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“Il barbiere di Siviglia” en Santiago de Chile: Sonrisas naturales
El Teatro Municipal presentó una cuidada puesta en escena de la opera bufa más popular de Rossini, con dos elencos destacados dirigidos en enfoques musicales diferentes a cargo de Roberto Rizzi-Brignoli y Miguel Patrón Marchand. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Santiago de Chile)
 

Sonrisas naturales
Teatro Municipal, Santiago de Chile
Viernes 26* y sábado 27 de septiembre de 2008

Una escena del final del primer acto de Il barbiere di Siviglia, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2008

IL BARBIERE DI SIVIGLIA, ópera en dos actos de Gioacchino Rossini. Dirección musical: Roberto Rizzi-Brignoli/Miguel Patrón Marchand.* Dirección de escena: Favio Sparvoli. Escenografía: Giorgio Ricchelli. Vestuario: Simona Morresi. Iluminación: José Luis Fiorruccio. Reparto: Maité Beaumont/Evelyn Ramírez* (Rosina), Daniela Ezquerra/Carmen Sánchez* (Berta), Kenneth Tarver/Jaime Caicompai* (el Conde de Almaviva), Dalibor Jenis/Marian Pop* (Fígaro), Alessandro Corbelli/Sergio Gallardo* (Bartolo), Giovanni Furlanetto/Homero Pérez-Miranda* (Basilio), Pablo Castillo/Pablo Jiménez* (Fiorello), Carlos Guzmán (un oficial), Juan Carlos Bistotto (Ambrosio). Orquesta Filarmónica de Santiago. Coro del Teatro Municipal, director: Jorge Klastornick.

Desde la recuperación del “resto” de las óperas de Rossini, El barbero de Sevilla ha aprendido a ser generoso a la hora de compartir su lugar en el teatro. Ello ha favorecido enfoques más creativos de la pieza, algo que de todas formas ha padecido casi todo el canon operático. Cuánta rienda suelta se le pueda dar a Barbero es siempre discutible, pero uno esperaría que, tratándose de una comedia, la respuesta fuera “mucha”. Las puestas del Teatro Municipal no se caracterizan precisamente por tomar demasiados riesgos, aunque este ha sido un año particularmente generoso en enfoques más atrevidos, como lo mostraron Lombardero y De Ana en sus respectivos montajes. Decir “atrevidos” puede parecer una exageración, pero lo son si se comparan con los trabajos más clásicos de Benois y Hampe, que comparten temporada con aquellos. El Barbero de Fabio Sparvoli transita entre ambos extremos y lo hace de forma equilibrada.

Sparvoli había montado en 2006 un accidentado Otello verdiano que, por las razones conocidas, no pudo ser apreciado por buena parte del público. Esta vez, en cambio, optó por una escenografía única, la casa de Bartolo diseñada con una minuciosidad exquisita por Giorgio Ricchelli con paredes transparentes. La idea de “la casa de vidrio”, una polémica acción de arte ejecutada en Santiago hace varios años, hacía presagiar algún juego voyerista, o al menos darle acceso al espectador a acción simultánea en las diferentes habitaciones. Lo que ocurrió no fue tan interesante y raras veces se le sacó provecho a un recurso que podría haber contribuido a generar la confusión siempre tan reclamada por Rossini. Hay momentos muy logrados, como la acrobática tormenta del acto segundo y otros que, como el final del primer acto, solo invitan a la sonrisa. Ciertamente hay carcajadas, más derivadas de las dotes histriónicas de ciertos cantantes (Alessandro Corbelli y Marian Pop en particular), pero el espíritu general es más bien el de una sonrisa pacífica.

Nada de esto empaña los múltiples detalles en que abunda la producción: la botica instantánea de Fígaro, la comparsa amenazante para Basilio, la exasperante inutilidad de los criados de Bartolo, en especial el Ambrosio de Juan Carlos Bistotto, fiel a su papel hasta el final. El recurso, que el Municipal explotó hasta el hartazgo hace varios años, de hacer entrar a personajes por la platea, en este caso los soldados del finale primo, no contribuye demasiado al quadro di stupore que Rossini pinta y parece hasta innecesario. Cuidada la iluminación de José Luis Fiorruccio, en particular cuando la fantasía se toma la acción (“La calunnia”, el temporal). El vestuario de Simona Morresi luce especialmente a Rosina y Fígaro, pura alegría y juventud. Su Bartolo pudo haber sido menos convencional, un poco como lo fue Basilio, pero al final de la noche el resultado es siempre satisfactorio.

