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“El castillo de Barbazul” y “Suor Angelica” en el Teatro Municipal de Chile: Las varias mujeres de Barbazul
El doble programa del Municipal tuvo a la puesta de Marcelo Lombardero como protagonista, con destacados elencos encabezados por Verónica Villaroel. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Santiago de Chile)
 

Las varias mujeres de Barbazul
Teatro Municipal, Santiago de Chile
Lunes 21* y martes 22 de julio de 2008

Bálint Szabó (Barbazul) y Judith Németh (Judith), El castillo de Barbazul,
Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2008

EL CASTILLO DE BARBAZUL, ópera en un acto de Béla Bartók. Reparto: Bálint Szabó / Hernán Iturralde* (Barbazul), Judith Németh / Adriana Mastrangelo* (Judith), Treia Zahorán (prólogo). SUOR ANGELICA, ópera en un acto de Giacomo Puccini. Reparto: Verónica Villaroel / Kelly Kaduce* (sor Angélica), Lina Escobedo / Evelyn Ramírez* (la Tía Princesa), Miriam Caparotta / Teresa Lagarde* (la abadesa), Evelyn Ramírez / Carmen Luisa Letelier* (la celadora), Claudia Godoy / Marisol Hernández* (la maestra de novicias), Patricia Cifuentes / Claudia Pereira* (sor Genovieffa), Claudia Virgilio (sor Osmina), Paulina González / Berta Soto* (sor Dolcina), Adriana Muñoz / Carolina Ortiz* (la hermana enfermera), Paola Rodríguez / Myrna Mois* (primera hermana limosnera), Carmen Sánchez / Constanza Dörr* (segunda hermana limosnera), Isabel Garay / Carolina Grammelstorff* (una novicia), Andrea Betancour / Nancy Gómez* (primera conversa), Nurys Olivares / Elena Pérez* (segunda conversa). Orquesta Filarmónica de Santiago. Dirección musical: Jan Latham-Koenig / José Luis Domínguez*. Dirección de escena: Marcelo Lombardero. Escenografía: Diego Siliano (Bartók), Ramón López (Puccini). Vestuario: Luciana Gutman. Iluminación: Ramón López.

Un programa doble invita a la especulación. Principalmente, querer saber qué nexo puede haber entre las obras presentadas. En esto, hay siempre respuestas obvias. Por de pronto, que se trata de obras breves. No es necesario que haya una conexión creativa, estilística o temática entre las obras, como ocurre respectivamente cuando se montan las óperas de Ravel, la dupla Cavalleria rusticana/Pagliacci, o si se montara Edipo Re de Leoncavallo junto a Oedipus Rex de Stravinsky. Es posible, entonces, que el nexo sea uno interpretativo, a saber la forma en que una obra puede afectar a la otra. El castillo de Barbazul de Bartók y Suor Angelica de Puccini, a pesar de haber sido estrenadas ambas en 1918, sorprenden por su distancia. El lenguaje simbolista que permea la ópera de Bartók difiere radicalmente del llamado a involucrarse con sus criaturas que hace Puccini. Allí donde Bartók es oblicuo, Puccini es directo. Incluso en sus momentos más metafísicamente intrincados, como en el episodio encabezado por la hermosa frase de la tía princesa “Nel silenzio di quei raccoglimenti” donde narra una experiencia extática, el mundo de Puccini no deja de querer parecerse al nuestro. Uno puede seguir esa hebra y comparar cómo ambos intentan retratar la realidad humana, ya sea mediante un drama psicológico donde el eje es la exploración de la identidad, o bien mediante la historia empática de una mujer maltratada por su familia. Por supuesto que esto es tendencioso, como si lo que Bartók hiciera fuera pura fantasía solipsista, y lo de Puccini la cruda realidad.

La puesta de Marcelo Lombardero juega con esa dicotomía. Para Barbazul, que Lombardero incluso ha cantado, recurrió a Diego Siliano, quien ofreció una escenografía basada en proyecciones. El trabajo de Siliano lo conocíamos de las dos producciones de Lombardero para el Municipal (Otra vuelta de tuerca en 2006, Tristán e Isolda en 2007), pero nunca con el nivel de protagonismo visto ahora. Hay momentos sencillamente escalofriantes, como la cuarta puerta, la del jardín, que parece prolongarse fuera del escenario con un carácter invasivo perturbador, o la sexta puerta, el lago de lágrimas, manejada con una ambigua delicadeza. La siempre explosiva quinta puerta, la de los confines del reino de Barbazul, posee una sublimidad cinematográfica que está en el límite de lo exagerado. El castillo mismo es pintado con imágenes que semejan grabados, pero también radiografías, como si literalmente estuviéramos ingresando en el interior de Barbazul. Ese ambiente contrastaba con la escenografía de Ramón López para Suor Angelica, que también ofreció la que debe ser la mejor iluminación disponible hoy en Chile para la ópera. Mucho más convencional, pero correctísima, un par de paneles sugerían las galerías del convento, todo lo cual desaparecía para el encuentro final entre Angélica y su hijo. Así, pasábamos de un mundo onírico a otro real (en el cual, no deja de ser interesante, ocurren milagros).

