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“Los pescadores de perlas” en Santiago de Chile : La boda de mi mejor amigo
El Teatro Municipal estrenó una nueva producción de esta ópera de Georges Bizet, con un elenco encabezado por el ascendente tenor Dimitri Korchak. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

Dimitri Korchak (Nadir) y Vitaliy Bilyy (Zurga) en el primer acto
de Los pescadores de perlas, Teatro Municipal, Santiago de Chile

LOS PESCADORES DE PERLAS (Les pêcheurs de perles), ópera en tres actos de Georges Bizet. Funciones del martes 25* y sábado 29 de agosto de 2009 en el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Dirección musical: Alain Guingal / José Luis Domínguez*. Dirección de escena: Jean-Louis Pichon. Escenografía y vestuario: Frédéric Pinau. Iluminación: Michel Theuil. Coreografía: Edymar Acevedo. Intérpretes: Ailyn Pérez / Patricia Cifuentes* (Leïla), Dimitri Korchak / Roger Padullés* (Nadir), Vitaliy Bilyy / Leonardo Neiva* (Zurga), Homero Pérez-Miranda / Ricardo Seguel* (Nourabad). Orquesta Filarmónica de Santiago. Coro del Teatro Municipal, director: Jorge Klastornick.

Lo exótico ha llegado a convertirse en la elección predilecta para unificar la producción operística de Georges Bizet bajo alguna idea. Incluso cuando ello pudiera ser descrito de forma coherente para que la Rusia de Ivan IV, la Escocia de La bella hija de Perth y el Cairo de Djamileh tengan las mismas propiedades “exóticas”, hay algo que se pierde en ese cuadro. Bizet, como pocos músicos, era capaz de transmitir ciertas emociones de forma natural y, uno está tentado de decir, hasta universal. El amor de Carmen, que no dura más que un día, no es la experiencia vital de una gitana de la Sevilla de comienzos del siglo XIX, sino el retrato de la inherente volubilidad de uno de los sentimientos humanos más intensos. Bizet es un compositor franco, y eso puede entrar en cierta pugna con una concepción visualmente sobrecargada de sus obras.

Los pescadores de perlas es una ópera compacta, estructurada en tres actos y situada en una idealizada Ceylán, hoy Sri Lanka. Ese es el escenario para el conflicto entre dos amigos que aman a la misma mujer; la renuncia de uno en favor de la consumación del amor de los otros marca tanto la felicidad ajena como la desgracia propia. Los pescadores de perlas, una poética frase para identificar a lo que hoy llamaríamos sencillamente “trabajadores”, se juegan la vida en la recolección de esos preciados objetos. Figuradamente, además, uno puede entender que lo perseguido, lo que se busca pescar, son, al igual que en la frase “perlas para los cerdos”, algo más que meros objetos. Ser un pescador de perlas puede entonces significar también ser un cazador de belleza, un esteta, un sibarita. Como un astuto mercader, Bizet nos ofrece una ópera en la cual nosotros, al final, somos los pescadores de perlas. Y si la ópera resulta bien cantada, felices nos embarcaremos en esa cacería submarina.

El tenor ruso Dimitri Korchak debutaba en el Teatro Municipal en el rol de Nadir. El rol es cándido, y Korchak parecía casi con demasiado aplomo para él. Vocalmente el resultado es perfecto. Korchak optó por una entrega con voz plena del aria “Je crois entendre encore”; hay seguridad en el grave, las pocas veces en que tiene que descender, y la voz responde con docilidad a los cambios dinámicos. Compuso un hermoso cierre de su número, donde solo en la frase final, luego de un cuidadísimo agudo que fue apianado con delicadeza, se pudo oír la voz de cabeza, de redonda emisión. Aylin Pérez, en Leïla, es una soprano ligera con facilidad para el agudo, aunque la coloratura solo entró en calor después del cierre del acto primero. Perfecta entrega de su aria, “Comme autrefois”, coronada por un inextinguible agudo en pianissimo. Hay cierta tendencia al efectismo, más notoria en su dúo con Zurga, pero el rol se ajusta bien a su voz. El ucraniano Vitaliy Bilyy (Onegin de hace tres años) es un Zurga un tanto frío; la voz es metálica, y ello le ayuda a recrear el sentimiento de traición tan requerido a contar del acto segundo. Su aria fue cantada con corrección, aunque un poco más de pasión reflejaría mejor las tribulaciones del personaje. Un desperdicio Homero Pérez-Miranda en el insignificante rol de Nourabad, que cantó con su acostumbrado profesionalismo.

