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“Carmen” en Milán : De ritos, apuestas y violencia
El Teatro alla Scala de Milán inauguró su temporada con la ópera de Bizet, bajo la dirección de Daniel Barenboim, en una audaz puesta de Emma Dante y con el promisorio debut de la joven Anita Rachvelishvili como protagonista. Por Massimo Viazzo (corresponsal en Italia)
 

Jonas Kaufmann (Don José), Gabor Bretz (Zúñiga) y Anita Rachvelishvili
(Carmen) en el primer acto de Carmen, Teatro alla Scala de Milán, 2009

CARMEN, opéra comique en cuatro actos de Georges Bizet. Nueva presentación escénica. Función del domingo 20 de diciembre del 2009 en el Teatro alla Scala de Milán, Italia. Dirección musical: Daniel Barenboim. Puesta en escena y vestuario: Emma Dante. Escenografía: Richard Pedruzzi. Iluminación: Dominique Bruguière. Elenco: Anita Rachvelishvili (Carmen), Jonas Kaufmann (Don José), Erwin Schrott (Escamillo), Adriana Damato (Micaela), Adriana Kučerová (Mercedes), Michèle Losier (Frasquita), Francis Dudziak (Dancaire), Rodolphe Briand (Remendado), Mathias Hausmann (Moralès), Gabor Bretz (Zúñiga), Perla Viviani Cigolini (Una vendedora de naranjas), Lorenzo Tedone (Un bohemio), Gabriel Da Costa (Lillas Pastia). Orquesta y Coro del Teatro alla Scala de Milán. Director de coro: Bruno Casoni.

Dos fueron las apuestas ganadas por el director general del Teatro Alla Scala, Stéphane Lissner, y por Daniel Barenboim, “maestro scaligero” hasta finales de 2013, en esta importante inauguración de temporada: la protagonista Anita Rachvelishvili, de veinticinco años de edad, y la directora de escena, la siciliana Emma Dante, quien de hecho debutaba en la escena lírica. La primera es egresada de la Accademia della Scala y la segunda tiene experiencia en la dirección escénica, aunque sólo en el ámbito del teatro de prosa. De todas maneras, ambas convencieron.

Emma Dante mostró dotes fuera de lo común para poder captar la verdad escénica sin violentar la dramaturgia del libreto. En esta producción se reestablecieron partes de los indispensables diálogos hablados. Poco importó que en lugar de España la acción se haya ambientado en su Sicilia, sombría, intolerante, supersticiosa, con todo el despliegue de las procesiones, crucifijos, toldos y  quemadores de incienso. Olvidando el folclore convencional, esta Carmen fue hecha con cuerpo, ritualidad y sensualidad mediterránea —las cigarreras en el baño fueron inolvidables— y así hubieron tantas ideas que sería verdaderamente largo enumerarlas todas y quizás hasta sería poco sustancial.

Anita Rachvelishvili (Carmen) en el primer acto
de Carmen, Teatro alla Scala de Milán, 2009

Es suficiente afirmar que Emma Dante logró la difícil empresa de separar la obra de los clichés tradicionales, restituyéndola de manera viva, carnal y también violenta. La pelea entre las cigarreras en el primer acto, como ejemplo, fue emblemática. Es normal que cuando el público —por fortuna sólo hubo un pequeño pero ruidoso grupo— se encuentra desorientado comience a protestar. Sin embargo, creo que en la próxima reposición de este montaje en noviembre del 2010, con Gustavo Dudamel en el podio, algunos censores pronunciarán un “mea culpa”.

Anita Rachvelishvili fue un verdadero descubrimiento. La joven georgiana cantó muy bien, con perfecta homogeneidad de timbre, logrando infundir calor y pasión a cada frase. La suya no pareció una Carmen diabólica, y mucho menos una femme fatale, pero si una verdadera mujer que seducía con su fascinación natural. Como Don José, Jonas Kaufmann conquistó por su timbre bronceado, su insolencia y prestancia en el acento, pero sobre todo porque nos permitió admirar la capacidad de frasear sombreando con claroscuros la línea musical, una cosa rara en los tenores en la actualidad. Más ordinario fue el fraseo de Erwin Schrott, en el papel de Escamillo, aunque es un actor experimentado. Un poco incómoda vocalmente estuvo Adriana Damato como Micaela. La intérprete es pálida y su voz pareció no tener los apoyos justos para transitar siempre de manera satisfactoria. Sin embargo, su prestación fue en crescendo.

Anita Rachvelishvili (Carmen) y Jonas Kaufmann (Don José) 
en el cuarto acto de Carmen, Teatro alla Scala de Milán, 2009

Al final de la representación y pensando en la dirección de orquesta, me surge una pregunta: ¿le habría gustado a Nietzsche la Carmen de Daniel Barenboim? Cito a Friedrich Nietzsche porque fue el filósofo alemán quien señaló que la obra maestra de Bizet era el justo antídoto para curar el “contagio” wagneriano, al cual ni él mismo permaneció inmune. De hecho, aquella ligereza, brillantez solar y aquella luz “africana” que tanto conmoviera a Nietzsche pareció no estar presente en las cuerdas del director de origen argentino. El peso sonoro de los violines y alguna desviación en el tiempo, más lento de lo normal, no hicieron más que hacernos volver hacia el compositor de El Anillo del Nibelungo.

El mérito de Barenboim fue el de haber exprimido frecuentemente la partitura, dejando aflorar bellezas secretas aunque después, con inusitadas rupturas, nos sumergió nuevamente en el clima fatal de la obra. En tal sentido fue magistral la escena de las cartas en el tercer acto. Aquel crescendo rítmico y dinámico, muy calibrado y envolvente, que en la taberna de Lillas Pastia lleva a un enredo casi infernal, tuvo algo de prodigioso. Un timonel temerario que guía una embarcación que navega segura en una prima debe ser algo para enmarcarse.

Massimo Viazzo
Italia, diciembre 2009

Imágenes gentileza Teatro alla Scala / Fotografías de Marco Brescia
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Publicado el 11/01/2010
     
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