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Debussy 100 : La música como sensibilidad
¿Qué hace que un músico sea innovador? En este artículo recorremos la producción sinfónica y la única ópera de Claude Debussy, "Pelléas et Mélisande", para desentrañar esa pregunta. Por Ernesto Castagnino
 

No siempre que se destaca el rol innovador que tuvo un compositor en relación a su época se comprende del todo qué se quiere decir con eso. Pero es inevitable, al hablar de la música de Claude Debussy, señalar su carácter transformador y fundacional de una nueva manera de componer y, por lo tanto, de apreciar la música. Como casi todos los artistas verdaderamente revolucionarios, rehuyó a cualquier intento de encuadrarse en alguna escuela, su propósito era crear algo verdaderamente nuevo.

En un horizonte cultural en el que el culto a Wagner era la norma, nuestro compositor —sin desconocer su influencia— se resistía a continuar el camino del coloso alemán. Menos afín aún le resultaba el verismo italiano, también en ascenso en aquel momento. Debussy rechazó sistemáticamente cualquier mote con el que se pretendiera definir su estilo: ni impresionista, ni post-romántico, ni simbolista. Ninguno de estos términos reflejaba los principios de aquello que él venía a proponer, algo que no podía reducirse a ninguna categoría existente.

La obra para orquesta: imágenes, sonidos, metáforas

La emancipación de las formas establecidas y consolidadas por el romanticismo marca el pasaje a la modernidad, y la música de Claude Debussy es una pieza clave en ese pasaje. En palabras de Arnold Schönberg (El estilo y la idea, 1950): “Las armonías en Debussy, carentes de sentido constructivo, a menudo sirven para el propósito colorista de expresar estados de ánimo e imágenes plásticas. Tanto los estados de ánimo como las figuras, aunque sean extramusicales, se convierten así en elementos constructivos, incorporados a la función musical; ocasionan una suerte de comprensibilidad emotiva. De esta forma la tonalidad se ve completamente destronada en la práctica, si no en la teoría”.

Preludio a la siesta de un fauno

La primera gran obra orquestal de Claude Debussy y su primer éxito resonante, nació a partir de su admiración por Stéphane Mallarmé. En 1876, el poeta simbolista publicó —acompañado por ilustraciones de Édouard Manet— su poema La siesta de un fauno, égloga en la que la criatura mitológica evoca a las ninfas y a la naturaleza, en una suerte de ensoñación provocada por el vino. En 1890 Mallarmé propuso al joven y aún desconocido compositor —asiduo asistente a las veladas literarias que él mismo ofrecía en su casa— que creara música incidental para acompañar la recitación del poema. El resultado fue Prélude à l'après-midi d'un faune, estrenado en la Sociedad Nacional de Música de París el 22 de diciembre de 1894 con rotundo éxito.

El compositor expuso su intención en un texto incluido en el programa de aquel concierto: “La música de este Preludio es una ilustración muy libre de un bello poema de Mallarmé; no pretende ser una síntesis de éste. Se trata más bien de fondos sucesivos sobre los cuales se mueven los deseos y los sueños de un fauno al calor de esa tarde. Entonces, exhausto de perseguir la fuga temerosa de las ninfas y las náyades, se entrega al sueño embriagador, pletórico de ilusiones al fin realizadas, de posesión total en la naturaleza universal”.

Nijinski y seis bailarinas en la versión coreográfica de L'après-midi d'un faune / Fotografía de Adolf de Meyer 1914

Quedaron esbozados allí los principios que marcarían su ruptura definitiva con el romanticismo: su música rehúye la imitación o la narración, avanzando a partir de alusiones e imágenes. Se propone evocar sensaciones y, por eso, no encontramos un desarrollo de los temas con sus distintas reelaboraciones, sino que el material sonoro se gesta, surge y se diluye, sin adornos superfluos, sin progresiones ni conclusiones, como las ondulantes y sensuales frases de la flauta solista en esta obra.

