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El Festival Barenboim 2017 en el Teatro Colón : Reflexiones sobre un festival
Por Luciano Marra de la Fuente
 

De solistas y combinaciones

Una de las características que tiene Daniel Barenboim para programar sus conciertos es encontrarle una lógica para que la velada se convierta en un verdadero relato musical. Para el segundo programa del Festival, Barenboim reveló en entrevistas previas que Martha Argerich tenía ganas de interpretar el Concierto N° 1 para piano, trompeta y cuerdas (1933) de Dmitri Shostakovich y que él quería interpretar las Tres piezas, Op. 6 de Alban Berg, y que la mejor manera de aunar esos mundos sonoros era a través de Maurice Ravel. El resultado fue bastante extraño, combinando las estéticas un poco disimiles de estos tan particulares autores.

Martha Argerich, junto a Bassam Mussad, en el Teatro Colón, Festival Barenboim 2017

En el exigente concierto de Shostakovich, Argerich fue un verdadero torbellino, haciendo gala nuevamente de su increíble virtuosismo y sin perder en ningún momento su extrema musicalidad. Fue muy bien secundada por el trompetista Bassam Mussad, solista de la Orquesta West-Eastern Divan, quien realizó los contracantos en la mismo carácter que la pianista. Es sorprendente cómo la personalidad de Argerich avanzó también sobre el ensamble orquestal dirigido por Barenboim, logrando un ajuste y virtuosismo algunas veces visto en ellos. Más allá del “Lento”, comenzado muy sutil por la orquesta y así seguido por los dos instrumentos solistas, la impresión global fue de un movimiento continuo de intensa pirotecnia musical, donde Argerich arremetió con toda su capacidad musical y volviéndonos a deslumbrar placenteramente. Como bis, interpretó sutilmente con Barenboim “El jardín encantado” de Mi madre la oca de Ravel, el movimiento final de la suite orquestal que se interpretaría en la segunda parte.

Otro virtuosismo fue el que la West-Eastern Divan y Daniel Barenboim lograron en las Tres piezas para orquesta de Berg. Esta obra de unos veinte minutos, dedicada a su maestro Arnold Schoenberg y verdadera culminación de su etapa de aprendizaje, posee, más allá de sus sonoras disonancias,  gestos post-románticos herederos de Gustav Mahler, aquí bien evidenciados en la lectura del director argentino-israelí, sobre todo en la incisiva “Marcha” final. Los grupos orquestales cumplieron con su visión, destacándose sobre todas las maderas y la percusión.

Quizá esos colores orquestales se podrían relacionar con las expresivas líneas de las dos obras de Ravel que la orquesta interpretó antes de Shostakovich y antes de Berg. Con un comienzo un tanto desangelado, los movimientos de Le tombeau de Couperin (1919) fueron adquiriendo mayores sutilezas en su discurrir, mientras que la Suite de Mi madre la oca (1911) sonó más brillante, plenamente, destacándose otra vez los solistas de vientos.

Michael Barenboim, Kian Soltani y Daniel Barenboim en el Festival Barenboim 2017

Beethoven —tal vez uno de los compositores de cabecera de Daniel Barenboim— fue el protagonista del tercer programa del Festival, con la interpretación de tres de sus tríos a cargo del pianista, el cellista Kian Soltani y su hijo violinista Michael Barenboim. Las tres obras elegidas —el Trío, Op. 1 N° 1 (1795), el Trío, Op. 70, N° 1, “De los espíritus” (1809) y el Trío, Op. 97, “Archiduque” (1814)— muestran el camino recorrido por el compositor desde la forma clásica a una más personal y expandida, relacionada con el período heroico de su producción.

Fue precisamente en el “Archiduque” donde este grupo de cámara, ya conocido en oportunidades anteriores, pudo mostrar todo su virtuosismo, sentido de equilibrio sonoro y magnífico ensamble. Fue maravillosa la nobleza con que los acordes del piano sonaron en el comienzo del “Andante” y cómo las cuerdas así lo siguieron, logrando un lirismo expresivo absoluto, que contrastó con la brusquedad del “Allegro moderato” final, sin dudas, un momento de precisión rítmica, carácter y ensamble logrado por los tres intérpretes.

