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“Pepita Jiménez” en La Plata : Lo que hay detrás de la puerta
Otro hito en la actual temporada lírica se adjudicó el Teatro Argentino, esta vez en coproducción con Teatros del Canal, que asumió el desafío de estrenar en nuestro continente la ópera más conocida de Isaac Albéniz. Por Ernesto Castagnino
 

Enrique Ferrer (Luis), Adriana Mastrángelo (Antoñona), Sebastián Angulegui (Conde de Genazahar) y Nicola Beller Carbone (Pepita) en el primer acto de Pepita Jiménez, Teatro Argentino, La Plata, 2012

PEPITA JIMÉNEZ, ópera en dos actos de Isaac Albéniz. Edición crítica de Borja Marino de la versión de 1897. Estreno americano. Coproducción con Teatros del Canal, Madrid. Funciones de los domingos 28 de octubre y 4 de noviembre* de 2012 en la Sala Alberto Ginastera del Teatro Argentino de La Plata. Dirección musical: Manuel Coves. Dirección escénica: Calixto Bieito. Escenografía: Rebecca Ringst. Vestuario: Ingo Krügler. Iluminación: Carlos Márquez. Dramaturgia: Bettina Auer. Elenco: Nicola Beller Carbone (Pepita Jiménez), Enrique Ferrer (Don Luis de Vargas), Adriana Mastrángelo (Antoñona), Gustavo Gibert (Don Pedro de Vargas), Víctor Castells/José Antonio García* (El vicario), Sebastián Angulegui (El conde de Genazahar), Francisco Bugallo y Juan Pablo Labourdette (Oficiales). Orquesta y Coro Estables del Teatro Argentino de La Plata. Coro de Niños del Teatro Argentino. Director de coro: Miguel Martínez. Directora del Coro de Niños: Mónica Dagorret.

Para 2009, año del centenario de la muerte del compositor español Isaac Albéniz, ya se habían realizado en su país natal grabaciones de su obra escénica, a cargo del pianista y director orquestal José de Eusebio (1). Para ser una ópera apenas representada, Pepita Jiménez (1896) cuenta con varias ediciones diferentes, algunas de ellas hechas por el mismo compositor. Luego del estreno en Barcelona en un acto e idioma italiano en lugar del original inglés, el mismo Albéniz realiza modificaciones para el estreno en Praga al año siguiente de la ópera ahora en dos actos y en idioma alemán. La última revisión del autor se registra en 1905 para su estreno en Bruselas en idioma francés.

Es decir que no existe eso que se suele llamar “versión definitiva” que incluya al libreto de Francis Burdett Money-Coutts en su idioma original, por lo que cada edición crítica conlleva en este caso decisiones del responsable de la misma como ocurrió en la grabación realizada en 2005 por José de Eusebio que se basa en la partitura de 1905 pero con el libreto en inglés, mientras que en esta oportunidad la edición de Borja Mariño tomó la versión de Praga pero cantada en el original inglés.

El barón Money-Coutts —un millonario con aspiraciones literarias que se convirtió en mecenas y libretista del autor de la suite Iberia— se basó en la novela del escritor Juan Valera, que narra las vicisitudes de una joven viuda (soprano spinto) enamorada de Luis de Vargas, un seminarista (tenor spinto) que se debate entre la vocación religiosa y el amor carnal. Él es, a su vez, hijo de Pedro (barítono) uno de los tantos pretendientes de Pepita, que ella rechaza ayudada por su fiel nodriza Antoñona (mezzosoprano).

El clima que domina la puesta escénica de Calixto Bieito es el de la opresión social y la represión sexual. Los años del franquismo, con su ultracatolicismo, fueron el marco histórico que resignificó e hizo levantar vuelo a esta historia, en sí misma algo simple, de ambivalencias y conflictos morales. El espectacular diseño escenográfico de Rebecca Ringst consistió en un sistema de andamios ocupados por armarios que, al desplazarse, abrirse y cerrarse, dejaban entrever distintos aspectos del mundo interior de los personajes o del contexto exterior de la historia. Imágenes oníricas, políticas o religiosas se sucedían o superponían con diferente fuerza visual pero siempre aportando a la trama una interesante lectura en diferentes planos, lo que constituyó una experiencia teatralmente intensa y estimulante.

Víctor Castells (Vicario), Nicola Beller Carbone (Pepita) y Adriana Mastrángelo (Antoñona) en el primer acto de Pepita Jiménez, Teatro Argentino, La Plata, 2012

La iconografía religiosa ligada al simbolismo —psicoanalítico— del armario cerrado fue el eje sobre el cual Bieito armó el andamiaje simbólico de su efectiva puesta escénica. También el diseño de iluminación de Carlos Márquez fue penetrante y creativo, con fuertes contrastes, claroscuros y hasta luces que enceguecen al espectador, interpelándolo y provocándolo al ponerlo en la situación vulnerable de los personajes.

