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“El caballero de la rosa” de Richard Strauss : La comedia implacable del tiempo
Tras casi veinte años de ausencia en los escenarios argentinos, el Teatro Colón ofrece a partir del martes 18 de julio la ópera cumbre de este compositor con la cual marca su estilo musical definitivo. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Escena del segundo acto de El caballero de la rosa, producción de Otto Schenk, Ópera del Estado de Baviera, 1972 / Foto de  Wilfried Hoesl

“¡Cómo eras! ¡Cómo eres! / ¡Nadie lo sabe, nadie se lo imagina!”, canta Octavian al alzarse el telón de El caballero de la rosa (Der Rosenkavalier) de Richard Strauss. Esos simples versos, donde se conjuga el verbo “ser” en presente y en pasado, encierran una de las ideas que atraviesan esta “comedia para música” con texto de Hugo von Hoffmannsthal, el tiempo como transformación de los personajes. Este segundo trabajo en conjunto entre el compositor alemán y el escritor austríaco nació a partir de la búsqueda de un tema para una comedia.

Tras haber comenzado emulando a Richard Wagner en sus dos primeros trabajos operísticos —Guntram (1894) y Feuersnot (1901)—, el músico que ya era reconocido por sus poemas sinfónicos y como director de orquesta, dio un paso más adelante a lo que su admirado modelo proponía en Tristán e Isolda: Salome (1903), sobre la obra de Oscar Wilde, y Elektra (1909), sobre la tragedia de Sófocles adaptada por Hoffmannsthal en clave freudiana, profundizan aún más la tensión y las disonancias sugeridas en el famoso acorde de Tristán. Esos dos dramas generaron verdaderos escándalos entre público y crítica por el tratamiento musical extremo, combinado con la contundencia de sus textos.

El impulso inicial de Hoffmannsthal fue escribir una comedia teatral para luego adaptarla a las necesidades de Strauss. Comenzó trabajando sobre las andanzas de Casanova en un estilo similar al de las obras de Pierre-Augustin de Beaumarchais —célebre dramaturgo francés del siglo XVIII, creador El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro, entre otras—. Más allá de esta propuesta, el compositor se negó a trabajar sobre un texto que no fuera ideado directamente para el teatro musical. Fue así como, a partir de relacionar Casanova con Beaumarchais, Hoffmannsthal pensó su relación con Strauss en paralelo a la que tuvieron Lorenzo Da Ponte con Wolfgang Amadeus Mozart. Y de allí el universo de los personajes de Fígaro, Susanna, Cherubino y la Condesa se hizo presente para crear una nueva comedia que toma como punto de partida a esos personajes arquetípicos y el ambiente de la Viena imperial de María Teresa.

Un imperio musical imaginario

Günther Groissböck (Ochs) y Renée Fleming (Mariscala) en el primer acto de El caballero de la rosa, producción de Robert Carsen, Metropolitan Opera, 2017 / Foto de Ken Howard

Luego de casi un año y medio de trabajo, la obra que fue pensada en un primer momento llena de situaciones y personajes burlescos tomó otro rumbo. El plan de que los protagonistas sean “un barítono y una joven y graciosa cantante vestida como varón, del tipo de una Farrar o Mary Garden” —personajes que serían el Baron Ochs (al final un bajo) y el Conde Octavian— cambió  jerarquizando al personaje de la Mariscala, quien le da un tono melancólico a la comedia. Es ella la que con una expansiva línea lírica, por ejemplo en sus diálogos con Octavian y en un monólogo del primer acto, se cuestiona esa relación con el conde y el paso del tiempo.

Los tres actos que integran El caballero de la rosa concilian el tono de las situaciones cómicas con otras más introspectivas, generando una obra dramática muy particular con un lenguaje sinfónico post-romántico. Cada acto, en ese sentido, posee un diseño teatral y musical perfecto. El primer acto se centra en la figura de la Mariscala y está integrado por tres bloques que los especialistas los identifican como a tres movimientos de una sinfonía. El “Allegro” inicial comprende el diálogo entre la Mariscala y Octavian al despertar luego de una noche de amor, en el “Scherzo” central ingresa Ochs y se genera una situación cómica con Octavian vestido como la mucama Marianel, más toda la secuencia de la toilette de la Mariscala donde desfilan varios personajes —incluido un flautista y un cantante italiano—, y finalmente el “Andante” donde ocurre el sentido monólogo de la Mariscala y el diálogo de despedida con su joven amante.

Ochs, ese personaje que el compositor consideraba como “un rústico Don Juan”, es el motor del segundo acto que ocurre en la casa del burgués Faninal, el padre de su pretendida Sophie. A una secuencia inicial de fuerte expectativa, llega el Caballero de la Rosa, es decir, Octavian que porta una rosa plateada para entregar a la novia como prenda del compromiso con Ochs. En ese momento de descubrimiento de los dos jóvenes, Strauss crea uno de los momentos más sublimes de su partitura al enhebrar las dos voces femeninas de manera magistral con un acompañamiento orquestal etéreo, que usa tres flautas, tres violines solistas, celesta y arpa. Luego se desarrolla un diálogo más extenso entre Octavian y Sophie, que es interrumpido primero por la entrada de Faninal con Ochs y luego por los intrigantes italianos Annina y Valzacchi. La última secuencia comprende el enfrentamiento de Octavian con Ochs, una escena de conjunto y la discusión de Sophie con su padre. El monólogo del Barón Ochs, con ritmo de vals, funciona como coda, pintando a este personaje de cuerpo entero.

