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Leoš Janáček y su ópera “Jenůfa” : El comienzo de un compositor
La tercera ópera de Janáček tiene una larga historia de gestación, atravesada por la búsqueda de una identidad musical y la muerte de su hija mayor. A propósito del estreno en Santiago de una nueva producción revisamos esa historia. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda
 

“Primero que todo, supongo que soy un compositor checo y no simplemente uno moravo como por estos días algunos en Praga quieren hacer creer.” Esta fue la reacción de Leoš Janáček (1854-1928) en 1926 frente a la descripción que de él se daba en un diccionario de música. Una reacción no del todo improbable dada su personalidad explosiva, pero posible de ser malentendida. Janáček efectivamente era un compositor nacido en Moravia, la región oriental del territorio checo, una zona caracterizada por su riqueza folklórica y catolicismo. Bohemia, la región occidental cuya sede cultural es Praga, era el lugar más comúnmente asociado con lo típicamente checo. Figuras como Smetana provenían de ahí y su obra era un canto a un pasado pagano mediante la apropiación de la vanguardia musical, el romanticismo. Esta constante tensión entre la sofisticada Praga y las ciudades orientales de Moravia (Brno la más importante) fue un detonante en la personalidad de Janáček y en el desarrollo de su particular estilo musical.

Janáček emprendió el vuelo como compositor a una edad avanzada. Casi toda su producción operística se concentra en el último tercio de su vida, y Jenůfa, su tercera ópera, sería estrenada el mismo año en que él cumpliría 50. Hay varias razones que explican su desarrollo tardío, principalmente la necesidad de ganarse la vida como profesor, la dificultad de encontrar una voz propia como músico, y las muchas negativas que durante el comienzo de su carrera recibió: su primera ópera no fue autorizada para ser representada por el autor del libreto y la misma Jenůfa debió esperar doce años para ser estrenada en Praga, la puerta de entrada a los teatros alemanes y al resto del mundo. Solo a contar de ese segundo estreno Janáček pudo dar rienda suelta a una creatividad que en el transcurso de doce años dio a luz cinco óperas, la mayoría integrada hoy al repertorio de los teatros internacionales.

Jenůfa es una adaptación de la obra Su hijastra de Gabriela Preissová, una escritora bohemia asentada en Moravia que tomó por el cuello al mundo literario checo al relatar naturalista y no idealizadamente la vida campesina, en particular de la región de Slóvacko. Junto a las descripciones pintorescas de los trajes y costumbres se encontraba también el retrato irónico de las relaciones entre las diferentes clases sociales y entre los géneros. El volumen de cuentos dio paso a dos obras de teatro, ambas adaptadas operáticamente: La amante del campesino (1889) se convirtió en Eva de Josef Bohuslav Foerster (1899), y Su hijastra (1890) en Jenůfa. La carrera de Preissová quedó sin embargo trunca por la recepción hostil de su obra en los círculos literarios. Hoy sabemos de ella principalmente gracias a la ópera.

La adaptación producida por Janáček utiliza casi íntegro el texto de Preissová, pero son los cortes los que hacen cambiar el foco. La obra de Preissová se concentraba en la figura de una madre adoptiva, Petronila Slomková apodada “la Sacristana” por su ejercicio de funciones eclesiásticas, aunque también se desempeñaba como comerciante y asistente de enfermos. El eje de la pieza eran los motivos que tiene para asesinar al hijo recientemente nacido de su hijastra a efectos de asegurarle un matrimonio. Es un ejemplo de cómo el camino al desastre moral puede estar pavimentado por convicciones ancladas en el prejuicio y la superstición. La ópera de Janáček al abreviar ese papel, coloca el peso en la hija adoptiva, la Jenůfa del título, un personaje que se transforma a lo largo de los tres actos, desde una mujer agredida por alguien que dice amarla, hasta alguien que es capaz de hacer sentido de su propia desgracia y seguir adelante. Es un arco dramático que ningún otro personaje experimenta en la ópera.

Bosquejo de la partitura manuscrita de Jenůfa

Janáček comenzó a trabajar en la ópera en 1894, una labor lenta producto de sus compromisos docentes y por su participación en la Exhibición Etnográfica Checa de 1895. John Tyrrell, en su abultada biografía del compositor, identifica dos grandes bloques de composición: un primer período que se extiende hasta comienzos de 1896 (básicamente, el primer acto), y un segundo período que abarca desde finales de 1901 hasta comienzos de 1903. No es entonces que la ópera haya consumido nueve años de la vida de Janáček, sino más bien que la ópera se vio paralizada por un conjunto de otras preocupaciones, entre las cuales se encuentra el impacto de la música de Piotr Ilitch Tchaikovsky sobre el compositor y el desarrollo de lo que llamaría “melodías del habla”.

