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“Castor et Pollux” en el Museo de Arte Decorativo: Refinamiento, equilibrio y sobriedad
La Compañía de las Luces, con certera dirección de Marcelo Birman, ofreció en versión de concierto una equilibrada realización de esta joya del barroco francés. Por Ernesto Castagnino
 

Refinamiento equilibrio y sobriedad
Museo Nacional de Arte Decorativo
Sábado 11 de octubre de 2008, 20.00

Una escena de Castor et Pollux con el Coro y Orquesta de la Compañía de las Luces, Museo Nacional de Arte Decorativo, 2008

CASTOR ET POLLUX, tragédie-lyrique de Jean-Philippe Rameau. Versión 1754. Coro y Orquesta de la Compañía de las Luces. Dirección musical: Marcelo Birman. Puesta en espacio: Ezequiel Barreras. Iluminación: Alejandro Le Roux. Elenco: Ana Moraitis (Telaire), Marisú Pavón (Phoebe/Suivante d’Hébé), Pablo Pollitzer (Castor), Sergio Carlevaris (Pollux), Carlos Ullán (Mercure/Athléte), Clodomiro Forn y Puig (Jupiter), Damián Ramírez (Grand Prête), Luciana Milione (Cléone), Soledad Molina (Une Ombre), Martín Benítez y Juan Feito (Spartiates).

Jean-Philippe Rameau (1683-1764) compuso más de treinta obras escénicas (entre óperas y óperas-ballet) entre las que Castor et Pollux ocupa un lugar destacado con seis grabaciones comerciales, un verdadero record si se considera que las restantes (excepto Hippolyte et Aricie) cuentan -con suerte- con una o dos grabaciones. Este lugar marginal en las discográficas y las programaciones de teatros obedece a la compleja tarea de encontrar cantantes especializados en el repertorio, lo costoso de una producción a gran escala con coro, ballet, gran cantidad de solistas y, finalmente, el escaso interés comercial frente a un público por lo general ávido de arias populares y acrobacias vocales. En este sentido resulta meritorio el esfuerzo de agrupaciones como la Compañía de las Luces en difundir y acercar a un público cada vez más vasto las bellezas de este repertorio.

Rameau, que defendió la causa francesa en la famosa “Querella de los Bufones”, continuó el camino abierto por Jean-Baptiste Lully en la conformación y defensa de un estilo musical propiamente francés. Si bien con relación a su antecesor aumentó la cantidad de músicos en la orquesta, enriqueció la orquestación y flexibilizó las formas, Rameau continuó sosteniendo la supremacía del texto y la importancia de su comprensión. No encontramos las características arias da capo ni las ornamentaciones típicamente italianas; en su lugar el arioso (1) consigue hacer inteligible al texto al mismo tiempo que permite una gran expresividad y riqueza melódica. La intercalación en la trama de pequeños ballets alegóricos es otro de los signos distintivos del espíritu francés cimentado por Lully y Rameau.

La tragédie-lyrique Castor et Pollux, estrenada en 1737 en la Ópera de Paris y luego repuesta en una nueva versión en 1754 (2), narra el mito de los Dióscuros, los gemelos Cástor y Pólux, hijos de Leda y Zeus convertido en cisne. La acción comienza con la compleja trama amorosa en la que Telaira es pretendida por ambos hermanos pero también por Linceo. La celosa Febe, enamorada de Cástor, ayuda a Linceo en su intento por raptar a Telaira pero en la lucha muere Cástor. Telaira pide a Pólux que interceda ante Zeus para devolver la vida a su hermano y éste emprende el camino por los infiernos en busca del espíritu de Cástor. En los Campos Elíseos Pólux informa a su hermano que viene a ocupar su lugar pero éste se niega pidiendo sólo un día de vida para volver a ver a Telaira. El quinto acto narra el reencuentro de los enamorados, el apogeo de la lealtad fraternal y la piedad de Zeus que, conmovido por la escena, decide otorgar también a Cástor la inmortalidad.