El último programa del Festival, y que también fue la misma propuesta para los dos tradicionales conciertos que Barenboim ofrece cada año para el Mozarteum Argentino (de hecho se comenta el último de esta prestigiosa entidad musical), tuvo como protagonista a la West-Eastern Divan en un repertorio que le va como anillo al dedo, el sinfonismo romántico y post-romántico, logrando unas versiones vibrantes.

Kian Soltani y Daniel Barenboim, dirigiendo a la Orquesta West-Eastern Divan, Mozarteum Argentino, 2017

En primer lugar, en el poema sinfónico Don Quijote, Op. 35 de Richard Strauss se hizo evidente la concepción global de Barenboim de estas complejas “variaciones fantásticas sobre un tema de carácter caballeresco”, donde cada parte tuvo su carácter preciso gracias a la excelente labor de toda la orquesta, ya sea en los expansivos tutti como en las pequeñas combinaciones de algunos instrumentos. Quien sobresalió otra vez fue el cellista Kian Soltani en la parte solista, desde su ingreso con un sonido presente y noble, combinándose ajustadamente con el resto la orquesta —muy bien con la viola solista Miriam Manasherov—, pero sobre todo logrando un nivel de expresividad extremo, por momentos con las dosis de dramatismo necesarias para representar sonoramente al protagonista de la novela cervantina. La delicadeza del toque de Soltani se pudo apreciar en el bis que ofreció, “El cisne” de El carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns en un arreglo para cuerdas de Lahav Shaní.

La Sinfonía N° 5, Op. 64 de Piotr Ilitch Tchaikovsky fue la obra elegida para cerrar este Festival 2017. En 2015 Barenboim ya había interpretado la Sinfonía N° 4, y en esta oportunidad volvió a confirmar que su personalidad se adapta perfectamente a la visión que tiene del mundo sinfónico del compositor ruso. Durante el “Allegro con anima” inicial, los raptos de carácter y cambios de tempi fueron bien remarcados, sumado a un trabajo con los matices dinámicos preciso. El solo de corno del “Andante cantabile” fue estupendo, un tema que pasa luego a las cuerdas en un tono dramático justo, una labor que se intensificó en el transcurso del movimiento. El ensamble del tutti en el tercer movimiento, “Valse. Allegro moderato”, fue delicado, más allá de algún gesto ampuloso del director, en tanto que en el conclusivo “Andante maestoso – Allegro vivace” vuelven esos raptos de velocidad y ánimos que la Orquesta West-Eastern Divan en todas sus secciones traduce con un fluir sonoro vibrante.

Antes de interpretar una obra fuera de programa, Barenboim se dirigió al público y expresó su tristeza por finalizar esta serie de conciertos este año, más allá de la alegría de estar en el Teatro Colón y (en la función reseñada) actuar para el Mozarteum Argentino con quien tiene una relación de medio siglo tanto profesional como humana. Recordó los años en que el Colón estuvo cerrado e hizo una referencia con poco tacto sobre el Teatro Coliseo —luego de hacer un gesto revoloteando la mano dijo: “el de Roma me gusta más”— y se refirió a los aplausos de nuestro público que, más allá de a veces molestarlo, demuestran el “entusiasmo increíble” que ellos tienen para él.

Daniel Barenboim, dirigiendo a la Orquesta West-Eastern Divan, en el Teatro Colón, Festival Barenboim 2017

La “Polonesa” de la ópera Eugene Onegin de Tchaikovsky, con sus fanfarrias bien sonoras, un movimiento bien ensamblado y algunos efectos de velocidad en ciertas frases, ofició de cierre de este Festival Barenboim 2017 que vuelve a sus orígenes en cuanto duración como hace cuatro años y, gracias a la calidad de sus intérpretes, pone en primer plano, más allá de toda reflexión, a la música misma.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Septiembre 2017

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Imágenes gentileza Teatro Colón y Mozarteum Argentino / Fotografías de Arnaldo Colombaroli (Festival Barenboim) y Liliana Morsia (Mozarteum Argentino)
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Publicado el 15/09/2017
     
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