Martes 22 de Septiembre de 2020
Una agenda
con toda la música






Conferencias, cursos,
seminarios y talleres

Convocatorias y concursos
para hacer música

Buscador


FacebookTwitterBlogspot
 

“La traviata” en Santiago de Chile : Violeta en el jardín de las delicias mundanas
La temporada 2009 del Teatro Municipal se inició con una polémica puesta en escena de la ópera de Giuseppe Verdi, en la cual la soprano francesa Norah Amsellem cautivó al público. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

Francesco Demuro (Alfredo) y Norah Amsellen (Violetta) en el brindis
del primer acto de La traviata, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2009

LA TRAVIATA, ópera en tres actos de Giuseppe Verdi. Funciones del sábado 23 y lunes 25* de mayo de 2009 en el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Dirección musical: Jan Latham-Koenig / José Luis Domínguez*. Dirección de escena: Jean-Louis Grinda. Escenografía y vestuario: Jorge Jara. Iluminación: Ramón López. Coreografía: Eugenie Andrin. Reparto: Norah Amsellen / Martina Zadro* (Violetta), Francesco Demuro / Andrés Veramendi* (Alfredo), Stefano Antonucci / Omar Carrión* (Giorgio Germont), Claudio Fernández / Gonzalo Araya* (Gastón), Pablo Oyanedel / Carlos Guzmán* (Barón Douphol), Miriam Chaparrota / Carolina Ortiz* (Flora), Pablo Jiménez / Cristián Moya* (Marqués D’Obigny), David Gáez / Sergio Gómez* (Doctor Grenvil), Paulina González / Nancy Gómez* (Annina), José Castro (Giuseppe), Augusto de la Maza (un comisionado), Marcelo San Martín (criado de Flora). Orquesta Filarmónica de Santiago. Coro del Teatro Municipal, director: Jorge Klastornick.

La traviata forma parte de un selecto grupo de óperas que gozan de una popularidad absoluta. Esto, que suele ser mirado con desdén por algunos, no debiera empañar el hecho que se trata de una pieza admirable, en la cual siempre es posible encontrar algo nuevo. Las prácticas escénicas actuales de la ópera han resaltado, a veces con cierta exageración y majadería, aspectos dramáticos no del todo cómodos para el público más tradicional. Una buena parte del canon operístico ha sido presentada de formas excéntricas y, hasta hace décadas, inimaginables, a veces incluso con la pretensión que toda función debiera parecerse al estreno de La consagración de la primavera. Como apertura de temporada, La traviata es siempre una apuesta segura, y si a ello se agrega una ligera polémica, el resultado no puede ser sino el éxito de taquilla.

La nueva producción presentada en el Teatro Municipal recayó en manos de Jean-Louis Grinda, quien trasladó la acción al París de la posguerra en la década de 1940. No es demasiado preciso el corte temporal y mucho menos el espacial, pues el París de Grinda podría ser cualquier otro lugar decadente. Trabajó minuciosamente los actos exteriores, descorchando prometedoramente en la casa de Violetta un ambiente sórdido, pero profundamente humano, destacando la cohabitación de una mujer independiente como Violetta con un mundo en el cual lo femenino es visto como un adorno u objeto. En ese sentido, resulta confuso que se insista en que Violetta sería hoy el equivalente de una prostituta de alto nivel, cuando nada de ello se sigue de esta puesta. Grinda además aprovechó los recursos que las escenas de fiesta le entregaron para jugar con algunas convenciones: el brindis se cantó utilizando las sillas como andamios, los coros de gitanas y toreros fueron ocupados como música de fondo para una coreografía alegórica. Al lado de esto, el material escénico del primer cuadro del acto segundo es pobre, y Grinda no logra sacarle demasiado partido, luciendo todo al final un poco improvisado (en particular las diferentes reacciones que se suscitan en el dúo Violetta-Germont).

La escenografía de Jorge Jara, que también firmó un suntuoso y a ratos encandilante vestuario, luce a la perfección en los dos cuadros de fiesta, se recoge con modestia en el acto final, y destiñe para la casita en las afueras de París, demasiado grande, descampada y aburrida. Como siempre, correcto el trabajo de iluminación de Ramón López, algo tosco en la casa de Flora y abrupto en la escena final.