La interpretación ofrecida de esta tragédie-lyrique en su versión de 1754 por la Compañía de las Luces, agrupación especializada en música barroca que nació en 1999, fue de todo punto de vista notable. Un sólido equipo de instrumentistas, un coro de sonido homogéneo y solistas imbuidos en el estilo lograron revitalizar esta obra casi desconocida para el público porteño (3).

Si bien se trató de una versión de concierto, el responsable de los movimientos escénicos, Exequiel Barreras, realizó un meticuloso trabajo con solistas y coro para aportar dinamismo escénico con desplazamientos y coreografías. El efecto fue interesante aunque por momentos algo recargado. El marco escenográfico que daba el espléndido salón del museo, con sus vitraux y pinturas, resultó inmejorable dando la impresión al espectador de estar en una función de una corte palaciega del siglo XVIII.

Ana Moraitis (Telaire) y Pablo Pollitzer (Castor) en una escena del primer acto de Castor et Pollux, Compañía de las Luces, Museo Nacional de Arte Decorativo, 2008

El tenor Pablo Politzer asumió el rol de Cástor con voz cristalina pero algo carente de cuerpo. Impecable el Pólux de Sergio Carlevaris, quien infundió a su personaje el vigor y lirismo necesarios mostrando, además, una voz baritonal de técnica segura. La soprano Ana Moraitis abordó con buen desempeño vocal y actoral el papel de Telaira aunque su vibrato no resultó del todo adecuado al estilo. Una mención especial merece Marisú Pavón, soprano dotada de una voz de sedoso timbre lírico y buen manejo de los matices. Su interpretación de la despechada Febe fue el punto más alto de la velada por adecuación al estilo y expresiva vocalidad.

Pavón, junto a Carlevaris, el tenor Carlos Ullán y el coro alcanzaron un clímax dramático y musical de bella intensidad en el trío “Rentrez, rentrez dans l’esclavage!” (“¡Retomad, retomad vuestras cadenas!”) cuando Febe, Mercurio y Pólux unen sus fuerzas para vencer a los demonios del infierno. Ullán cumplió con discreción en los roles de Mercurio y el Atleta. Clodomiro Forn y Puig fue un correcto Júpiter y el contratenor Damián Ramírez cantó un Sumo Sacerdote con timbre un tanto andrógino.

Al frente del equipo estuvo el director Marcelo Birman, quien con cuidado en el detalle pero sin descuidar la intensidad dramática, apuntó al centro mismo del estilo de Rameau: un profundo sentido del equilibrio. Afortunadamente dio en el blanco. El Coro y la Orquesta de la Compañía de las Luces realizaron una destacada labor en un estilo que conocen en profundidad, dándole a la bella música de Rameau un aliento de vitalidad y elegancia.

En síntesis, asistimos a una muy buena versión de una ópera poco conocida en nuestro medio, debido a una comprometida labor de conjunto de solistas, coro y orquesta, conocedores de las peculiaridades del estilo barroco.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Octubre 2008

Notas
(1) Arioso es un número solista que se encuentra entre el recitativo, del que toma prestado su libertad rítmica, y el aria, de la que toma su lirismo y expresividad. Debido a la ausencia de adornos vocales y a su sobriedad elegíaca, el arioso es el vehículo ideal para la comprensión de la palabra.
(2) La versión 1754 presenta algunos cambios en el libreto de 1737: se suprime el prólogo, el primer acto está planteado dramáticamente de otra manera y el último sufre cortes en los recitativos y se le agregan ariettas.
(3) Además de las funciones ofrecidas en 2001 por esta misma compañía en el Planetario, se registran tres funciones de esta ópera en el Teatro Colón en su temporada de 1936, con Camilo Rouquetty, Martial Singher, Marjorie Lawrence y Germaine Hoerner en los cuatro roles principales y dirección musical de Héctor Panizza.
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Publicado el 18/10/2008
     
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