El segundo elenco estuvo a la altura del primero. El catalán Roger Padullés posee un instrumento de hermoso timbre, que se adecua con comodidad al repertorio francés. La voz recuerda a Ian Bostridge, aunque un poco más oscura, y es un vehículo ideal para dar vida a Nadir, el cazador en medio de los pescadores, es decir un extranjero. Padullés trabajó con cuidado su entrega del aria, donde el uso de la voz mixta y de cabeza fue estilísticamente adecuado y dramáticamente idóneo para mostrar el carácter del personaje. Patricia Cifuentes tiene una voz delicada que tiende a perder color y cuerpo cuando se mueve al extremo agudo. Ello fue notorio en el cierre de su acto primero, donde el sobreagudo de su plegaria fue un tanto innecesario, aunque la coloratura funcionó redonda. Mayor partido le sacó al aria, donde su hermosa voz contrastaba con el tono nocturno de la orquesta, aunque todavía podría pulir un poco más el control del fiato. El brasileño Leonardo Neiva fue toda una revelación como Zurga. Neiva tiene una voz colorida a la que uno está tentado de clasificar como de bajo-barítono. No hay, sin embargo, dos voces, pues el grave y el agudo han sido integrados con inteligencia, y de hecho los luce abundantemente en su aria, que concluyó con un toque de dramatismo un tanto excesivo (aunque ciertamente el público respondió a ello). La voz es individual, y daría gusto oírlo en algún rol de barítono donizettiano o verdiano. Correcto el Nourabad de Ricardo Seguel.

La puesta de Jean-Louis Pichon es ancien régime para los estándares más modernistas. Es, eso sí, ancien régime estilizado. Pichon optó por minimizar el exotismo, ofreciendo un par de rampas curvas con perfiles dorados que formaban figuras parecidas al coral o a un mapa. Sobre ellas se movían los personajes, todos vestidos de riguroso blanco, matizado un par de veces por la túnica bermellón de Zurga o el vestido esmeralda de Leïla; el primero provocaba un efecto de grandeza y autoridad, mientras que el segundo hacía lucir a la soprano como sacada a empujones de un recital. Extraño el vestuario de Nourabad, al estilo brahmin, pero estéticamente embarazoso. Cuidadísima la iluminación de Michel Theuil sobre un telón trasero que hacía flotar al escenario en un mar de colores. La coreografía de Edymar Acevedo utilizó para las danzas del acto tercero cuatro bailarines, lo que resultó adecuado para el escaso espacio, con un Nadir inexplicablemente al centro de todo. La pantomina que siguió al aria del tenor pareció, sin embargo, superflua.

Roger Padullés (Nadir) y Leonardo Neiva (Zurga) en el primer acto de
Los pescadores de perlas, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2009

Las batutas de Alain Guingal y José Luis Domínguez sacaron un sonido brillante de la orquesta, destacándose en las maderas un sólido corno inglés. Los momentos más pintorescos fueron delineados con plasticidad por Guingal, sacando Domínguez más partido a momentos contemplativos, como el ascenso de Leïla a la roca. Si bien la prensa indicó que se utilizaría la partitura original de Bizet, el dúo del acto primero para el tenor y el barítono fue ofrecido en la versión simétrica, es decir sin su segunda parte marcial. El resultado general de las funciones fue convincente, y se logró transmitir, con medios contenidos, emociones como el amor, el despecho y la venganza, y vínculos como la amistad y el agradecimiento, sin caer en excesos manipulativos.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, septiembre de 2009

Imágenes gentileza Teatro Municipal de Santiago de Chile / Fotografías de Juan Millán T.
Segunda foto: Aylin Pérez (Leïla), Dimitri Korchak (Nadir) y Vitaliy Bilyy (Zurga) en la escena final de Los pescadores de perlas, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2009
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Espacio de Opinión y Debate
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Publicado el 16/09/2009
     
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