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“Lucia di Lammermoor” en el Teatro Argentino de La Plata : Canto de amor, de locura y de muerte
La soprano Paula Almerares demostró una vez más ser una artista completa, ofreciendo un desempeño vocal y actoral irreprochable. Por Ernesto Castagnino
 

El sexteto del segundo acto de Lucia di Lammermoor,
Teatro Argentino, La Plata, 2009

LUCIA DI LAMMERMOOR, ópera en tres actos de Gaetano Donizetti. Función del domingo 16 de agosto de 2009 en el Teatro Argentino de La Plata. Dirección musical: Carlos Vieu. Dirección de escena: Claudia Billourou. Escenografía e iluminación: Juan Carlos Greco. Vestuario: Nidia Ponce. Elenco: Paula Almerares (Lucia), Fabián Veloz (Lord Enrico Ashton), Juan Carlos Valls (Sir Edgardo de Ravenswood), Leonardo Pastore (Lord Arturo Bucklaw), Christian Peregrino (Raimondo Bidebent), Vanesa Mautner (Alisa). Sergio Spina (Normanno). Orquesta Estable del Teatro Argentino. Coro Estable del Teatro Argentino, director: Miguel Fabián Martínez.

Con el estreno de Lucia di Lammermoor en 1835, Gaetano Donizetti logra afirmarse como un rival a tener en cuenta por sus contemporáneos Gioacchino Rossini y Vincenzo Bellini. En esta ópera Donizetti conjuga los ideales del primer romanticismo de una forma ejemplar, a partir de una novela de Walter Scott: The Bride of Lammermoor. Donizetti y su libretista, Salvatore Cammarano, encuentran allí los temas románticos que conforman este melodrama: la exploración del alma femenina, la crueldad de los intereses económicos y políticos, la correspondencia del amor con la locura, la ambientación en oscuros castillos medievales, etc. Desde el aspecto musical el compositor desarrolla magistralmente aquí su proverbial talento para el juego cromático, adecuando la línea melódica a la expresión de sentimientos opuestos o contrastantes —por ejemplo, en el dúo entre Lucia y su hermano Enrico, en el que la crueldad de Enrico y el amor de Lucia se resuelven en forma magnífica con dos o tres notas intercaladas a la melodía.

En esta oportunidad, la régisseuse Claudia Billourou concibió el drama de Lucia y Edgardo en época contemporánea, tomando como eje central, en sus palabras, “la falta de amor, la intolerancia y la indiferencia frente al dolor del prójimo”. En un intento de fundamentar su trabajo, Billourou escribió para el programa de mano una suerte de manifiesto estético en el que alza su voz contra —supuestos— futuros opositores, es decir los defensores de las puestas historicistas: “¿Por qué entonces insistimos todavía hoy en darles —a las óperas de Gluck y Handel— la misma imagen con la que en su momento las llevaron a un escenario?”, les pregunta anticipándose a las críticas. El escrito de Billourou desconcierta como lo haría un artista plástico que al lado de su cuadro pegara un escrito explicando su obra y discutiendo con los posibles detractores.

Paula Almerares (Lucia) en la escena de la locura del tercer acto
de Lucia di Lammermoor, Teatro Argentino, La Plata, 2009

El problema no es la traslación de épocas sino que la interpretación desde ese otro momento histórico —la actualidad— sea coherente. La concepción de la directora platense naufragó en un esfuerzo inútil por subrayar la universalidad del drama, forzando simbolismos y desconociendo que esa universalidad no se hace más patente por el sólo hecho de trasladar la obra a la época contemporánea. El resultado fue francamente superficial: dejando de lado que en el libreto hay concretas referencias témporo-espaciales —“dirígete a la ciudad real de Escocia”, “Guillermo ha muerto, pronto veremos subir a María al trono”, se escucha en distintos momentos—, las marcaciones en la escena de la locura bordearon el ridículo. ¿Cómo reaccionarían los invitados de una fiesta de casamiento si aparece de pronto la novia manchada en sangre y alucinando? ¿Ponerse a bailar el tango? ¿Seguir comiendo como si nada pasara? ¿Permanecer desplomados en un sillón? En el mundo de Billourou todo esto parece posible, desafiando las leyes más básicas del sentido común. En una escena en la que el público está indudablemente concentrado en la soprano y sobre ella recae el peso de llevarla adelante actoral y vocalmente, todos estos elementos sumados a la fantasmagórica presencia de una reconocida militante de los derechos humanos persiguiendo a Lucia por el escenario distraían la atención y conformaban un conjunto por momentos grotesco.

