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La Orquesta Sinfónica de Chile dirigida por Michal Nesterowicz : Muerte sin transfiguración
Calurosa recepción tuvo la Sinfónica de Chile en el estreno nacional de “Styx”, obra para viola y orquesta del compositor georgiano Giya Kancheli. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

La Orquesta Sinfónica de Chile en el Teatro Universidad de Chile

ORQUESTA SINFÓNICA DE CHILE. Concierto realizado el viernes 28 de agosto de 2009 en el Teatro Universidad de Chile, Santiago de Chile. Dirección: Michal Nesterowicz. Solistas: Avri Levitan, viola; Adam Skrzypek, bajo eléctrico. Camerata Vocal, director: Juan Pablo Villarroel (director). Programa: Sergei Rachmaninov, La isla de la muerte / Samuel Barber, Adagio para cuerdas / Giya Kancheli, Styx (estreno en Chile).

¿Qué razones tenemos para ir a un concierto? Esta es una pregunta que el melómano individualista suele hacerse. Cuando toda la música puede comprimirse y transportarse, de forma que podemos ver al mundo moverse como un video clip, pagar por sentarse en un lugar regularmente incómodo parece una mala estrategia. Uno puede adoptar frente a esto la postura reaccionaria del que asegura que el gramófono destruyó para siempre la experiencia musical genuina. Esa posición, la de “la reproducción tecnológica de la obra de arte”, no es demasiado convincente; no porque carezca de buenos argumentos, sino porque quizá tiene demasiados. La experiencia individual de la música posibilitada por el disco reproducido en privado es solo una de las formas en que tomamos contacto con ella, y no tiene por qué significar un atrofiamiento de nuestras capacidades estéticas, mucho menos morales. Hay que reconocerlo: una de las principales falencias de la audición hecha en privado es la separación de las condiciones de producción y de la música misma. Aunque parezca obvio, oímos sin ver. Pero esto, justamente, es un incentivo para ir a un concierto.

El décimo noveno programa de la Orquesta Sinfónica de Chile intentó algo ambicioso: construir una trayectoria musical a partir de una idea. La muerte ha sido material para abundantes compositores, por lo que constituye una elección más bien obvia. No lo fueron, en cambio, las obras. La isla de la muerte de Rachmaninov es un poema sinfónico inspirado en un conjunto de cuadros de Arnold Böcklin, donde puede verse una barca arribando a una isla. La imagen suele identificarse con Caronte transportando a los muertos a su nuevo hábitat, la isla (de la muerte o de los muertos). Rachmaninov presenta desde el comienzo una figura oscilante que transmite el vaivén de una barca moviéndose suavemente por el agua. Se trata en general de una obra oscura, aunque en modo alguno pesimista. La Sinfónica fue dúctil bajo la batuta de su titular, el imponente Michal Nesterowicz, quien inició el Adagio de Barber sin mediar aplauso previo. La obra de Barber es un contraste efectivo al subterráneo mundo de Rachmaninov. Precisos en el clímax estuvieron los violines atacando las notas agudas con un vibrato marcado (aunque la acústica del Teatro es siempre engañosa). El resultado general del experimento en general gustó, aunque está en el límite de lo afectado y manipulativo.

Giya Kancheli (Tbilisi, Georgia, 1935) es un compositor desconocido para el grueso del público. El Styx —Estigia en griego— es el río que separa al mundo de los vivos del de los muertos. Kancheli colocó ese nombre a una obra de media hora para viola, coro mixto y orquesta, y la dedicó en 1999 al gran virtuoso ruso Yuri Bashmet. Dos años después sería grabada por la Deutsche Grammophon para su serie 20/21. Honestamente, mi primera audición de ese disco fue plana. Styx presenta al auditor con un material sonoro muy variado, alternando estallidos orquestales con momentos de recogimiento. Oímos un coro que va desarmando palabras en georgiano e inglés (lo sé porque religiosamente fui siguiendo, como podía, el texto que el folletín del disco traía), incluido el nombre de Alfred Schnittke, fallecido en 1998 y amigo de Kancheli. Los cambios en la dinámica me obligaban a ejecutar acrobacias en el control remoto con el pulgar, para no terminar sordo ni perderme los momentos casi inaudibles. Era como en las últimas grabaciones de Karajan, donde es imposible ser fiel a un solo número en el volumen del equipo. Todo esto, en una obra desconocida, y que nunca volví a oír, me hicieron olvidarme de ella.

Michal Nesterowicz

Ver la ejecución de Styx, y oírla nuevamente, me hizo cambiar de opinión. No solo porque la experiencia sonora fue mucho más rica, sino porque la obra misma es recompesante. Lo comprobé al llegar a casa, y lanzarme de cabeza al disco dirigido por Valery Gergiev, para solo confirmar, treinta y cuatro minutos más tarde, que la obra vale realmente la pena. Que no se me malentienda: Gergiev y Bashmet hacen un buen trabajo, pero es irremplazable la experiencia de estar sentado, incómodamente, viendo cómo los contrabajos frotan sus arcos contra los puentes. O cómo Avri Levitan sacaba de su viola un sonido acaramelado que parecía guiar al resto de la numerosa orquesta, no con la fluidez de un río, sino con algo más cercano al goteo ininterrumpido de una llave. Styx posee un carácter no lineal, sino más bien episódico, alternando momentos de oscuridad tétrica, muy punzantes gracias al bajo eléctrico, con melodías de ascendiente popular, llegando a veces a un sabor barroco, lo que está más que sugerido por la dosificada presencia de un clavecín. Hasta irónico resultó el “Schnittke. Alfred Schnittke” conjurado por el coro como puro sonido. Levitan se despidió con dos bises: un arreglo para violas de un fragmento de Coppélia de Delibes, y la repetición del final de Styx, escasos segundos en los que Levitan frotaba sordamente su instrumento, mientras el Coro (¿o quizá era el resto de la orquesta? Nunca lo sabré) siseaba en un crescendo que remata con un tutti orquestal. Nesterowicz se dio hasta el tiempo de bromear, invitando al público a seguir el murmullo. Es una vieja idea: la muerte a veces hay que celebrarla. Y qué mejor que con un aplauso para un experiencia musical irremplazable.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, agosto de 2009
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Espacio de Opinión y Debate
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Publicado originalmente el 02/09/2009

 
Publicado el 04/09/2009
     
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