Maité Beaumont en Rosina es una celebración. Dotada de un timbre cálido y cautivador, ejecuta con inteligencia la exigente coloratura de la lección de canto, pero también brilla con astuta coquetería en “Una voce poco fa”. El feo corte de la stretta de su dúo con Fígaro fue abierto para ella y lució con creces una ornamentación que en ningún momento resulta rebuscada. Kenneth Tarver como Almaviva está en territorio firme. Posee una voz fina y algo reducida, aunque siempre es posible distinguirlo en los conjuntos. La coloratura es generosa y equilibrada, en particular en una hermosísimamente ejecutada “Se il mio nome”, la serenata que con acompañamiento de guitarra dirige a Rosina. Todo esto no hace sino resentir el hecho que el aria final, “Cessa di più resistire”, haya sido omitida, en particular cuando es evidente que está al alcance de los medios del cantante.

Fígaro es siempre el alma de la fiesta y Dalibor Jenis, con una interpretación pareja, fue ovacionado por el público. No hay nada demasiado extraordinario en un timbre a ratos nasal y una actuación excesivamente repetitiva. Resulta un tanto sorprendente que, a pesar de poseer medios vocales más que satisfactorios, los utilice con cierta mezquindad, en particular en cuestiones de ornamentación que, cuando ocurren, prueban que de hecho posee una agilidad fuera de duda. Giovanni Furlanetto es un Basilio histriónico. La voz se halla un tanto adelgazada, pero la caracterización del rol es sencillamente magistral, con una disposición perversa a la conspiración. Alessandro Corbelli en Bartolo es una lección interpretativa. Domina cada palabra y cada gesto con una naturalidad asombrosa. Quizá ha perdido algo de velocidad en su aria, ese trabalenguas que es “A un dottor della mia sorte”, pero sigue siendo una delicia en un rol usualmente vertido con excesiva ridiculez.

El segundo elenco estuvo encabezado por el deslumbrante Fígaro de Marian Pop. El barítono rumano había estado en Chile en 1999 para Marcello en La bohème y después de casi diez años se muestra en plena posesión de sus medios. La voz está madura y puede lidiar con los más que enredosos pasajes de Rossini. Pero lo que destaca a su Fígaro es un despliegue escénico que deja con la boca abierta. Si bien las comparaciones son odiosas, la cantidad de diferencias con su colega del primer elenco es abismante: desde la misma entrada, en la que Pop parece impulsado por una catapulta a través del biombo de papel que rompe, a las incontables situaciones que desarrolla junto a la comparsa, su Fígaro es todo acción y vitalidad. Evelyn Ramírez ofrece una Rosina de primer nivel. Los graves se lucen con cierta agresividad, pero ello contribuye a delinear el carácter de su papel. Hay momentos en que la disciplina pareciera huir un poco, en particular en la escena de la lección, donde el agudo se vuelve algo impertinente, pero su interpretación está siempre en un nivel muy alto.

Otra escena del final del primer acto de Il barbiere di Siviglia,
Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2008

Jaime Caicompai está algo superado por el rol. La voz es pequeña y quebradiza, y se diluye en el más mínimo de los crescendi orquestales, lo cual es particularmente molesto en su dúo con Fígaro. Homero Pérez-Miranda es un Basilio de enorme autoridad, lo cual no le impide sutilezas estilísticas en su “La calunnia”, coloreada con melismas en la repetición y que termina resultando escalofriante en su cinismo. Sergio Gallardo está fuera de repertorio en un rol buffo. Al igual que sus intervenciones en Bohème, su Bartolo es rutinario y cargoso. No hay demasiada sutileza en las frases y el aria resulta monótona. Correctísimas las Bertas de Daniela Ezquerra y Carmen Sánchez.

Roberto Rizzi-Brignoli dirige con soltura una partitura siempre recompensante. Hay efectos muy bien lucidos, como la cuerda baja en el temporal o los cambios de dinámica en el finale primo. Miguel Patrón Marchand optó por una dirección cuya respiración era más pausada. Esto sonó atractivo al comienzo de la obertura, pero a la larga terminó volviéndose algo tedioso, en particular por disolver los contrastes entre los tiempos al interior de los números. Así, en el dúo de Almaviva con Fígaro, los diferentes momentos de la planificación se vuelven casi indistinguibles, en particular la stretta “Numero quindici”. La Filarmónica de Santiago respondió con solvencia a los dos enfoques y el Coro, en su breve intervención, estuvo como siempre correcto.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, octubre de 2008

Imágenes gentileza Teatro Municipal de Santiago de Chile / Fotografías de Juan Millán T.

Foto del centro: Maité Beaumont (Rosina), Kenneth Tarver (el Conde de Almaviva), Alessandro Corbelli (Bartolo) y Dalibor Jenis (Fígaro) en el cuadro primero del primer acto de Il barbiere di Siviglia, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2008

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Publicado el 07/11/2008
     
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