo similar ocurrió con el movimiento final, desde el comienzo tormentoso hasta la apoteótica conclusión, donde se encontró el punto exacto de impacto emocional de la obra, sin aumentar los gestos sonoros grandilocuentes que de por sí existen y evitando un excesivo sentimentalismo en las partes lentas, un lugar común en algunas interpretaciones de Mahler.

Ese impacto sonoro que generó la Orquesta del Royal Concertgebouw de Amsterdam y la lectura de Mariss Jansons generó una ovación interminable entre el público, que quizá esperaba alguna obra fuera de programa. Sin embargo, tras la versión ofrecida de la obra de Gustav Mahler poco se podía agregar, convirtiendo a este concierto de Mozarteum Argentino en una experiencia única e inolvidable.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Julio 2013


Fotografías gentileza Mozarteum Argentino
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Publicado el 08/07/2013
     
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