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Adriana Mastrángelo: Una mujer para el teatro cantado
Por Cristóbal Astorga Sepulveda
 

3. El canon operístico: pasado y futuro

Usted ha cantado de Handel a Britten, de Mozart a Weill. ¿Cómo ve el panorama de la ópera moderna y contemporánea? ¿Es un deber del cantante afrontar ese repertorio?
No exactamente. A mí me gusta el repertorio contemporáneo, es mi personalidad. No podría encasillarme en un solo repertorio. Me ha costado definir mi repertorio, y puede que eso sea algo bueno y malo al mismo tiempo. Por ejemplo, adoro la música antigua, adoro Cavalli. Me ayudó mucho para entender y poder interpretar ahora el belcanto, porque creo que éste tiene bastante de la interpretación barroca, de todo lo que no está escrito en la partitura, y uno tiene que saber cómo manejar la energía y los afectos. El siglo XX me parece también interesante, un repertorio adorable del cual he aprendido mucho y cuyas obras disfruto. Barbazul es una de mis favoritas, Wozzeck y Diálogos de carmelitas también. Y es que son maravillosas porque hablan de temas que son próximos, que uno puede entender. Es también un lenguaje que me resulta más fácil de acceder, porque es más teatral, está el diálogo siempre presente, y está el tiempo más teatralmente manejado.

En el caso de Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny de Kurt Weill, ¿cómo fue afrontar esa ópera?
Hay que hacer un trabajo personal, muy parecido al que se hace con los recitativos, y encontrar la manera de decir lo que está escrito para que tenga sentido para uno, y que a la vez surja de lo que está escrito. Eso ya está en Berg, el pasar del habla al canto y viceversa. En Kurt Weill es más libre todavía, y hay que encontrar el estado anímico del personaje para transmitirlo. Creo que esa es la dificultad más grande. A mí me gustó mucho encontrarle a Jenny Hill ese lado de bronca (se ríe), de provocadora, pero sin dejar de ser muy femenina y frágil. Las cosas que ella decía me sonaban muy próximas, y además era un momento de crisis en Argentina, en donde todo lo que estabamos hablando en el escenario realmente venía al caso. Incluso hubo una función donde no se pudieron imprimir las entradas, y hubo que dejar entrar a toda la gente a cambio de un alimento no perecible. Esa fue una de las mejores funciones de mi vida.

Adriana Mastrángelo (Jenny), junto a Gustavo López Manzitti (Jim Mahoney)
y Gui Gallardo (narrador), en Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny,
puesta en escena de Jérôme Savary, Teatro Colón, 2002.
Fotografía de Máximo Parpagnoli.

¿Se deja llevar por los personajes?
Sí, totalmente. Por la partitura, escucho mucho, me siento y escucho lo que está entre las notas, lo que está entre las palabras.

¿Tiene alguna esquema con el que afronte los roles? ¿Recurre a los discos?
Siempre hay un momento en el que escucho todas las versiones que puedo. Después, dejo de escucharlas y empiezo a estudiarlo despacito, nota por nota, los intervalos, la fonética de cada idioma. Después lo empiezo a cantar. Siempre tengo algún maestro que me ayuda y que elijo según la obra. Puede que quizá vuelva a escuchar grabaciones. Pero varía.

¿Algún cantante de referencia con el cual se identifique o admire?
Yo me enamoré de Frederica von Stade cuando empecé a estudiar canto. Ella era mi cantante adorada. Y luego en el Colón fui conociendo a algunas grandes cantantes que también me impactaron mucho. Una es Hildegard Behrens. De los hombres adoro a Hernán Iturralde, a Víctor Torres. Me encantan mucho los cantantes argentinos.

Con Iturralde además ha trabajado mucho.
Sí, mucho y nos llevamos muy bien. Es realmente invalorable eso. Porque uno llega al primer ensayo sabiendo que tiene confianza total en el compañero. Él es muy profesional y eso es estimulante.

En un aspecto más personal, ¿cuesta mucho compatibilizar la carrera con otros intereses?
Me recuerda un chiste de Maitena, en el que un periodista le pregunta a una mujer “¿Qué se siente ser una mujer exitosa y madre además?”. Y ella le responde “¡Culpa!” (se ríe). Pero no, la verdad es que para mí no es así. Estoy muchos meses en mi casa y valoro eso. Tengo a mi hija de once años y a mi marido. Es la base desde donde puedo arrancar. No podría quedarme sin esa base. Toda mi carrera de solista la hice con mi hija y siempre me resultó un sano contrapeso el saber que puedo llegar a casa y hay alguien que me quiere, independientemente de si me fue bien o mal, si me contrataron, si me pagan más o menos. Ese contrapeso afectivo es sano, y es bueno para dejarse ir en el escenario. Para saber que no es tanta la presión. Yo trabajo apasionadamente y me gusta estar un mes o dos meses dedicada solamente a trabajar, intensivamente. Creo que encontré en esta profesión una forma de aplicar sanamente el riesgo y la adrenalina (se ríe).

Sobre el Teatro Colón
Adriana Mastrángelo se radicó en 1991 en Buenos Aires y desde entonces está vinculada con el Teatro Colón, estudiando en su Instituto Superior de Arte e ingresando en el Coro Estable. La situación actual por la cual está atravesando ese teatro de ópera argentino, que la tuvo como protagonista de varias óperas, la preocupa: “El Teatro Colón es un edificio maravilloso que corre un riesgo grave, lo mismo los cuerpos estables que están en un proceso de atrofia. Si no se hacen trajes, si no se hacen zapatos, si no se hacen pelucas, si no se actúa, si no se hace ópera, lo que se está arriesgando es demasiado. Es la capacidad misma de hacer ópera en Argentina. Sólo el Colón puede hacer la ópera de esa manera, a ese nivel. Siempre uno extraña esa sala porque completa el sonido. Es una sala que está a favor del cantante y de la orquesta”.

La cantante para Coppola
Hace un año y medio que el cineasta Francis Ford Coppola aterrizó en la Argentina para dirigir y producir su última película, Tetro, protagonizada por Vincent Gallo y que se estrenará en 2009. El creador de El padrino tomó varias audiciones en Buenos Aires, en las cuales eligió a unos cuantos actores locales e incluso a Adriana Mastrángelo. “Es un rol para el que Coppola quería una cantante”, cuenta sobre la experiencia. “La película es una historia familiar, con ciertos aspectos autobiográficos. Mi personaje es la madre del personaje principal, que es una cantante que muere. La escena precisamente es su muerte. Ella sale de un concierto, su hijo va manejando, van hablando, cantando y chocan. Así que es una escena complicadísima técnicamente. Súper chiquita. Fueron sólo dos días de rodaje”.


Entrevista de Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile

Adriana Mastrángelo (Giulietta) en Los cuentos de Hoffmann, puesta en escena de Jérôme Savary, Teatro Colón, 2001. Fotografía de Máximo Parpagnoli.

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Publicado el 03/01/2009
     
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