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“Lady Macbeth de Mtsensk” en Santiago de Chile : Carne trémula
Con un caluroso aplauso debutó en Chile la segunda ópera de Shostakovich. Bajo la batuta de Dimitri Jurowski y la régie de Marcelo Lombardero, la obra fue incorporada con éxito al repertorio del Teatro Municipal. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

Gleb Nikolski (Boris), en el centro del Coro del Teatro Municipal, primer cuadro
del acto primero de Lady Macbeth de Mtsensk, Santiago de Chile, 2009

LADY MACBETH DE MTSENSK, ópera en cuatro actos de Dmitri Shostakovich. Estreno en Chile. Funciones del lunes 20, martes 21* y lunes 27 de julio de 2009 en el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Dirección musical: Dimitri Jurowski / José Luis Domínguez*. Dirección de escena: Marcelo Lombardero. Escenografía y diseño de arte digital: Diego Siliano. Vestuario: Luciana Gutman. Iluminación: José Luis Fiorruccio. Intérpretes principales: Jeanne-Michèle Charbonnet / Natalia Kreslina* (Katerina), Gleb Nikolski / Hernán Iturralde* (Boris), Valeriy Serkin / Pedro Espinoza* (Zinovi), Richard Cox / Enrique Folger* (Sergei), Daniela Ezquerra (Aksinya), Victor Sawaley (un trabajador harapiento), Maxim Mikhailov (el pope), Marek Kalbus (el jefe de la policía), Alexander Teliga (un viejo convicto), Katherine Rohrer (Sonyetka). Orquesta Filarmónica de Santiago. Coro del Teatro Municipal, director: Jorge Klastornick.

Un estreno es siempre causa de regocijo. Presentar una obra al público por primera vez conlleva no sólo un enorme esfuerzo técnico, sino también una gran carga emotiva. La presión de “hacer las cosas bien” es probablemente más intensa que en otras ocasiones y los estándares para juzgar la corrección suelen ser menos precisos. Lady Macbeth de Mtsensk era para Chile un estreno dilatado desde 2006. Y la espera valió la pena.

La ópera de Shostakovich tuvo un gran éxito en su estreno en 1934. Al poco tiempo, sin embargo, fue objeto de censura por parte del régimen soviético de Stalin. En parte, como suele ocurrir, ese rechazo es causa de su éxito posterior. ¿Cómo resistirse a mostrar al mundo, una vez más, cuán equivocado estaba Stalin? Cuando Pravda, el medio de comunicación oficial del Partido Comunista ruso cuyo nombre significa “verdad”, condenó la obra en un editorial titulado “Caos en la música”, aludió a varios conceptos con pretensión estética: disonancia deliberada, afán pequeñoburgués por “lo novedoso”, y naturalismo burdo fueron algunos de los convocados. Es siempre un riesgo descartar esa crítica aludiendo únicamente a su origen, y hubiese sido instructivo contar en el programa de mano con alguna reflexión sobre este tan famoso episodio, o sobre el tipo de ópera que Lady Macbeth es. Después de todo, las reflexiones más profundas que obtenemos de los protagonistas se relacionan con el aburrimiento y el insomnio. Esta fenomenología de la vida cotidiana es un material poco común para una ópera, y es algo que valdría la pena explorar, en vez de reproducir la usual biografía enciclopédica.

La dirección escénica de Marcelo Lombardero confirma lo que ha venido siendo la regla en sus puestas: que se toma en serio lo que hace. Lombardero y su equipo modernizaron el tiempo de la obra, involucrando elementos industriales, como una enorme turbina vertical reminiscente de la Tosca de Lehnhoff, y un teléfono que nadie contesta (que provocó más de un malentendido entre el público). La época, con todo, permaneció imprecisa, dando cuenta de lo universal y atemporal de los temas tratados en la ópera. La violencia contra la mujer fue el aspecto más resaltado en la puesta, y su manejo fue en todo sentido moderado. Esto puede confundir, pues en un intento por evitar la provocación se pudiera entender que ese maltrato no merece nuestra atención, lo que ciertamente no se sigue de la propuesta. La violación de Aksinya en el acto primero resultó un poco monótona en las primeras funciones, y la referencia a Carne, una película clase B argentina donde la protagonista es violada reiteradamente en un frigorífico, pasó desapercibida para el público, que se preguntaba más bien por qué las reses colgando no eran vueltas a utilizar en los otros actos. Las escenas íntimas entre Katerina y Sergei fluyeron más de acuerdo a la iniciativa de los cantantes, y el mecanismo de la luz oscilante para el tercer cuadro no funcionó demasiado bien.

Jeanne-Michèle Charbonnet (Katerina) y Richard Cox (Sergei) en el cuadro
segundo del primer acto de Lady Macbeth de Mstensk, Teatro Municipal,
Santiago de Chile, 2009 

Lombardero orquesta con pericia las escenas con coro, algo novedoso pues sus anteriores trabajos fueron en óperas con nula participación coral. Así, su cuarto acto fue de gran impacto, en especial por las proyecciones del desierto de Atacama, desolador y yermo. Efectivo el tratamiento de la “banda sobre el escenario” para el primer interludio del tercer acto, que se ofreció junto con la proyección de un “video casero” de la boda de Katerina y Sergei. El uso de videos en la ópera es siempre arriesgado, incluso cuando la ópera misma lo exige (como Lulu); aquí no hubo damnificados, aunque la sensación que pasaban demasiadas cosas en escena puede hacer colapsar al espectador desprevenido. Para el resto, sencillamente abre el apetito. El uso multimedial pareció menos evidente esta vez, al fusionarse amistosamente con la escenografía, la que se mostró funcional, lo mismo que el vestuario. Cuidada la iluminación de José Luis Fiorruccio para el acto final, logrando un atardecer de impecable factura.