Norah Amsellen (Violetta) y Stefano Antonucci (Germont) en el primer cuadro
del segundo acto de La traviata, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2009

Norah Amsellem es una cantante entregada que hace justicia a un rol exigente como el de Violetta. Está en pleno dominio del personaje en el acto segundo, donde luce una voz segura, de rico color en el registro medio, y que sabe dosificar para momentos como el “Amami Alfredo!”. Resultó en exceso vigorosa en el acto final, lo que no se vio muy favorecido por una régie que la hacía deambular mucho, pero su lectura de la carta está hecha con el corazón sin caer en lo meloso. No pareció del todo cómoda durante el primer acto, aunque es siempre pulcra y se da el lujo de concluir “Sempre libera” con el mi bemol no escrito. Es, en pocas palabras, una Violetta de gran nivel. El tenor Francesco Demuro reemplazó al originalmente anunciado Dimitri Pittas. Se trata de una voz lírica, algo ligera para el acto segundo y que no luce demasiado en ninguno de los dos dúos. Valdría la pena oírlo en otro repertorio. Stefano Antonucci como Germont padre es efectivo. La voz es la de un barítono agudo, lo que no contribuye demasiado a marcar la distancia generacional con los demás personajes, pero sus méritos vocales son más que suficientes para rendir su aria del acto segundo con un espléndido dominio del fiato que le permite hilvanar líneas completas con un legato impecable.

El segundo elenco estuvo encabezado por la soprano croata Martina Zadro. El timbre metálico y la facilidad para el agudo hacen que lo mejor sea su primer acto, coronado también por una elección aguda en el remate de la cabaletta. Esto, lamentablemente, le juega en contra en el acto final, que luce extrañamente vacío, en particular en una poco idiomática lectura de la carta. Tiene carácter para su enfrentamiento con Germont, e impacta con dotes melodramáticas más bien clásicas al ser humillada por Alfredo. La voz siempre está ahí, con seguridad y aplomo, pero se echa de menos algo más de sutileza. El tenor peruano Andrés Veramendi es una grata sorpresa como Alfredo. La voz es cálida, con buena proyección y fraseo, pero tiende a dejarse llevar por la melodía, sacrificando algunos detalles que matizarían mejor el amor de Alfredo. Es impetuoso y ello puede provocarle malas pasadas, como su entrada a destiempo en el acto final. Se trata de todas formas de una voz que vale la pena seguir oyendo. El barítono argentino Omar Carrión reemplazó al anunciado Károly Szemerédy. Su Germont tiene un bello lustre, en particular en su dúo con Violetta, en el cual se lo nota distante y autoritario. Optó por una entrega más suave en su aria, privilegiando las pausas y una intensidad vocal cercana al pianissimo. Es interesante su enfoque, aunque convierta al aria en un momento excesivamente etéreo.

Francesco Demuro (Alfredo) y Norah Amsellen (Violetta) en la escena final
de La traviata, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2009

Jan-Latham Koenig dirigió con una frialdad y poca energía inusuales en su batuta, en general dada a la velocidad, pero nunca al desgano. La orquesta en muchos pasajes, como el final del primer acto, sonó sencillamente escuálida. José Luis Domínguez, por su parte, empatizó mejor con la pieza y obtuvo un sonido parejo de la orquesta, a la que todavía podría sacársele mejor partido.

El reparto comprimario fue correcto, lo mismo que el Coro, algo desplazado en sus dos intervenciones principales por la coreografía de Eugenie Andrin. En ella figuraba una bailarina vestida de negro que, a medida que progresaba la música, era imitada, molestada y finalmente maltratada por un grupo de hombres. Esa escena, que ocupa los dos coros en la fiesta de Flora, fue abucheada el día del estreno, aunque no en el resto de las funciones. La polémica que surgió se refirió principalmente a la inclusión de hombres travestidos y la vejación de la bailarina. El asombro sobre lo primero resulta por lo menos curioso, ya que la ópera es un arte extravagante donde el travestismo siempre ha campeado (mujeres que cantan roles de hombres, hombres que cantan con voz de mujer). Respecto a lo segundo, será interesante conocer la opinión de esas personas cuando se monte Lady Macbeth del distrito de Mtsensk, ópera en la cual hay amplias escenas sexuales y de vejación femenina. Si el argumento fue que la producción manipuló la obra de Verdi, entonces no debiera haber problema con una producción que sencillamente “reproduzca” la obra de Shostakovich. Si, en cambio, el reproche es que semejantes escenas no deben ser permitidas en ningún nivel, incluso el artístico, entonces quedará claro que el problema ya no es uno de gusto, sino de tolerancia.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, junio de 2009

Imágenes gentileza Teatro Municipal de Santiago de Chile / Fotografías de Juan Millán T.

__________

Espacio de Opinión y Debate... ¡Participá!
¿Estuviste en esta obra y no coincidís? ¿Qué te pareció este comentario? Dejanos tu punto de vista en nuestro blog. Hagamos de
Tiempo de Música un espacio para debatir.

 
Publicado el 08/06/2009
     
WebMind, Soluciones Web Contacto © Copyright 2006/2014 | Todos los derechos reservados