Nocturnos

Cuando se utiliza el término nocturno, en el ámbito musical, la referencia a las 21 piezas para piano compuestas por Frédéric Chopin resulta inevitable. Tal vez por ese motivo, al estrenar en 1900 las dos primeras partes de su tríptico sinfónico Nocturnos, Debussy escribió la siguiente nota en el programa de mano del concierto: “El título pretende adquirir aquí un sentido más general y sobre todo más decorativo. No se trata pues de la forma habitual del nocturno, sino de todo lo que esa palabra contiene en impresiones y matices especiales. Nubes trata del aspecto inmutable del cielo con la marcha lenta y melancólica de las nubes, terminando en una agonía grisácea, suavemente teñida de blanco. Fiestas es el movimiento, el ritmo danzante de la atmosfera, matizado de bruscos resplandores; es también el episodio de un cortejo, visión deslumbrante y quimérica, pasando a través de la fiesta, entremezclándose con ella, pero el fondo es siempre obstinadamente el mismo, la fiesta y su mezcla de música y de polvo luminoso fundiéndose en un ritmo integral. Sirenas es el mar y su ritmo incontable, luego, entre las olas plateadas por la luna, se escucha, ríe y se desvanece el canto misterioso de las Sirenas”. Descripción que no pretende explicar la obra —algo que el compositor rechazaba— sino predisponer al oyente a una serie de sensaciones e imágenes sonoras, impresiones cromáticas y lumínicas inspiradas en la obra pictórica del simbolista James Whistler.

El mar

En 1905 se estrenó en París El mar, tres bocetos sinfónicos para orquesta, una de las piezas más ejecutadas del compositor francés que, sin embargo, no fue bien recibida la noche de su estreno. La vara wagneriana era, en aquel entonces, la medida de todas las cosas, por lo que resulta previsible la decepción de un público que esperaría de una evocación marina algo semejante a los paroxismos románticos de El holandés errante.

Katsushika Hokusai, La gran ola de Kanagawa

La obstinación de Debussy en diferenciarse de la tradición es notoria ya desde el título: no la llamó ‘sinfonía’ (forma predilecta del romanticismo) sino ‘bocetos sinfónicos’, indicando al oyente que no debe esperar la reconocible estructura de una sinfonía, con sus cuatro movimientos, sino prepararse a escuchar algo nuevo. Cada boceto lleva un nombre: el primero, “De l'aube à midi sur la mer” (Desde el amanecer hasta el mediodía en el mar), avanza lentamente en la melancólica tonalidad de Si menor para dar paso al allegro de “Jeux de vagues” (Juegos de olas), un juego de olas de hipnótica iridiscencia, que desemboca en la tremenda fuerza dramática del “Dialogue du vent et de la mer” (Diálogo del viento y el mar) que cierra el tríptico.

Inspirado en las pinturas japonesas de Hokusai e Hiroshige y en la obra de William Turner —a quien describe como “el más refinado creador de misterio en arte”— Debussy se propone, con esta obra, crear una nueva sensibilidad, una nueva manera de entender el color y el lenguaje de la orquesta, alejándose de la mímesis y la descripción musical de la naturaleza.

Juegos

Tras el fracaso en 1912 de la coreografía ideada por Vaslav Nijinsky sobre la pieza Preludio a la siesta de un fauno, el empresario Serge Diaghilev —director de los Ballets Rusos— encargó a Debussy un nuevo ballet para estrenar al año siguiente. El resultado fue Juegos, bella evocación de la despreocupación juvenil expresada en una sencilla trama: dos muchachas y un joven buscan una pelota de tenis que se ha perdido, corren, se persiguen y se seducen. Mientras cae la tarde, la pareja se funde en un abrazo, interrumpido por una pelota lanzada sobre los amantes, que huyen desapareciendo en las profundidades nocturnas del jardín.

Nijinsky, junto a Ludmilla Schollar y Tamara Karsavina
en Jeux / Foto de Charles Gerschel, 1913

En este “poema danzado” —como bautizó a su último trabajo orquestal— el compositor crea una atmósfera volontairement fuyante —deliberadamente fugaz, en sus propias palabras— inspirada en las sensaciones lumínicas del atardecer y el tránsito a la oscuridad, marco de las alegres travesuras infantiles que dan paso a los primeros escarceos amorosos juveniles. Con su ágil estructura rítmica y sus infinitos matices, la música transporta al oyente a lo largo de los dieciocho minutos que dura la obra, a una poética visión del pasaje de la infancia a la juventud, del día a la noche. 

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Publicado el 31/08/2018
     
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