La dirección musical estuvo a cargo de Manuel Coves, encargado de plasmar el complejo universo sonoro de Albéniz, un compositor empeñado en sentar las bases de una “ópera española” —algo que se hace evidente en las numerosas cadencias y ritmos españolizantes que pueblan la partitura— pero aún mirando a los modelos italiano y alemán en los que encuentra sus fuentes de inspiración: el romanticismo tardío pucciniano con sus melodías envolventes o la maquinaria wagneriana de motivos asociados a personajes o situaciones. Aunque lo que hizo famoso al compositor fue la obra para piano, su producción escénica se revela tan importante y valorable como aquella.

La Orquesta Estable del Teatro Argentino se comprometió con el desafío y el resultado fue impecable, consiguiendo un interesante crescendo dramático además de momentos de verdadero lucimiento en el preludio y el intermezzo instrumental del segundo acto. Breve aunque muy buena intervención del Coro Estable y del Coro de Niños.

Sacando el hecho de que la lengua inglesa no posee una fonética que ayude a la belleza de la línea vocal —ya que el canon occidental se cimentó sobre el idioma italiano con sus fonemas abiertos y redondeados— sin mencionar el hecho de lo extraño que resulta escuchar una obra tan española por sonoridad y por temática, cantada en inglés, el elenco fue homogéneo y el compromiso uniforme.

Enrique Ferrer (Luis) y Nicola Beller Carbone (Pepita) en la escena
final de Pepita Jiménez, Teatro Argentino, La Plata, 2012

Lideró la soprano Nicola Beller Carbone, una Pepita de voz poderosa pero capaz de los más hermosos trazos líricos. La escena inicial “Do you remember” en la que ella relata a su confesor el amor por Luis la posicionó desde el comienzo como una gran intérprete, capaz de desplegar múltiples facetas y mantener el interés del público hasta el último compás. La acompañó quien fuera también su pareja en Francesca da Rimini en La Plata en 2010, el tenor Enrique Ferrer, en una tarea encomiable como Don Luis de Vargas, un hombre lleno de dudas y sentimientos ambivalentes. Se sobrepuso a la densa orquestación a fuerza de una emisión segura, y aunque la tessitura de Paolo Malatesta pareció adaptarse mejor a su voz, en el aria “Love moves by night” mostró verdadera compenetración con el personaje.

El importante rol de Antoñona le correspondió a la mezzosoprano Adriana Mastrángelo, que lejos de caracterizarse como una anciana bonachona, desplegó toda la sensualidad terrenal de la que es capaz, haciendo interesante contraste con el puritano Luis, en el dueto que mantienen en el primer acto. El timbre oscuro y elegante —tal vez demasiado elegante para una criada— se impuso con toda la belleza de una voz bien proyectada y la capacidad de matización propia de una intérprete sensible. Imponente voz de bajo puso Víctor Castells para dar vida al vicario, un personaje que sin caer en lo caricaturesco resultó inquietante debido a la presencia silenciosa y casi constante que le otorgó el director de escena.

Pedro de Vargas, el padre de Luis, tuvo en Gustavo Gibert un experimentado barítono, más capaz de actuar con su voz que de cantar. En la primera función un problema en la emisión de la voz fue inocultable, algo que felizmente fue superado en las siguientes. Completaban el elenco Sebastián Angulegui, muy convincente en el rol del antipático conde de Genazahar, Francisco Bugallo y Juan Pablo Labourdette como dos oficiales.

 Adriana Mastrángelo (Antoñona), Nicola Beller Carbone (Pepita) y Enrique Ferrer (Luis) en la escena final de Pepita Jiménez, Teatro Argentino, La Plata, 2012

El Teatro Argentino de La Plata volvió a sorprender, una vez más, con la exhumación de una obra de no escaso atractivo musical, que ganó indudablemente con el planteo escénico de Calixto Bieito quien nos propuso un mundo alucinado y onírico, resignificando una trama que cae con facilidad en un bovarismo algo simplón, elevando la propuesta a estimulantes alturas y superando la expectativa general.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Noviembre de 2012


Nota
(1) Merlin (Decca, 2000); Henry Clifford (Decca, 2002); Pepita Jiménez (Deutsche Grammophon, 2005)


Imágenes gentileza Teatro Argentino de La Plata / Fotografías de Guillermo Genitti y Paula Pérez de Eulate
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Publicado el 10/11/2012
     
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