Una de las revelaciones operáticas más tempranas que Janáček tuvo fue la representación en 1892 en Brno de Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni, una ópera que le mostró cómo articular mediante formas musicales cerradas un conflicto de emociones intensas y públicas. En cierta medida, este parece haber sido el molde para el primer acto de Jenůfa en su versión original de 1904 según ha sido reconstruida por Mark Audus. Lo que paralizó a Janáček fue el acto segundo, un acto íntimo para el cual su desarrollo musical no parecía responder adecuadamente. Eso cambiaría cuando en enero de 1896 se realizara el estreno local en Brno de La dama de picas de Tchaikovsky, a la que Janáček le dedicaría un extenso comentario. Lo que vio Janáček fue la posibilidad de articular su Jenůfa como un drama psicológico en vez de uno pintoresco. Esto también engarzaba con su firme creencia en la unidad de la identidad eslava, una convicción que lo llevó en su juventud a firmar como Lev algunos de sus escritos y a bautizar a sus dos únicos hijos como Olga y Vladimir, al igual que la pareja del Onegin de Pushkin.

Lo que aprendió Janáček de La dama de picas lo combinó con su actividad etnográfica, en particular con la recolección de fragmentos del habla cotidiana en notación musical, una actividad desarrollada sin cesar desde 1897. De acuerdo al propio Janáček, estas melodías del habla eran verdaderas “ventanas al alma humana”, una forma de acceso psicológico a otras mentes. Si bien es discutible en qué medida esto era una práctica que siguiera estándares científicos rigurosos (al parecer, no lo era), muestra una curiosa coincidencia con las preocupaciones de otros compositores por producir óperas naturalistas en su uso del lenguaje, una tendencia particularmente rusa cuya expresión más temprana son las opéras dialogués de Dargomïzhsky y Mussorgsky. El impacto final del naturalismo se produjo una vez concluida Jenůfa, cuando en 1903 Janáček asistió en Praga a una representación de Louise de Gustave Charpentier, que lo confirmó en varias de sus intuiciones acerca de cómo elaborar las convenciones operáticas, además de mostrarle una ruta sobre el empleo de temas urbanos, el tratamiento del coro (en particular el “coro simbólico” que proviene de fuera del escenario pero que no responde a un tratamiento realista de una entidad colectiva), y la incorporación de la viola d’amore a la orquesta. Todo esto configura al Janáček maduro.

Leoš Janáček, junto a su esposa Zdenka, en su casa de Brno, fotografía tomada en la década de 1920

Jenůfa contiene así el germen de todo lo que habría de venir. Esto, que debiera ser el primer amanecer de una vida nueva, se vio ensombrecido por la extensa enfermedad y posterior fallecimiento de su hija Olga (Vladimir había fallecido en 1890 con 2 años y medio de vida). Durante más de seis meses Olga sufrió la evolución de una enfermedad crónica reumática al corazón. Cogida por una fiebre que en pleno invierno le impedía sentir frío, Olga alcanzó a oír Jenůfa en su lecho de muerte. Janáček llegó incluso a anotar las melodías de su habla, una suerte de máscara mortuoria sonora. El 26 de febrero de 1903 Olga expiró y lo único que parecía dar algo de sentido al tenso matrimonio de Zdenka y Leoš se desvaneció. “Tenemos que seguir viviendo esta vida solos ahora” es la frase que Zdenka le atribuye a su marido. Janáček en sus memorias reconstruye el luto como queriendo simplemente “atar Jenůfa con el lazo negro de la larga enfermedad, sufrimiento y lamentos de mi hija Olga y de mi niñito Vladimir”. Esta frase, ampliamente reproducida, es el recuerdo elaborado veintidós años después del suceso. Janáček sin embargo no parece haber sido ni un marido ni un padre ejemplar.

Su comportamiento con Zdenka durante el embarazo de Olga dista mucho de haber sido siquiera atento: la dejó fuera de la casa negándose a dejarla entrar en una ocasión y prácticamente se negó a ver a la recién nacida. Todo el matrimonio está plagado de tratos violentos, vacaciones separadas y más de una obsesión amorosa extramarital por parte de él. Dvořák, con quien Janáček tuvo una amistada cercana, cuando conoció a Zdenka en su luna de miel le dijo, medio en broma y medio en serio, “¡Qué estabas haciendo casándote con un niño!” Pero al igual que los niños y los borrachos, Janáček se expresa con una descarnada espontaneidad. Ese elemento imprevisto de su música y la manera en que lidia con la tradición musical lo colocan en un umbral entre el modernismo (el uso innovador de moldes ya establecidos a efectos de continuar con una empresa) y el posmodernismo (la innovación como algo completamente nuevo, sin que medie una continuidad con el pasado). Esta ambivalencia en el trato con la tradición hacen que su música sea enormemente desafiante para quienes están únicamente familiarizados con el repertorio decimonónico tradicional de ópera. Esa es una razón importante para seguir programándolo.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, mayo de 2017

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Publicado el 26/05/2017
     
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