Bálint Szabó (Barbazul) y Judith Németh (Judith), El castillo de Barbazul,
Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2008

Hernán Iturralde y Adriana Mastrangelo se complementan magníficamente como Barbazul y Judith. Iturralde parece no bajar nunca la guardia, aprovechando una voz que transmite tanto la autoridad carismática como la atormentada crueldad del duque. Es justamente esa fascinante ambigüedad la que se pierde en Bálint Szabó, quien, con una voz más modesta, es tan solo correcto. Mastrangelo es una cantante entregada. Su Judith es inferior en caudal sonoro a la de Judith Nemeth, quien cuenta con un instrumento poderoso, pero gana en calidad dramática todas las veces que sabe colorear sus frases con un rango impresionante de matices. Mastrangelo pasa de la coquetería a la indiferencia, de la sensualidad dominante a la victimización consentida. Es también más sugerente: se desprende de su ropa para compartir intimidad con Barbazul, algo que Nemeth no hizo (¿o se habrá negado a hacer? Quizá fue solo una idea de Mastrangelo y no de Lombardero).

Verónica Villarroel, que había cancelado las funciones anteriores, ofreció una Angélica de alto nivel. Su personalidad está totalmente en casa cuando se trata de Puccini. Hay ciertos deslices vocales (el final no tan limpio de “Senza mamma”), pero todo rápidamente es olvidado por la siguiente frase. Villarroel permanece fiel al compositor y a una línea interpretativa cuyo mayor objetivo es gatillar los sentimientos del público. Kelly Kaduce es algo distinto. Cuenta con una voz cristalina que cuesta individualizar. Uno puede identificar a Villarroel desde la primera frase, mientras que Kaduce se escabuye en un anonimato que hace de su Angélica una figura menos trágica. Kaduce pinta con honestidad conmovedora la enorme humanidad de un personaje cuyo mayor fuerte es la autenticidad. Con la Angélica de Villarroel uno se siente un tanto manipulado, como si la falta de respuesta emocional a su interpretación fuera indicio de alguna discapacidad moral, una cierta insensibilidad que la gente reprocha cuando uno no aplaude. Con Kaduce todo parece más natural. Y es que su Angélica no es más que una joven monja cuya voluntad ha sido pisoteada que finalmente encuentra el descanso en el remedio pucciniano por excelencia, el suicidio.

Coro femenino del Teatro Municipal, Sour Angelica, Teatro Municipal,
Santiago de Chile, 2008

Lina Escobedo es una tía princesa digna. No tiene los graves redondos de Evelyn Ramírez, quien además se toma el papel con esa maldad perversa que en otros casos nos haría dudar de su veracidad. Pero Puccini no es el espejo de la realidad y Ramírez es una magnífica intérprete. Muy correctas las demás mujeres que componen el numeroso reparto, en especial la hermana Genovieffa de Patricia Cifuentes y Claudia Pereira, llenas de espontaneidad y alegría.

Jan Latham-Koenig y José Luis Domínguez ofrecen espléndidos Bartóks y Puccinis, respectivamente. Domínguez parece reprimirse un poco en Bartók, en particular por una cierta tendencia a la lentitud. Falta mayor fluidez en el comienzo, donde Latham-Koenig navega con mayor soltura. Esa misma capacidad de avance, cuya muestra más evidente fue su Tristán e Isolda, le juega un poco en contra en Puccini, donde Latham-Koenig tiende a no explotar demasiado el sentimentalismo. Personalmente, me parece un enfoque más interesante, pero el público responde mejor al verismo calculado de Domínguez. De todas formas, son contrastes interesantes para dos obras de improbable compañía que, ofrecidas con la profesionalidad de este montaje, resultan muy recompensantes.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, julio de 2008

Imágenes gentileza Teatro Municipal de Santiago de Chile / Fotografías de Juan Millán T.

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Publicado originalmente el 17 de agosto de 2008

 
Publicado el 27/08/2008
     
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