Anne Schwanewilms (Mariscala) y Elina Garanča (Octavian) en el primer acto de El caballero de la rosa, producción de Uwe Eric Laufenberg, Semperoper Dresden, 2013 / Foto de Klaus Gigga

El tercer acto tiene como foco principal a Octavian, este personaje que comenzó como amante adolescente y termina siendo un hombre más maduro. Hay otra vez tres secuencias diferenciadas: el encuentro de Ochs con Mariandel, la escena de las apariciones y episodios farsescos tramados por Octavian con Annina y Valzacchi —de una complejidad concertante virtuosa—, y la escena conclusiva. La reaparición de la Mariscala, tras haber estado ausente durante todo el segundo acto y toda la secuencia cómica del tercero, funciona como bisagra en la obra: es —como dice Norman Del Mar en su detallada biografía del compositor— una especie de Deus (Dea) aux machina en la resolución de la burla a Ochs, a la vez que le cambia el tono con el que finaliza la ópera. El lirismo y la intensidad expresiva del trío final, clímax absoluto dedicado a las voces femeninas, le da el carácter emocional preciso a la decisión de la Mariscala por sacrificar su amor hacia Octavian, cediendo su posición a la joven Sophie.

Este renunciamiento se lo podría comparar al que hace Hans Sachs, protagonista de Los maestros cantores de Wagner, la otra gran comedia alemana, cuando en el quinteto del tercer acto abandona su pretensión amorosa hacia Eva, reconociendo el amor de ella por Walther. Tanto la Mariscala y Sachs son personajes que tienen la sabiduría de la experiencia y el tiempo vivido. “El tiempo, ese fenómeno tan extraño”, canta en su monólogo la Mariscala en el primer acto, “diariamente no tiene importancia, / pero de pronto, un día, / lo comenzamos a sentir implacable”.

El estreno de El caballero de la rosa, el 26 de enero de 1911 en Dresde, marca también un punto de llegada tanto para la producción de Richard Strauss como para el género operístico en general. A las puertas de la Primera Guerra Mundial, fue uno de los últimos éxitos de alcance mundial incorporados al repertorio actual y marca el comienzo del ocaso del género ante la popularización del cine (hay incluso una adaptación musical de la ópera para un film silente de 1926, estrenado en el mismo teatro de Dresde).

 

Gwyneth Jones (Mariscala), Brigitte Fassbaender (Octavian) y Lucia Popp (Sophie), dirección musical: Carlos Kleiber, escena final de El caballero de la rosa, producción de Otto Schenk, Ópera del Estado de Baviera, 1979

En Strauss la yuxtaposición de elementos musicales que generan una tensión expresiva cada vez más dramática, con otros anacrónicos como es el uso de los valses del siglo XIX en un argumento ambientado un siglo antes, crea un pluralismo estilístico que será su marca en el resto de su producción operística. Es una manera de hacer ópera que tiene que ver más con el pasado del género que con los límites a los que había llegado con Elektra y Salome, y que otros compositores atravesarían. A sus cuarenta y siete años, pareciera que Richard Strauss, como la Mariscala, dejara a los jóvenes ese camino, sintiendo el paso del tiempo de manera implacable.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Julio 2017

Este artículo se publicó originalmente en la revista Cantabile N° 89, julio/agosto 2017.

Para agendar
El Teatro Colón presentará El caballero de la rosa el martes 18, viernes 21, sábado 22, domingo 23 y martes 25 de julio.  Con dirección musical de Alejo Pérez, la nueva producción escénica fue concebida por Robert Carsen —aquí repuesta por Bruno Ravella—, con escenografía de Paul Steinberg, vestuario de Brigitte Reiffenstuel, iluminación de Robert Carsen y Peter van Praet, y coreografía de Philippe Giraudeau. Es una coproducción entre la Metropolitan Opera de Nueva York y la Royal Opera House de Londres, en conjunto con el Teatro Colón y el Teatro Regio de Turín. Los principales intérpretes serán Manuela Uhl (Mariscala), Kurt Rydl (Ochs), Jennifer Holloway (Octavian), Oriana Favaro (Sophie), John Hancock (Faninal) y Darío Schmunck (Tenor italiano). El elenco del sábado 22 de julio estará encabezado por Carla Filipcic Holm (Mariscala), Julian Close (Ochs), Guadalupe Barrientos (Octavian), Marina Silva (Sophie), Hector Guedes (Faninal) y Santiago Ballerini (Tenor italiano). Participa la Orquesta y el Coro Estables del Teatro Colón, más el Coro de Niños del mismo teatro. Las localidades se encuentran a la venta en la boletería del Teatro Colón, Tucumán 1171, de lunes a sábado de 10.00 a 20.00 y los domingos de 10.00 a 17.00. También se pueden adquirir vía telefónica al 5254-9100 o por internet ingresando a www.teatrocolon.org.ar Entradas desde $140.

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Publicado el 17/07/2017
     
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