La escenografía e iluminación de Juan Carlos Greco consistía en una caja negra revestida de una estructura de caños con una puerta en el fondo a través de la cual se veía el cielo. El efecto del contraste de las siluetas a contraluz cuando se paraban en la puerta fue lo más interesante en el aspecto visual. El vestuario de Nidia Ponce pasó en el mejor de los casos inadvertido y en general daba la sensación de estar presenciando un ensayo.

Paula Almerares (Lucia) y Fabián Veloz (Enrico) en una escena del segundo
acto de Lucia di Lammermoor, Teatro Argentino, La Plata, 2009

El debut de la soprano Paula Almerares en este rol generó gran expectativa y los resultados fueron inmejorables. La soprano platense demostró una vez más su gran musicalidad, su entrega y su calidad técnica. Conocedora del estilo belcantista, Almerares encontró los colores vocales que hicieron de esta Lucia otro triunfo en su carrera. Sonidos etéreos y plenilunares, perfectas coloraturas, acentos dramáticos acertados y nunca exagerados, refinado fraseo son algunas de las virtudes que el público reconoció en una larga y merecida ovación. En la escena de la locura —verdadero tour de force para la soprano lírica de coloratura— en la cual Donizetti dispara con toda la artillería de trinos, escalas y adornos vocales, Almerares supo poner al servicio del drama emocional del personaje el virtuosismo vocal logrando que no fuera un mero artificio de lucimiento personal.

A su lado, el tenor Juan Carlos Valls fue de menor a mayor, alcanzando en su aria “Tombe degli avi miei” un buen nivel vocal. Algunos problemas de emisión lo acompañaron en el primer acto en la que la colocación de su voz parecía algo entubada, aunque felizmente pudo superar esta dificultad y mostrar una voz de tenor lírico con fácil ascenso al agudo. Fabián Veloz tuvo a su cargo el rol de Enrico, el cruel hermano de Lucia. Veloz posee una voz de barítono lírico flexible, bien timbrada y de notable cualidad en la zona aguda. El bajo Christian Peregrino interpretó con buenos medios vocales al sacerdote Raimondo, aunque actoralmente resultó un rol desdibujado debido a los caprichosos forzamientos de la dirección escénica.

Christian Peregrino (Raimondo) y Paula Almerares (Lucia) en la escena de la
locura del tercer acto de Lucia di Lammermoor, Teatro Argentino, La Plata, 2009

La dirección orquestal de Carlos Vieu fue incisiva y para nada complaciente: un tempo, por lo general acelerado, puso por momentos a los cantantes contra las cuerdas. Con la implacable batuta de Vieu pudieron apreciarse con nueva luz los frecuentes cambios de tonalidad que realiza Donizetti para dibujar los diferentes y a veces contradictorios estados de ánimo de los personajes en una misma escena. La Orquesta Estable estuvo en el nivel acostumbrado, destacándose el solo de flauta que acompaña la escena de la locura a cargo de Hugo Regis. El Coro Estable, dirigido por Miguel Martínez, tuvo una actuación excelente, sobre todo en “Oh! qual funesto avvenimento!”, en mi opinión una de las mejores piezas corales escritas para la ópera.

Como síntesis, podemos decir que se trató de una velada de altísima calidad musical, sólo empañada por una dirección escénica más preocupada por poner en práctica sus principios estéticos que por comprender las posibilidades y límites que tiene esta obra en particular. Con una magnética presencia escénica Paula Almerares logró transmitir la universalidad de este melodrama del siglo XIX.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Agosto 2009

Fotografías gentileza Teatro Argentino
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Espacio de Opinión y Debate
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Publicado el 24/08/2009
     
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