El primer elenco estuvo encabezado por Jeanne-Michèle Charbonnet, conocida en Chile por sus roles wagnerianos. Charbonnet tiene aplomo y fuerza, y lo canaliza en una interpretación sólida. Sus medios vocales se ven un poco al límite de lo que son capaces, lo que es notorio en la zona más aguda, donde ha ido perdiendo firmeza, acusando un molesto trémolo. La zona media y los graves se lucen bastante, aunque las oportunidades sean menos que para el agudo. Richard Cox, como Sergei, tiene una bella voz de tenor. Posee un timbre algo metálico no demasiado individual (semeja a muchos tenores estadounidenses). En escena, el resultado se ve empañado por lo que en el mejor de los casos podríamos llamar timidez. Quizá luciría más en otro repertorio. Gleb Nikolski, que hizo un muy buen Gremin hace tres años, es vocalmente satisfactorio como el libidinoso Boris. No hay, sin embargo, demasiado interés en sutilezas, al punto que para tomar vodka ni siquiera se da el tiempo de destapar la botella. El tenor Valeriy Serkin como Zinovi, el engañado marido de Katerina, partió un poco frío la primera función, alcanzando un buen desempeño en su muerte en la última. La voz es pequeña y el resultado en general es discreto.

Natalia Kreslina (Katerina) en el segundo cuadro del primer acto de
Lady Macbeth de Mstensk, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2009 

El segundo elenco obtuvo un resultado muy superior. Natalia Kreslina en el titular es todo un descubrimiento. Tiene una voz acerada que le ayuda a blindar con hermetismo la personalidad de Katerina, al punto de parecer extrañamente mecanizada en ciertos pasajes (lo que, considero, se aviene bien con esta ópera). El desempeño escénico es ejemplar, en particular por su histrionismo en el acto segundo, y sería un verdadero placer volver a verla en el repertorio ruso, al que su voz se acomoda perfecto. Enrique Folger hizo buena pareja con Kreslina, en particular en el cierre del primer acto, en el que optaron por una posición sexual muy similar a la empleada por Richard Jones en su producción londinense: no los vemos a ellos, pero sí al armario (acá, la cama) moviéndose rítmicamente. La voz es cálida, luminosa y amorosa; y a pesar que a veces tiene una emisión un tanto irregular, se trata de un excelente cantante. Hernán Iturralde descendió a los abismos de su registro como Boris y el resultado fue más que correcto. No solo caracterizó muy bien al lúbrico personaje, manipulando sus genitales con descaro, sino que oscureció su muy hermosa voz para satisfacer mejor la expectativa un tanto estereotipada del “bajo ruso”. No duda en incorporar sonidos que podrían ser calificados de groseros, pero que se avienen con el carácter del personaje. Perfecto trabajo, en particular en el monólogo nocturno del acto segundo, lleno de lascivia y deseo. Pedro Espinoza dio en el clavo como Zinovi, transmitiendo toda la histeria del personaje con una voz estridente.

Comunes a ambos elencos, Katherine Rohrer fue una Sonyetka de voz menos grave que lo acostumbrado, con un desempeño escénico muy convincente. Daniela Ezquerra fue eficiente en su breve aparición como Aksinya. Los bajos Marek Kalbus, Maxim Mikhailov y Alexander Teliga fueron, en ese orden, de lo meramente correcto a lo extraordinario. La voz de Kalbus es un tanto delgada, y se nota demasiado cuando tiene que proyectarse por sobre el coro y la orquesta. Mikhailov gozó del favor del público gracias al carisma del personaje, el irreligioso pope, y su voz se muestra adecuada para ese tipo de roles, entre bufo y de carácter. El viejo convicto de Teliga es otra cosa: voz grande, de hermosos colores que invitan a una audición detenida en un rol más sustancioso. Victor Sawaley como el trabajador harapiento es eficiente, en particular por su ubicua presencia, aunque el rol da para giros más excéntricos.

Natalia Kreslina (Katerina) y Enrique Folger (Sergei) en el segundo acto
de Lady Macbeth de Mstensk, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2009 

Las batutas de Dimitri Jurowski y José Luis Domínguez fueron bastante similares, destacándose su precisión en los pasajes más complejos de la partitura. Hay un poco más de incisión en Jurowski, en especial en el segundo intermedio del tercer acto, en donde el ritmo pareció más preciso que el de su colega. Ambos dominan con enorme disciplina a una orquesta gigante, destacándose el férreo control ejercido en el intermedio del acto segundo, la dificultosa y agobiante passacaglia. La Filarmónica de Santiago lució una madera muy segura, lo que constituye un progreso en una zona donde la Sinfónica ha sido siempre su rival. El metal fue algo irregular a lo largo de las funciones, en particular en el intermedio que conduce al cuartel de policía, que sacó aplauso solo en la última función aquí comentada. La respuesta del público al final, eso sí, fue clara: hay público, la ópera gustó, queremos más.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, agosto de 2009

Imágenes gentileza Teatro Municipal de Santiago de Chile / Fotos de Juan Millán T.

N. del E. Este artículo fue publicado el 18 de agosto de 2009 y debió publicarse nuevamente, ya que el 19 de agosto de 2009 fue hackeado.
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Espacio de Opinión y Debate
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Publicado el 20/08/2009
     
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